Hay muchas formas de estar en el mundo.
Todos nosotros estamos de paso, como de paso estuvieron quienes nos precedieron y de paso están quienes nos siguen, a pesar de las pócimas, ungüentos y atajos que nos quieren vender para parar el tiempo.
Y hay un gran interés en que nuestra atención sea abducida desde lugares que, creyéndolos en la palma de nuestra mano, en cambio se encuentran extremadamente lejanos.
Se pretende ser eterno asomándose a la ventana de lo mundano, y sin darnos cuenta fenecemos en esa superficialidad.
Cada día.
Unos minutos.
Unas horas.
A veces, grandes y pequeños. (Y medianos… ¡Ay, los medianos!… Con el alma floreada cual incipiente primavera…). Volátiles como el éter.
Sin darnos cuenta, nuestras vidas se derriten licuándose a través de un líquido cristal que las engulle.
En callado silencio.
Con absoluto sigilo.
Con pies de algodón pisando las huellas que nuestras huellas dejan.
Pero…
Hay otra forma de vivir.
Hay otra forma de estar.
Hay otra manera de pertenecer a este mundo que es sólo nuestro. De hacerlo eterno.
Siendo dueños de nosotros mismos.
Siendo dueños de nuestras mentes. De nuestra inspiración. De nuestro pensamiento. De nuestra razón. De nuestro corazón. De toda nuestra poesía.
Porque la realidad existe sin cristales intermedios, sin teclas, sin suave presión de nuestros dedos.
La realidad está entre nosotros, convive con nosotros, se sienta a nuestra mesa, y se nos ofrece como un exquisito manjar desde cada rincón por el que pasamos, desde cada copa de árbol plena de verdor y blanco, de verdor y rosa delicado, de brillante verde salpicado de bruno nos hace guiños de complicidad. Se cuela por nuestra nariz y despierta nuestros sentidos, la percepción de nosotros mismos.
Cada cosa nos dice que existimos.
La mirada de cada persona que nos encontramos.
Nos saludan las nubes en su presuroso recorrido empujadas por el viento, y en sus azulados contornos calentándose al sol.
Y entorna el mar sus ojos azules bordeándolos de cejas blancas, y con sabiduría nos mira con sonrisa de arena para llamar nuestra atención.
Las esquinas de las calles se suavizan para facilitarnos el paso, y los adoquines dibujan formas caprichosas diciéndonos buenos días.
Nadie miró el negro hierro de aquella papelera, con sus pañuelos saludando, sobresaliendo como espuma.
Nadie se fijó en el seto plagado de flores diminutas como blancas cabezas de alfiler.
Nadie vio la rugosidad del tronco entre su multitud de tonos marrones.
Pero el mundo está ahí, todo él, a nuestro alcance.
El mundo cotidiano, diario, el que quiere pertenecernos y que seamos capaces de estar en él.
Desde algún lugar, muy cerca de nuestros brazos, hay un ser humano que espera la caricia de nuestra mirada, y si no fuera pedir mucho, nuestro abrazo.
Mercedes Sánchez
La fotografía es gentileza de José Amador Martín, a quien se la agradezco.
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