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Penas, penurias, penitentes y penitencia.
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COLES DE BRUSELAS, 129

Penas, penurias, penitentes y penitencia.

Publicado 06/04/2026 09:15

Qué alegría poder escribir a toro pasado de una semana que yo antes llamaba santa y me parecía lo más aburrido del mundo y que ahora llaman “de pasión” y se convierte en un espectáculo de masas, turismo desenfrenado y torrijas hasta de piña y maracuyá. Una más de esas novedades que me sorprenden no sé si por mi edad, por mi extranjería o por ambas cosas.

Supongo las calles de mi ciudad libres ya de penitentes que cada año se multiplican por dos, cosa que también me cuesta creer y que prefiero no ir personalmente a comprobar, porque me horrorizan los desfiles, sean de Semana Santa, del día de las fuerzas armadas o de parque de atracciones Disney; otra rareza propia, no lo discuto. Penitente que, según el diccionario, es “la persona que en las procesiones o rogativas públicas va vestida de túnica en señal de penitencia”; en las ciudades españolas la semana pasada eran multitud. El diccionario les ha quitado la carga mental que supone justificar un arrebato de fe, una tradición familiar, un hacer lo que hace todo el mundo y vaya usted a saber qué mas cosas: el penitente es el que se pone la túnica, no le demos más vueltas.

Después quedaría por discutir lo de la penitencia que siempre según ese libro tan impertinente que es el diccionario son “conjunto de acciones con las que alguien procura la mortificación de sus pasiones y sentidos”. Cierto es que “penitencia” es una palabra rotunda, sonora, de esas que se prestan igual a un poema de amor que a una maldición gitana o a los sagaces hallazgos del refranero: “en el pecado llevan su penitencia”. La de la semana esta de pasión que dicen, se basa en una historia recogida en los evangelios, tiene su aquel; a mí, por ejemplo, como penitencia tendrían que aplicarme asistir a tres reuniones de la comunidad de vecinos y dos conciertos de Reguetón con todos sus decibelios…La percepción de lo que es penitencia es muy particular.

Como lo de pasar penurias, que dice Urdangarín en una de las miles de entrevistas que le hacen a ver si el pobre vende algún libro más (ay, Iñaki, si nos hubieras preguntado a los escritores ya te habríamos contado lo complicado que está el mercado editorial) que en su familia estuvieron siete años en Ginebra pasando muchas penurias. Vayamos a ver qué nos dice el amigo de la RAE: “escasez, falta de las cosas más precisas, o algunas de ellas”. Viviendo en Ginebra, para pasar penurias hay que ser refugiado kurdo o haber sido emigrante español en los años cincuenta. Si además te instalas allí con la hija de un jefe de estado y cuatro de sus nietos, con escolta, servicio y una casa en el centro de la ciudad, creo que la palabra “penuria” está mal escogida. Iñaki, majo, para vender libros además de pasar penurias que no lo son hay que saber elegir las palabras.

Y ya que hoy estamos con la familia léxica, llegamos a la pena: “sentimiento grande de tristeza”. La pena que a mi me llama la atención no es la del penitente que se pone un hábito, ni la penuria del que creyó tenerlo todo y dio con sus huesos en la cárcel por hacer lo que no debía. La pena lleva aparejado un sentimiento que cada vez nos falta más a los humanos y es la compasión, que si lo pusiéramos en práctica más a menudo mejor nos iría. Hay gente que carga con cruces inmensas no sólo en Semana Santa: vienen de lejos, trabajan hasta hacerse sangre, cuidan de chicos y grandes, barren y friegan calles, patios y escaleras que nadie quiere ni mirar; pagan alquileres abusivos y dejan a sus niños horas y horas solos para ir a buscar al entrenamiento de fútbol a otros niños que se gastan en camisetas lo que cuesta la matrícula de un comedor escolar todo el año. Hay penitentes de la vida cotidiana que están 24 horas al día de guardia con un padre enfermo, una madre con demencia o un crío con un síndrome raro; otros viven en la calle y esos, les aseguro que en las ciudades del norte como esta en la que vivo, son legión. Piden una moneda en las puertas del metro cuando ya nadie lleva dinero suelto y se arrastran de vagón en vagón estirando la mano y contando una historia aprendida de memoria en un idioma que desconocen para conmover al viajero que, de todas maneras, no levanta la vista de su teléfono. Tenemos las calles llenas de penitentes sin túnica, no la semana pasada, sino todo el año; ellos sí que pasan penurias, nos las del yerno Real; tienen penitencia cotidiana y su último recurso es conseguir que nos den pena, que a veces ni eso.

Concha Torres

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