Sábado, 18 de abril de 2026
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La primera palabra
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La primera palabra

Mientras barría, imaginaba otras historias, acogía preguntas, cavilaciones, dudas, imágenes, que podían constituir materia de otros escritos.

He llegado a casa antes de lo esperado. Pasó un autobús imprevisto. Eso me permite sentarme a escribir con más tiempo. Frente a mí, la gente sale del trabajo. Llevan la chaqueta en la mano y miran a los costados para cruzar la avenida. Los trabajadores de la limpia pública terminan de recoger lo que queda del día, con la meticulosidad acostumbrada, levantando cada billete con unas pinzas similares a unos palillos. Echan los billetes en el cubo y buscan otra esquina. La vida digital se intensifica, si cabe, con los mensajes para quedar para la cena, tomar algo, ir al KTV, etc. Yo vuelvo la mirada a la página en blanco de mi escritorio. Veo el reloj al lado de la lámpara.

Me pregunto si todos los escritores pasarán por el mismo silencio antes de redactar una frase. En mi caso, a ese penoso tiempo se suma el invertido en las frases anteriores, reescritas, tachadas, transcritas en un documento de Word, guardadas. Lo que me consuela, no obstante, es el sentimiento de plenitud derivado del fin de un artículo, publicado en una columna española o en mi cuenta pública de WeChat. Nunca repito el mismo contenido. Todo, como la creación entera, nace desde cero cada nuevo día.

Mientras escribo el artículo de hoy para sacarlo a la luz del criterio público, yo aquí bolígrafo en mano, sin una sola frase escrita, contemplo la ventana, busco afuera lo que no atinaré a saber hasta rodarlo en un renglón. Han apagado las luces del edificio enfrente. No queda ningún trabajador de la limpia pública en la avenida. Un par de bicicletas amarillas, sonando las chicharras, cruza de un lado a otro. En mi teléfono no queda ningún mensaje por responder, ni nadie ha escrito tampoco.

Caminar por las calles de China durante la noche resulta posible. Uno puede buscar las calles más estrechas, los callejones menos transitados, los espacios que mejor reproducen las escenas acostumbradas por las películas de artes marciales vistas en Occidente, en formato Beta y VHS, décadas atrás. Esos lugares donde moran los gatos y el alumbrado público se vuelve más sutil conducen, a la vuelta de la esquina, a un emporio donde las personas cosmopolitas reconocen la grandeza. Aquel corredor estrecho, anónimo, da a un recinto cultural, artístico, comercial, de vanguardia.

En ocasiones, aquí y en todas partes, surgen encuentros que cambian el rumbo de los acontecimientos. En la película anoche, al cabo de la jornada de trabajo, tumbado en el sofá con la manta de siempre, un tiempo pasado se superponía al presente. Como si fuera una reencarnación, el siglo lejano encarnaba el presente. Un mismo amor, visto en el espejo del tiempo, cobraba una unidad no sabida hasta ese momento.

En circunstancias parecidas a las de la película, que no terminé de ver porque me quedé dormido (la preparación de una clase demanda horas y horas de trabajo), en circunstancias parecidas, por la noche dirijo la mirada a las ventanas de los establecimientos y me pregunto cuál será el destino de cada persona. Algunas de esas personas me miran a mí y quizá también se pregunten de dónde vengo, adónde voy, qué he traído conmigo. Ese fue el caso de una joven en un puesto de lotería. Mi autobús se detuvo a la puerta. Ella estaba sentada en una silla plegable metálica. Nuestras miradas se encontraron un instante, sin buscarse la una a la otra, el tiempo necesario para saber que era cierto.

Sentado al escritorio, con la música apagada en el estéreo, desearía escribir una historia de amor. Probablemente, iniciaría en un restaurante, con un joven que también cruza la mirada con alguien que va camino al trabajo. La semana siguiente, el mismo día, a la misma hora, él volvería ahí, para propiciar el nuevo encuentro. Ella, no obstante, habría ido a otra ciudad, por circunstancias imprevistas, dos meses. A su retorno, sería ella quien se sentaría en una mesa cercana a la suya. Un camarero no tardaría en darse cuenta de la situación.

Hace un par de días barrí el patio de casa. Los pájaros pudieron bajar a beber agua del plato hondo. Mientras barría, imaginaba otras historias, acogía preguntas, cavilaciones, dudas, imágenes, que podían constituir materia de otros escritos. Esa noche, sin embargo, mi pluma seguía intacta. Solo había puesto la primera palabra, abajo: fin.

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