Miércoles, 15 de abril de 2026
Volver Salamanca RTV al Día
La fuerza de la belleza
X

La fuerza de la belleza

«Toda obra de arte es hija de su tiempo y, muchas veces, madre de nuestros sentimientos»

WASSILY KANDINSKY

«La obra de arte es un ser vivo»

HENRI BERGSON

El Día Mundial del Arte invita a detenerse en una evidencia que a menudo pasa desapercibida por su misma cercanía: el arte no es un lujo de las sociedades avanzadas, sino una dimensión constitutiva del ser humano. Desde sus orígenes más remotos, allí donde aparece la huella humana aparece también el gesto artístico, como si ambas realidades fueran inseparables. Antes de que el ser humano pudiera explicarse el mundo con conceptos, ya lo estaba interpretando mediante imágenes, sonidos y símbolos. El arte nace así no como entretenimiento, sino como una necesidad profunda de sentido, como una manera de habitar la realidad y de hacerla comprensible.

En las primeras comunidades humanas, el arte estaba ligado al rito, a la vida colectiva y a la relación con lo invisible. Pintar, danzar o cantar no eran actividades separadas, sino formas de intervenir simbólicamente en el mundo. A través de ellas, el ser humano expresaba su miedo ante la naturaleza, su esperanza de dominarla y su asombro ante el misterio de la vida y de la muerte. El arte no copiaba la realidad, sino que la transformaba en experiencia compartida. En este sentido originario, el arte ya cumplía una función esencial: hacer visible aquello que no puede verse directamente, dar forma a lo que desborda la experiencia inmediata.

Esta capacidad de revelación ha acompañado al arte a lo largo de toda la historia. El pintor Paul Klee lo expresó con una frase que sigue siendo profundamente actual: «el arte no reproduce lo visible, sino que hace visible». Con ello subraya que el arte no se limita a reflejar el mundo, sino que lo interpreta, lo ilumina desde dentro. Gracias al arte, el ser humano aprende a mirar de otra manera, a descubrir dimensiones de la realidad que permanecen ocultas en la percepción cotidiana.

El desarrollo del arte ha ido paralelo al desarrollo de las sociedades, pero sin perder nunca ese núcleo originario. A medida que las culturas se hacen más complejas, el arte se diversifica, se especializa y adquiere nuevas formas, pero sigue siendo un espacio donde el ser humano se reconoce y se expresa. No se trata solo de crear objetos bellos, sino de dar forma a una experiencia que quiere ser comprendida y comunicada. El poeta Paul Valéry lo sugería al afirmar que «las obras de arte no se terminan, se abandonan», indicando que el arte permanece abierto, disponible para nuevas interpretaciones. Cada encuentro con una obra es, en cierto modo, un acto de recreación.

Esta apertura es decisiva para el desarrollo humano porque educa en la complejidad. El arte no ofrece respuestas cerradas, sino experiencias que invitan a pensar, a sentir y a dialogar. En un mundo dominado por la prisa y la utilidad, el arte introduce una pausa necesaria, un espacio donde la mirada puede detenerse y profundizar. Al hacerlo, contribuye a formar una inteligencia más amplia, capaz de integrar razón, emoción e imaginación. No es casual que la práctica artística favorezca la concentración, la creatividad y la elaboración de formas de pensamiento más complejas.

Junto a esta dimensión cognitiva, el arte tiene también un valor ético. Al ponernos en contacto con otras experiencias, nos permite salir de nosotros mismos y reconocer al otro. El filósofo Emmanuel Levinas insistió en que la ética comienza en el rostro del otro, en el encuentro que nos desinstala. El arte facilita ese encuentro de una manera singular, porque nos expone a vidas, emociones y perspectivas distintas. En ese proceso, se ensancha la sensibilidad y se fortalece la capacidad de empatía.

Pero el arte no se agota en su dimensión cognitiva o ética. Hay en él una profundidad que remite a la experiencia de lo trascendente. La belleza, lejos de ser un simple adorno, posee una fuerza que atrae y desborda al mismo tiempo. El teólogo Rudolf Otto describió lo sagrado como una realidad que fascina y sobrecoge, que atrae y, a la vez, impone distancia. Algo semejante ocurre con la experiencia estética: nos sentimos colmados por lo que contemplamos y, al mismo tiempo, impulsados hacia algo que no podemos poseer del todo. El arte abre así una dimensión de la existencia que va más allá de lo inmediato, una especie de horizonte que invita a trascender.

En la actualidad, esta dimensión resulta especialmente significativa. Vivimos en una cultura profundamente visual, en la que las imágenes ocupan un lugar central en la comunicación. Nunca ha habido tanta producción artística ni tanta accesibilidad a ella. Sin embargo, esta abundancia no siempre implica profundidad. El riesgo es que el arte se diluya en el consumo rápido, perdiendo su capacidad de interpelar. Frente a ello, el arte auténtico sigue teniendo una función crítica: interrumpir la rutina, despertar la atención, ofrecer una mirada distinta sobre lo real.

El filósofo Ernst Bloch hablaba del arte como portador de un “todavía-no”, de una promesa que no se ha cumplido plenamente. Esta idea permite comprender el carácter creativo y anticipador del arte. No solo refleja el mundo, sino que sugiere otras posibilidades, abre caminos, ensaya formas nuevas de relación con la realidad. En un tiempo marcado por la incertidumbre, esta capacidad de imaginar resulta esencial para el desarrollo humano.

Por otra parte, el arte no pertenece únicamente a los grandes creadores ni a los espacios institucionales. Es una capacidad compartida, presente en la vida cotidiana. Desde la infancia, el ser humano se expresa mediante formas, colores y sonidos, explorando el mundo y construyendo su identidad. Esta dimensión cotidiana del arte es fundamental, porque mantiene viva la conexión entre creatividad y existencia. Cuando el arte se reduce a un ámbito especializado, se empobrece; cuando se integra en la vida, la enriquece.

En el fondo, el arte responde a una necesidad que no puede ser sustituida por ninguna otra actividad. La ciencia explica, la técnica transforma, pero el arte da sentido. Permite habitar la fragilidad, compartir la experiencia y abrir espacios de significado. Por eso, en medio de las crisis, el arte reaparece siempre como una forma de resistencia y de esperanza. No elimina el dolor, pero lo hace expresable; no resuelve los problemas, pero permite comprenderlos de otra manera.

En definitiva, el origen del arte está ligado al nacimiento mismo de la conciencia humana, y su importancia reside en su capacidad de acompañar y modelar el desarrollo de la persona y de las sociedades. Como intuía el escritor Fiódor Dostoyevski al afirmar que «la belleza salvará al mundo», el arte no es un adorno superfluo, sino una fuerza que sostiene la vida desde dentro. En él se juega, de manera silenciosa pero decisiva, la posibilidad de seguir siendo humanos.

La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.

Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.

La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.

En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.