La teoría de la relatividad de Einstein venía a confirmar científicamente lo que la cultura ya había asumido: el tiempo es relativo. De alguna manera, daba la razón a los poetas anhelantes, a los pintores que gustaban de las ucronías e incluso a los pensamientos más crípticos de los estudiantes en las últimas semanas antes de los exámenes. Como la roca que se arrastra por la montaña, la verdad se erosiona por un tiempo que descorre las cortinas domésticas y deja pasar la luz.
El reloj del salón de casa ya no sirve. Oscila arrítmicamente, erra en su labor y ha perdido toda razón de ser. Está devaneado, pero también deambulando por un espacio liminal e inasible debido, irónicamente, a que lo veo todos los días. La sorpresa está únicamente en el movimiento raquítico de las manecillas, que ya no son de fiar, pero sí descubren que quizás no debo encomendarme a una apariencia senil simplemente por su consuetudinario poder. Porque eso no es tanto de fieles costumbres, sino de una superstición locuaz. Algo como ese “lo que ignoramos en apariencia después tocamos en consecuencia” que me canta al oído Conchita Bautista. No existe disertación sociológica que responda con mayor certeza sobre un cariño por lo temporalmente errado que la teoría de la relatividad. Por eso que se afana en cambiar, pero no lo hace, sino que prosigue con sus desatinos. Llega a destiempo, prioriza el aislamiento digital en una esquina. Se pierde en su propia conversación. Se rompe en su única dimensión. Y ya no acompaña mis fatigas frente a la pantalla del ordenador.
La verdad es que he querido ver en el reloj un sema de pertenencia, metafóricamente hablando. Su asiduo fallo, en cierta manera, me corresponde. De la misma forma en la que también son mías las canciones aleatorias que el algoritmo me recomienda. En los últimos meses, he quemado el minutero con las reticencias de un alquimista que quiere cambiar de profesión. No hay nada de placentero en ese trascurso en los confines de la mesa frente a un marco que aqueja la gama de grises desde su nacimiento y que ignora metódicamente aquello que pasa a su alrededor mientras rumia el tiempo que le queda por delante. Tampoco encuentro en los reflejos de mi móvil apagado ni en los libros que circulan unilateralmente por el salón. Y, sin embargo, el reloj sigue ahí, resistiendo el misterio. Como la lechera que aún no ha roto su cántaro.
Quizás porque el tiempo es relativo, porque admito que hay alternativas más fiables en mi móvil, incluso en esa maraña de objetos y dispositivos de los que emana la luz. Como la roca que se arrastra por la montaña, continúo mirando el peculiar nombre del reloj.
La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.
Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.
La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.
En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.