En esta oportunidad, quisiera deslindarme en cuanto a la dinámica de artículos sobre temas de latente actualidad desde el prisma jurídico y compartir unos poemas cuya esencia común es la inmigración. Una cuestión que ya traté hace unas semanas a tenor de las políticas de Donald Trump, vinculándola a lo que está ocurriendo en las esferas política y social en España.
La inmigración aflora cuando la bonanza se ausenta o se sume en el olvido de las generaciones; por ser una problemática cíclica, considero que los versos difícilmente podrían reflejar o impostar el éxodo como un idilio, ni forjar una creencia de que todos somos ciudadanos del mundo. Por tanto, reitero la reflexión de que dicha realidad requiere un análisis pormenorizado de sus ventajas e inconvenientes, así como de las consecuentes limitaciones para moldear su régimen jurídico en aras de que sea equilibrado y garantista.
También realizo esta introducción con ánimo de hacer dos sucintas aclaraciones sin la pretensión de teorizar sobre la Poesía (de eso ya se encargan los críticos, con diversos resultados dependiendo de si prima en ellos la ética o los intereses). En determinados casos se tiene una concepción que asocia al poeta con la ajenidad, con la desconexión de la realidad (en este sentido, algunos miembros de la clase política española bien podrían entrar en esta categoría) y ello puede deberse al embellecimiento estético que prima facie decanta a las percepciones del público.
Ahora bien, si entendemos la Poesía como un Arte, habremos de renunciar asiduamente a lo evidente y ser acusadamente perspicaces para extraer el mensaje que inexorablemente transmite la vivencia del poeta. Es en su visión donde radica el genuino aporte de cada lírica, siendo conscientes de que la “tradición” (entendida como la herencia poética de los siglos y no como un conjunto de pautas taxativas) ha de ser un baluarte para resguardar la invaluable trascendencia de la Poesía. Las mutaciones en la fisionomía del poema, salvando determinados paradigmas que en su mayoría ya tuvieron lugar, adulterando el lenguaje o la locación de los versos, actualmente no suelen acarrear una mayor fuerza en el poema.
Para ser más diáfano en este apunte, al hablar de lo evidente hago referencia a la fútil sencillez, a la vacua mezcla de frivolidades que busca encuadrarse como lírica; tal vez sea narrativa u otra manifestación de la escritura, pero no es Poesía (esta reflexión debería ser abrazada por poetas y diletantes que son conscientes de su verdadero valor). Y con esto hago alusión al modo y no al qué, pues también de lo cotidiano puede erigirse un poema; aunque ello entraña la tentadora egolatría de pretender “traducir” cada suceso en el papel, considero que el verdadero talento se halla en saber recibir la inspiración y no en la ingente elaboración (que puede conllevar la acusada reiteración o la devaluación cualitativa).
La otra renuncia: concebir el amor como sinónimo de Poesía; al menos, su concepción omnímoda, ya que la fraternidad o la crítica pueden protagonizarla y, continuar siendo un instrumento certero, un cauce donde las sensaciones quedan plasmadas de manera irremediablemente distinta al pensamiento llano que cualquiera tenemos.
Dicho lo anterior, comparto dos poemas dedicados a mi ascendencia asturiana, mi bisabuelo emigró a Perú, y otro que escribí a tenor de la agresión rusa a Ucrania que ha desembocado en un conflicto duradero.
SIGLOS ENJAULADOS
Sobre el tronar esmeralda,
voces calladas emigran.
Desde las profundidades
clama el herido adiós
y la inesperada bienvenida.
Descienden paisajes inalcanzables
y el creador está en la lluvia,
mientras océanos de niebla
traen consigo los esotéricos retratos
de quienes arribaron
en los trabajos del oro y el caucho.
Esas herencias me devuelven la mirada
a través de siglos enjaulados
en una bóveda de idilios.
Nos quitamos
las máscaras,
arden las épocas,
y el furor de las identidades
pernocta en la lengua de las generaciones
que hallan comunión
en la mesa de los descubrimientos.
TE TOCARÉ, ASTURIAS
Sin importar el incorregible defecto
de la grandeza onírica:
Te tocaré, Asturias.
Pues ya tus cumbres
me regalaron la probidad de los instantes.
Te tocaré, sin alterar tus palpitaciones,
donde reside la querencia a la prosapia
todavía incomprendida.
Te tocaré, con cada sentencia de vetustos labios
hendida en las patrias del imaginario
donde el legado alabastro se posará en mis ojos,
refulgiendo los diálogos entre piedra y tacto
para revelar historias cotidianas.
Así como estos ríos juegan con su significado,
me desbocaré en sus laderas,
Asturias, desde la espontánea lejanía,
arribaré en los lazos perdidos
de gentes atemporales.
Te tocaré, Asturias,
en la brillante soledad de esas urbes ajenas,
cuando mi alma sumergida en tus callejones
exhale refugios como si fueran paraísos.
Solo las musas sabrán
los misterios que rasgan el corazón
cuando no se desea la noche
al arrastrar el tronar de los sepelios.
Asturias del ahora, eres enigma y bienvenida,
apremiante ventura retumbando
en aquel barco de ilusiones.
Te tocaré, Asturias.
SERÁS UN APÁTRIDA MÁS
La marcha silenciosa del destierro te ignora
cuando perteneces a los millares.
De ahí esta alegoría extemporánea
desde tan diferente paraje.
Con el brillo que arde en tus ojos
entonas el éxodo,
portando como único equipaje
la ausencia de culpabilidad.
La semilla te muestra el camino
de la peor arma que,
sembrada en tu tierra,
hará que tus recuerdos
pertenezcan a la frontera.
Serás un apátrida más
que nunca gozará de la tregua,
al ver cómo los parajes
por los que hace años caminabas,
ahora te brindan escarnio.
Tu nombre queda sepultado
entre el clamor de desesperaciones y,
mientras vislumbra
la desnudez de la contienda,
queda privado del mirar atrás.
El pequeño mundo,
aquel del abrazo fraterno,
tan solo ofrece incertidumbre,
porque tu travesía carece de término.
Y, al ser recibido en un país
cuyos ojos se tiñen de diferencias
a su llegada, las moralejas de la historia
son baldías.
Arribando en la presunta calma,
el incesante temor
de la volátil estabilidad,
arrecia tus pensamientos.
Aún te persiguen
los escombros
y te queman las preguntas
sobre paz o concordia, cuando
se manifiesta la ausencia del sustento.
Frutos de enajenaciones singulares,
la guerra del ayer
o la guerra al despertar mañana,
resultan tus injustas condenas.
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