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“El honor perdido de Katharina Blum”: sensacionalismo y colectividad
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“El honor perdido de Katharina Blum”: sensacionalismo y colectividad

Publicado 24/04/2026 08:07

El sensacionalismo bien podría no implicar colectividad. Son las personas quienes, a través de someras percepciones, nutren este fenómeno y lo convierten en sinónimo de generalidad. A merced de esta creación artificial, se interiorizan ideas de diversa índole las cuales llegan a defenderse hasta el extremo, sin mediar base racional y sólida en el argumentario de los alienados.

En esta novela de Heinrich Böll (autor alemán que recibió el premio Nobel en 1972), la cual fue trasladada a la pantalla en 1975 por los directores Shlöndorff y Margarethe von Trotta, la protagonista Katharina Blum se ve inmersa en una investigación por parte de la fiscalía y una implacable persecución de los medios, cuyo baluarte es el PERIÓDICO, tras un efímero romance nocturno con un consumado delincuente (Ludwig Götten). Sus vicisitudes comienzan ante la pregunta de ¿cómo pudo escapar el mentado delincuente, si la policía tenía vigilado su edificio?

Emplea la forma de un atestado policial desprovisto de solemnidades, dialogando con el lector y por ello resulta sumamente accesible. A mi entender, el autor tiene clara la idea o la realidad que pretende plasmar y por ello no se preocupa de fastuosidades en la redacción. Es preciso que la problemática narrada deje huella, de ahí las asiduas referencias al PERIÓDICO: el otro protagonista de la obra. Ahora bien, debe levantarse el velo e individualizar responsabilidades pues, igual que afirmar la mala praxis de todos los medios de comunicación sería desacertado e inviable, tampoco puede englobarse a todos los trabajadores del PERIÓDICO como partícipes en la trágica sucesión de acontecimientos. Son personas quienes dirigen los medios, y personas quienes dan rienda suelta a su escritura procurando “vender bien el pescado”.

Con relación al PERIÓDICO, Böll antes de iniciar la obra, deja el siguiente mensaje: “Las personas que se citan y los hechos que se relatan son producto de la fantasía del autor. Si ciertos procedimientos periodísticos recuerdan los del Bild-Zeitung, el paralelismo no es intencionado ni casual, sino inevitable.” Estas palabras, cargadas de ironía, refuerzan el leitmotiv al trazar nexos con un caso real, aunque tal vez no sea el ejemplo más idóneo por la polémica que generó y que ha sido objeto de comentario en algún estudio sobre la obra del autor alemán.

Aun así, no enerva la importancia de su crítica sobre el sensacionalismo, que desde los albores de la historia siempre ha estado presente (evidentemente ha ido evolucionando, en Grecia o la antigua Roma no existían los mass media). Interpretando la voluntad de Böll, el prólogo de la obra escrito por Berta Vias-Mahou (quien además de escritora y traductora, es licenciada en historia), resalta su vigencia atemporal pues no se trata de una lacra de los años setenta. Habría de completarse esa atemporalidad con el señalamiento, anunciado al principio del párrafo, de la sociedad de la información en que nos hallamos. No solo se trata de un incremento de estas prácticas, sino de unos efectos descomunales los cuales son posibles gracias a los avances tecnológicos. Quien sabe emplear los medios de comunicación, maneja el discurso “de turno” y, en cuestión de días u horas, puede ensalzar o menoscabar la fama de una persona, grupo, Estado…

Retomando las individualizaciones dentro del PERIÓDICO, el papel de “villano” lo ostenta el periodista Tötges, quien ejerce su profesión desmesurada y deshumanizadamente. Y es que sus actuaciones conculcan la deontología periodística (tomando como referencia una “ojeada” rápida del Código Deontológico que debe servir de guía a los periodistas españoles), comenzando por el principio ético de buscar la verdad, la presunción de inocencia y la evaluación de los posibles daños derivados de sus informaciones, así como el respeto a la intimidad y propia imagen de las personas. Dentro de los Principios Generales del mentado Código, su apartado 4.b) señala: “Con carácter general deben evitarse expresiones, imágenes o testimonios vejatorios o lesivos para la condición personal de los individuos y su integridad física o moral.” El periodista los obvia sin ningún tipo de escrúpulo, y cuando alguno de los testimonios le es favorable a Katharina, él lo pervierte para que se ajuste a la trama de complicidad con el criminal Ludwig Götten.

Aceptemos o no las narrativas de Tötges, también deberíamos tildar de villana a la asesina confesa de dicho periodista: Katharina Blum, quien provista de una gran seguridad moral (tal como señala Berta Vías-Mahou en el prólogo), carece de remordimientos por haberle disparado. Debe leerse el libro hasta el final para tener un panóptico de lo ocurrido, ya que en apariencia y de manera premeditada, ella pone fin a la vida de Tötges por haber destruido su imagen ante la opinión pública.

En este punto conviene establecer la secuencia de acontecimientos sin hacer demasiadas revelaciones: Katharina acude a una fiesta, se va con Ludwig Gotten a su casa y a la mañana siguiente es llevada a comisaría. Durante unos días es sometida a varios interrogatorios, y cuando estos han finalizado sin que se haya podido demostrar vínculo alguno, la protagonista cita al periodista Totges en su casa y por alguna razón termina disparándole.

En la novela, el detective Beizmenne, el fiscal Hach (junto con su compañero) y la prensa tienen una idea preconcebida en base a elementos circunstanciales: Katharina es cómplice de Gotten, porque indubitadamente le ayudo a escapar a través de alguna salida secreta del edificio. Los acontecimientos en salas de interrogatorio sin la presencia de un abogado (el señor Blorna, abogado para el cual trabajaba Katharina, se hallaba de vacaciones junto a su esposa) pueden ser cuestionables, y esta consideración se debe a numerosos casos del panorama global en que se muestran las tácticas policiales para extraer información o confesiones. También es cierto que, en algunas investigaciones, la inmensa presión que han de soportar los cuerpos policiales o los fiscales conlleva el afán por encontrar un culpable en aras de amainar el clamor de sus superiores y de la sociedad. Sea como fuere, la protagonista demuestra la entereza propia de quien no tiene motivos para sentir temor.

Paulatinamente a medida que se suceden los interrogatorios, los elementos humanos antes mencionados comienzan a sentir cierto afecto por la investigada; ello puede deberse al abandono de la ceguera que ocasionan los prejuicios. Esto es una prueba que, avanzada la trama, nos permite inferir lo siguiente: los problemas de Katharina no se hallan en las diligencias policiales sino en la ávida búsqueda de noticias. Concretando de nuevo, por Tötges, quien podemos presuponer que gozaba de datos filtrados, ya que cuando Katharina es arrestada en su piso tras su noche con Götten, esperaba en el propio edificio para fotografiar a la presunta cómplice.

Desde ese momento sus destinos quedaron vinculados y el autor nos va preparando para hallar respuestas a la pregunta esencial: ¿Qué nivel de hostigamiento podría impulsar a la protagonista para disparar a sangre fría contra este periodista?

Me permito en este punto volver a reiterar la breve pero contundente descripción de Katharina Blum por quienes de verdad la conocían, omitiendo los testimonios viciados de quienes sólo albergaban afán de su minuto de gloria y también de los que convierten las primeras impresiones fruto del prejuicio en su credo: una persona candorosa y entregada a su profesión. Este tipo de declaraciones no logran motivar el furor de los lectores, “[…] En la última página leyó Blorna que el Periódico había convertido su opinión de que Katharina era inteligente y reservada, en que era fría y calculadora […]”, y por ende se antoja necesario aclimatar los términos al discurso sensacionalista ya iniciado. La pretensión es claramente decantar al público hacia la consideración de que Katharina forma parte de la organización criminal de su amante, e incluso puede ser la “mente” tras las actividades delictivas al tratarse de una “femme fatale”.

En este sentido haré un inciso para narrar una anécdota en torno a cómo ciertas personas, dotadas de intelectualidad o avezadas en su profesión, son conocedoras de la volubilidad en la opinión pública. El Káiser Guillermo I se hallaba en el balneario de Ems cuando recibió la visita del embajador francés, de apellido Benedetti, el cual le requería no presentar la postulación de ningún pariente al entonces vacante trono español. El káiser declinó educadamente la proposición, y al enterarse Von Bismarck de este evento, adultera el telegrama recibido para enardecer los ánimos populares contra Francia. Todavía quedaban cuatro estados en el sur, que no se habían anexionado a Prusia, y Bismarck sabía (por lo acaecido en las guerras napoleónicas) que un enemigo común despertaba el sentimiento de unión entre los diversos territorios alemanes. Tras aquella guerra con Francia, surge la actual Alemania.

Retomando las intenciones del autor, Böll nos proporciona diversos paradigmas en cuanto a publicaciones del PERIÓDICO, así el siguiente titular: “KATHARINA BLUM, LA AMANTE DEL BANDIDO, SE NIEGA A DECLARAR SOBRE SUS AMANTES MASCULINOS”. Bien, esta adulterada afirmación proviene de las “visitas de caballeros” que supuestamente recibía la protagonista en su domicilio, cuestión esclarecida en el desenlace. También acuden a su madre gravemente enferma, y cuyo devenir también repercutirá en Katharina al final de la obra, y a su ex marido que expresa comentarios claramente nacidos del rencor. Las circunstancias y la objetividad nada importan al PERIÓDICO, tan sólo los extractos que despierten la sospecha o animadversión de sus lectores hacia la protagonista.

Las ineludibles consecuencias de estos ataques reiterados por el medio de comunicación son previstas por la señora Blorna (arquitecta y esposa del abogado de Katharina, quien a su vez trabajaba como empleada de hogar para el matrimonio): “[…] Nunca, nunca jamás volverá a ser como antes. Destrozarán a la chica. Si no lo hace la policía lo conseguirá el PERIÓDICO, y cuando el PERIÓDICO pierda el interés por ella, ya se encargará la gente de continuar. […]”. Los Blorna serán “daños colaterales” de la abrumadora y malintencionada secuencia de artículos del PERIÓDICO, a ella incluso le brindan un apodo, “Trude la Roja”.

En relación con los apodos, recuerdo un caso real (no más que éste, pues recalco que estas prácticas forman parte de nuestra cotidianeidad): el de Amanda Knox en Italia. Además, el caso se ha revitalizado con el estreno de una serie donde Knox cuenta su versión. Fue absuelta por el Tribunal Supremo de Italia hace años, después de haber sufrido un auténtico calvario tanto en los planos policial y social, pero sobre todo experimentó el flagelo de ciertos medios de comunicación. Su alias en la prensa era “foxy Knoxy” pues el discurso que vendía era calificar a esta mujer, por aquel entonces casi adolescente, como depravada sexual. Ejemplos en los que la sociedad juzga sin existir condena, los tenemos dentro de las fronteras españolas, como el de Dolores Vázquez en el caso Wanninkhof-Carabantes, donde arremetieron contra esta persona configurándola como culpable ante la opinión pública. Posteriormente fue absuelta, pero quién o quiénes deben indemnizar el nivel de degradación sufrido tanto por errores en la administración de la justicia y por las lesiones en su dignidad, fama y propia estima a través de ciertos medios. Esta cuestión la abordo en mi comentario sobre El expreso de medianoche (1978), si se trata de un caso mediático, aunque la persona acusada sea absuelta y existan muestras claras de su inocencia: nunca superará totalmente los estigmas sociales.

En la obra, el artífice de este pervertido uso de la libertad de prensa (Tötges), tras su muerte, es plasmado en los obituarios como “víctima de su profesión”. No hay cabida para un debate jurídico-moral en torno a la justificación del homicidio o asesinato, salvo que mediara legítima defensa, por haber sido injuriada y calumniada en la prensa. En una ponderación de bienes jurídicos tenemos dos derechos fundamentales, pero sólo uno absoluto: que es el derecho a la vida. Sin embargo, el autor en un momento determinado parece generar una interpretación de que el periodismo, ejercido a la manera de Tötges, mutila en cierta manera la vida.

Resulta interesante la expresión “víctima de su profesión”, que puede entenderse como un intento de infundir pena o conciencia en las mentes de quienes leen el titular. Pudiera vislumbrarse que este periodista feneció a causa de realizar su trabajo (sin alusión a sus métodos desproporcionados), lo cual está revestido por cierta solemnidad y casi lo convierte en un mártir de la Libertad de Prensa. Hacer referencia a los procederes del Periódico y sus acólitos implicaría culpabilizar a la víctima, práctica que no es plausible, pese a que la preterición de factos conlleve a una noticia de “medias verdades”. La consideración de “víctima de su profesión”, se antoja más adecuada en casos de corresponsales de guerra o de periodistas que informan desde países donde la libertad de prensa está restringida. Inclusive podría entenderse como una falta de respeto para quienes ejercen el periodismo de manera seria y responsable.

Siendo todavía más incisivos en la obra de Böll, cobra relevancia la figura del propietario del periódico, de la persona sobre la que recae la toma de decisiones. En un momento dado de la trama y en aras de proteger al protagonista de “las visitas de caballeros” (por mediar relación y ser un personaje importante, además de estar casado), el “líder” del PERIÓDICO opta por proteger la identidad de aquel haciendo uso de una técnica selectiva en cuanto a la protección de la intimidad, honor y propia imagen.

Por todo ello, e independientemente de las actuaciones tendentes al esclarecimiento de los hechos llevadas a cabo por la policía y los fiscales (uno de los cuales, Hach, es amigo del señor Blorna), la narrativa trae consigo un mensaje certero: los estragos, la devastación potencial que trae consigo la prensa sensacionalista.

Dicho lo anterior y teniendo presente la redacción constitucional española: se ampara el “comunicar o recibir libremente información veraz”. Ello se consagra el artículo 20 de la Constitución Española, enfocándonos en los puntos 1. a) y d) y 4, donde recalan derechos fundamentales y los límites a su utilización injustificada o abusiva.

El apartado a) del artículo, establece la libertad de expresar o difundir ideas, opiniones y pensamientos por medio del escrito, la palabra u otros medios de reproducción y, el apartado d), dispone el derecho a recibir o comunicar libremente información veraz por cualquier medio de difusión. Pese a que la Libertad de Prensa no puede ejercerse de forma indómita, en sus relaciones o colisiones con el Derecho al honor, la intimidad (personal y familiar) y la propia imagen, se prevén excepciones en que las intromisiones están legitimadas.

Aporto una muestra jurisprudencial, respecto a la delimitación en el ejercicio de la Libertad de Expresión realizado por el Tribunal Supremo: “El TS anula una sentencia que condenaba a un medio digital y a una periodista por intromisión en el derecho al honor de un tarotista y vidente de televisión. El reportaje en cuestión calificaba de estafa el negocio de los videntes televisivos que cobran por llamada, pero el tribunal consideró que dicho reportaje difundía información veraz sobre un tema de interés público y afirmó que la periodista expresó una opinión basada en hechos contrastados y en la opinión de otro periodista.”

En la resolución judicial se muestra una de las posibles colisiones del Derecho al Honor con la Libertades de Información y Expresión. Deja latentes los requisitos en que prevalecen los segundos: proporcionalidad, veracidad e interés general. Aprovecho para hacer alusión a la diferencia entre sujetos, diremos particulares, y los que ostentan cualidad pública. Desde que estudié la parte especial de Derecho Penal ha permanecido en mi memoria (además he logrado encontrar el manual de Nociones de Derecho Penal de la editorial Tecnos y bajo la coordinación de María del Carmen Gómez Rivero en el que leí la información) lo siguiente: “[…] Hay determinados casos en que, por la cualidad pública de los sujetos a que se refieren las expresiones o críticas, los márgenes de las libertades de expresión e información son superiores […]”. Se infiere que un personaje público (políticos, futbolistas, cantantes…) ve difuminada (en ningún caso ha de entenderse como carencia de sus derechos a la intimidad, honor o propia imagen) su privacidad precisamente por su condición y porque dependen de audiencias o votantes. Su fama, su relevancia social o su patrimonio proceden de la gente, es sencillo: si la gente no consumiera todo lo relativo al fútbol, las estrellas no cobrarían ingentes cantidades de dinero. Expuesto lo anterior, Katharina Blum estaba lejos de ser personalidad pública.

Para delimitar el contenido de las referidas libertades el mismo art. 20 en su cuarto punto establece lo siguiente: “Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este Título, en los preceptos de las leyes que lo desarrollen y, especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia”. De igual forma, tiene una labor preventiva pues todo uso que sobrepase manifiestamente los límites normales del ejercicio de un derecho (empleando la redacción del art. 7.2 del Código Civil español) puede ser una incursión en los tipos penales contra el honor: calumnia o injuria. En el prólogo se hace referencia a tales conductas en relación con la novela: “[…] Mientras, difamaciones y calumnias se extienden en un caso como éste con mucha mayor facilidad que la verdad. […]”.

Interesa lo que se deriva del ejercicio conjunto y desmedido de ambos apartados del art. 20 CE (Libertad de expresión y Libertad de Prensa) pudiéndose acarrear daños irreparables al honor de una persona. Aunque posteriormente se le resarza económicamente o, incluso, si se le ofreciera una disculpa pública, la persona ya habría quedado estigmatizada. Aquí hay dos factores determinantes, de un lado los medios de comunicación que soslayan la deontología de su profesión, y de otro, los miembros de la población que constituyen el eco de tales “noticias”. Somos nosotros, cuando carentes de ambición personal (acepción que considero ajustada, ya que el conocimiento en cualquiera de sus vertientes habría de resultar una fuente de satisfacción) “compramos” una letanía de informaciones sin contrastar, que proporcionan medios claramente sesgados. Buscan claramente un proselitismo, el cual al ser objeto de disquisición, resulta ser vacuo. Ergo, si mis argumentos proceden únicamente de contenidos dispuestos para generar polémica o de conversaciones donde claramente impera la subjetividad, estaré devaluando mi acervo intelectual y mi criterio.

Proceder de esta forma me recuerda a un excurso sobre el “modus operandi” de la prensa en “Los extraordinarios casos de monsieur Dupin”, obra de Edgar A. Poe (una época donde no existía la implacable red mediática de la actualidad), donde el autor escribe lo siguiente: “[…] La masa sólo considera como profundo aquello que produce punzantes contradicciones con la idea general […]”.

Cierro el comentario, dejando de lado a los medios de comunicación y centrándome en las personas, haciendo alusión a las aportaciones hechas por Francisco de Vitoria sobre los juicios emitidos en el ámbito judicial y social (presentes en su Tratado sobre la Justicia, en interpretación de la Secunda Secundae de Santo Tomás de Aquino, concretamente en la Cuestión 60: Sobre el juicio). Más concretamente, al estudio preliminar que de este tratado hace Luis Frayle Delgado, donde y también refiriéndose a la cuestión 60 escribe: “[…] A la moral privada pertenece también el tema del juicio particular, y en especial del juicio temerario […] es decir, sin suficiente base ni fundamento, es ilícito, ya que hace daño en la fama y el honor, que son los bienes más apreciados, después de la propia vida y más que los bienes materiales. Para que sea ilícito y sea pecado se requiere que sea firme y deliberado; […]”.

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