Tienen las ruinas una cualidad inconclusa, la de la belleza que cae con el peso de lo inevitable. Se trata de lo que pudo ser y se quedó en el camino o de lo que fue y se derribó por la desidia o el tiempo del vacío. Rompe la viga mayor y se estremece el equilibrio del tejado, ese que sostuvo la curva árabe que se cubre de líquenes y pequeñas plantas que apenas necesitan una gota de tierra.
Tierra en la que se erigen los muros de piedra seca, el adobe que guarda la paja con la que se hizo. Dinteles de granito que caen o se mantienen en el milagro de las dos columnas talladas con la pericia del cantero. Sólo queda la entrada hacia ninguna parte, el gesto con el que se le da a la nada, la bienvenida. Casas que guardaron el hálito de los que en ella vivieron y paredes que evocan el eco de lo dicho, lo habitado, lo sentido, respiración quieta que ya nada sostiene. Cocina sin fuego, lar sin dioses, azulejo roto que corta la memoria. Una cuchara perdida que se esconde de las baldosas cubiertas de tierra. La ruina tiene ese esperanzado rito de buscar el resto, arqueología del instante para quienes se atreven a conjurar lo que apenas está sujeto.
Las plantas se atreven, año de lluvia, a ornar la ruina. A promover su belleza asalvajada, su resto que se adorna de flores y de hierbas. Apenas queda nada de aquellos que vivieron entre estas paredes hechas para la seguridad y el cobijo, abrigo ahora de animales y de flores que serán semilla. Y ellos no están. Ellos con su eco de familia, sus voces en la mañana, su cansancio de labradores, su sueño compartido, su falta, su devoción, su penuria, su fiesta, su cariño… y en el que fue corral, el vaho de la respiración de toda bestia, su miedo, su calor, su compañía. Cerca animales y hombres al abrigo de toda perturbación, dejando pasar la semana y sus domingos, el mes y sus fiestas de guardar, la celebración y la tristeza. Casa que fue espacio de una vida compartida, de un tiempo esforzado, de una familia que se aproximó, con sus mejores hatos, para hacerse la foto que les facilitaría la vida. Y ahí están, en el carnet perdido, el blanco y negro con sello oficial, con hijos que miran por encima de los hombros de los padres, la seriedad como el pelo que se ha peinado en una raya rígida como las bocas. La corbata estrangulando al hijo mayor, al responsable, las niñas bien aposentadas en su mirada ya maternal, el pequeño en brazos de una madre que tampoco ríe. Son aquellos que se enzarzarán en el reparto de la heredad, en el conflicto de las lindes, en la casa que es de todos y de nadie y el pozo que no mana y el prado que se deja en el abandono de todas las zarzas. Son, tal vez, los que firmaron el poder de la ruina una vez llegada la vejez, cuando nada importa que se caigan los muros. Y sí, lejos de la historia familiar ¿A quién le preocupa la belleza de la ruina, la casa desolada, el lazo que te aísla, la muerte que te ronda?
Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.
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