Martes, 14 de abril de 2026
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Ya no te ajunto
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Ya no te ajunto

Publicado 13/04/2026 23:14

Pese a toda su modernidad, son unos clásicos, los intensos. Lo suyo es el empellón de toda la vida o el dirimir odios en la cancha de fútbol aprovechando el calentón, que luego no saben si ha sido un lance de juego o una agresión pura y dura. Sobre todo dura y que me lo digan a mí, que reparto bolsas de hielo seco para sus encontronazos como si fuera la enfermera escolar de esas que tanta falta nos hacen… Sin embargo, cuando salimos de la linde del juego, la agresión viaja no de labio a labio, como en el poema de Salinas, sino a través de las redes que les atrapan las 24 horas del día. Antes, en los tiempos pretéritos en los que yo iba al colegio –recuérdese que en el pueblo era ir a escuela, sin el artículo determinado, como mi primo dice ser “maestro escuela”, que Martín Mas es un clásico- huías del abusón y de la agresión corriendo a casa, territorio seguro aunque de vez en cuando volara la zapatilla de tu madre que siempre tenía la razón en todo. Sin embargo ahora, los intensos están a la intemperie de lo malo en todo momento, gracias a esa maquinita con la que ven el mundo, juegan, se comunican y se joden la vida a cada rato. El móvil, la plaga de nuestro tiempo.

Salen del aula y del patio huyendo del agresor y se lo llevan puesto. Estudian con el pitido constante del mensaje y están más pendientes de los dimes y diretes que de los mapas, las cuentas o los análisis sintácticos de los deberes –véase que la palabra “tarea” no me gusta nada-. Y si hay alguna tangana, esa no se queda en el pasillo ni en el aula cuando no llega el profe, se mete en casa y se vuelve sombra, agobio, rayo que no cesa. Y entonces, pasa lo que pasa. A la puerta de la orientadora, que parece el muro de las lamentaciones, se amontonan las afrentas en forma de mensaje.

Y no es por quitarle hierro al asunto, no, pero a veces hay que enseñarles eso tan clásico de que no hay más desprecio que el no hacer aprecio. En mis tiempos te decían “no te ajunto” o te llamaban cuatro ojos con toda su saña. Ahora la riqueza lingüística se mide en insultos a cual más tremendo y se viste de filtros, fotos malintencionadas, entradas del “ista” u otras moderneces creativas y ofensivas. Y uno siente la absoluta desazón de no poder protegerles de toda perturbación, aquella que ellos provocan. Porque tenemos las manos vacías, porque nos vemos impotentes ante tanto odio en el espacio que debería ser abrigo, cuidado, calma, protección… la casa, la mesa de trabajo, la cama donde no duermen, sino que siguen dándole a la tecla…

Tiempos duros viven nuestros intensos, el cuello tronchado hacia la pantalla, juntos, pero no revueltos, cada uno en la palma de cada mano. Y cuando llegan, llorosos, porque alguien se ha pasado la tarde ofendiendo, denigrando, como si fuera un juego del que no ven la crueldad, me entran ganas de regresar a la edad de piedra, esa en la que lo peor que te decía la amiga era ese doloroso; “Ya no te ajunto” con el que ibas triste a una casa que olía a leche caliente y galletas maría. Lo tienen difícil, los intensos y cómo sufrimos nosotros su indefensión, su fragilidad y su desconocimiento.

Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.

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