A veces las columnas se escriben solas porque sigue habiendo hambre en el mundo, o mujeres que mueren a manos de sus parejas, o niños que perecen bajo las bombas por cometer el simple acto de ir a la escuela. Se escriben con dos manos embaladas que teclean porque se indignan de muchas cosas que no se remedian pudiendo hacerlo: la malaria, los poblados de chabolas, el analfabetismo, la prostitución de menores e incluso en nuestro mapa más cercano, la falta de trenes o el ruido nocturno agresivo y consentido. Si solo habláramos de todo esto, y además de Rosalía, Bad Bunny, el estrecho de Ormuz, los juicios varios de la Audiencia Nacional, la dieta para activar la microbiota, el precio de la gasolina, los alquileres imposibles y la receta infalible de las torrijas, se escribirían solas otras doscientas columnas más. Pero no, las columnas no se escriben solas y los columnistas somos seres pendientes de un calendario que nos sabemos de memoria porque va en función del día en el que hay que entregar la bendita columna. También somos gente que mira a su alrededor: en el metro, en el camino al trabajo (que no es precisamente de columnista) en la panadería o en la cola de cualquier ventanilla; sin esa obsesión por mirar, escrutar y querer ver más que el resto, pocas columnas se escribirían.
Hay días que la mirada agradecida de la señora mayor que necesita ayuda para no caerse en el autobús urbano cuando este arranca y la recibe podría ser una columna casi escrita por sí misma; como la cara de esos niños que van por la calle poniéndose perdidos comiendo un helado mientras sus padres no paran de consultar el móvil. Los magnolios que florecen cada año por San José en esta mi ciudad de acogida también dan para una columna; como tantas cosas pequeñas, que no son noticia pero deberían y tantas cosas que son noticia y no lo merecen. Los columnistas tenemos que separar el grano de la paja y decidir además qué grano es el publicable: no siempre acertamos porque somos a la vez notarios, adivinos, cuentacuentos y poetas de versos cotidianos sin rima; y encima tenemos que escribir una columna sin caer en la calumnia, y ruego me perdonen el juego de palabras, pero es que se parecen tanto que a veces…
Las columnas no se escriben solas y, por exigencias del guion, se escriben varios días antes de publicarse, lo que aumenta el riesgo de batacazo del autor, que es un funambulista de la realidad que trabaja sin red y tantas veces tiene que comerse las palabras entregadas en la redacción que una semana más tarde ya no son ni de actualidad; o siéndolo, ya no sirven de nada o no dan ganas de leerlas. Yo cuando empecé en este oficio quería parecerme a Elvira Lindo o Rosa Montero precisamente por eso: por lo mucho que acertaban con sus columnas, que nunca estaban trasnochadas y siempre te dejaban dos o tres frases sobre las que quedarse un rato dándoles vueltas. Ahora sigo queriendo parecerme a ellas, e incluso por querer, quisiera ser una buena mezcla de las columnas legendarias de Vargas Llosa, Manuel Vicent, Javier Marías, Oriana Fallaci, Bernard Pivot, Joan Didion, Ryszard Kapuscinski, Gloria Steinem o Tom Wolfe. Lo único que me acerca a ellos, esos dioses de mi Olimpo periodístico particular, es que sus columnas, como las mías, tampoco se escribían ni se escriben solas.
Esta columna que no se ha escrito sola y que habla de lo que cuesta escribirlas va llegando a los 770 caracteres que son la norma. Antes de despedirme, déjenme que les cuente que en los últimos tiempos hay un nuevo columnista que me está gustando, por lo que dice y cómo y a quien se lo dice: se llama Robert Francis Prevost y últimamente atiende por León XIV; que haya conseguido que yo lea y aprecie lo que dice un señor con sotana es todo un mérito; pero esa es otra cosa buena de los columnistas, que tenemos que estar dispuestos a leer y escuchar de todo antes de escribir lo nuestro.
Concha Torres
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