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Las Segundas Jornadas Culturales en el Cuartón de Inés Luna recuperan la fascinante figura de su dueña de la mano del profesor e investigador Alfredo García Vicente
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Las Segundas Jornadas Culturales en el Cuartón de Inés Luna recuperan la fascinante figura de su dueña de la mano del profesor e investigador Alfredo García Vicente

Publicado 05/04/2026 09:04

El tiempo primaveral acompañó esta jornada de puertas abiertas con gran éxito de público y la sorprendente exposición del artista Ángel Martín

El Cuartón de Inés Luna reabre sus puertas y el camino se llena de visitantes que quieren volver a pasear por los ahora cuidados jardines, contemplar la casa y sentir la presencia de uno de los personajes más fascinantes de esa intrahistoria unamuniana nuestra que duerme en el imaginario de la tierra de Vitigudino, pero también de cada uno de los que se hayan acercado a los libros y documentales que relatan la vida de esta dama modernista que, sin reivindicar nada, constituye un ejemplo de modernidad: Inés Luna Terrero.

Todos los investigadores que hemos trabajado al personaje a lo largo del tiempo, hemos caído felices víctimas de su influjo misterioso, como lo están ahora Andoni Rekagorri y Almudena Porres, los artífices de la apertura de este espacio privilegiado constituido como un proyecto de alojamiento y actividad cultural. Un espacio que recorre el público con paso calmado, disfrutando del particular Vía Crucis en madera de encina de Ángel Martín, expuesto en las caballerizas de la casa. El artista, carpintero de varias generaciones, toma la madera de encina de la tierra y le da vida de una forma sorprendente. Las figuras del evangelio se plasman sobre la piedra de la zona y su sencillez y profundidad nos conmueven. Es la figuración a través de la abstracción que da la materia, la pura vida de sus oquedades y naturaleza. Expuesta con sumo gusto, los visitantes que aún recuerdan su prodigioso Belén, entran y salen de la sala, conmovidos. Hay que sentarse a escuchar a uno de los investigadores que más sabe del mundo de Inés, del territorio Inés… porque su infancia y adolescencia las vivió en la linde de sus tierras, en el Moronta que tan cercano está.

Alfredo García Vicente, junto a Eladio Sanz y su segura servidora llevamos años disfrutando de un tema que nos ha unido y nos proporciona la alegría de volver al Cuartón, gracias a la iniciativa de Almudena y Andoni, perfectos anfitriones, y de regresar a Traguntía con el abrazo de los que ya se fueron y conocieron a Inés Luna y a quienes guardan su memoria como el artesano Carlos Mezquita. Los tres hemos tenido la oportunidad de recuperar una historia que no solo es la de los Luna, sino la de la modernidad en esta Salamanca que debería atender a su pasado reciente. Un pasado en el que brilla la historia de la heredera nacida en Francia y que podemos sentir paseando por los jardines de su “Liberty House”.

Alfredo García Vicente, profesor, fantástico conferenciante y licenciado en Historia del Arte, se entregó a una investigación rigurosa y productiva cuando nadie podía acceder al ahora perfectamente organizado archivo de Inés Luna. Cajas y cajas de documentos ahora al alcance del público en general en el Archivo Provincial de Salamanca, que evocan a una mujer que guardó cuidadosamente todos los legajos de su familia y a la que García Vicente ha dedicado sus mejores esfuerzos. ¿Por qué? Desde su Moronta natal, se veía la casa de los Luna, y los Velasco, a cuya familia pertenece Alfredo, había trabajado y algo más para ellos. Cuenta nuestro amigo que la recuerda en Vitigudino, alta, grande, vistosa, diferente… y evoca el momento, con ocho años suyos en el que en la escuela les informan con tristeza “que se ha muerto la Bebé”, el nombre con el que llamaban a la señora del Cuartón.

¿Cómo había llegado Inés Luna a comienzos de los años cincuenta a convertirse en un misterio para sus vecinos? Heredera de un vastísimo patrimonio que se remonta a los Figueroa y que ha estudiado García Vicente, Inés Luna es la única hija de Inés Terrero, la dama que alterna con las hijas de Isabel II y prefiere el Madrid Alfonsino a la Salamanca donde vive breves temporadas y donde instala su fábrica de la luz su marido Carlos Luna. Con su gracia particular y su cercanía, García Vicente recorre las imágenes de una niña hermosa, mimada hasta el extremo de retratarla en un carrito de mimbre –ahora custodiado por el Museo del Automóvil- tirado por un macho cabrío y llevado por un criado. Precisamente, un miembro de su extensa familia, primo de su abuela, nieta de los primeros renteros del abuelo senador de Inés Luna, aquel que quiso traer el ferrocarril por Arévalo y privilegiar a la provincia de Salamanca. Cuenta que, cuando se casaron sus abuelos, Inés Terrero y Carlos Luna les regalaron una elegante bandeja y un extravagante abanico de plumas, según su abuelo, de quien seguramente ha heredado la sorna inteligente, porque les “iban a dar aire”. Ciertamente, la niña rica se encapricha del mozo guapo de la familia Velasco y el resultado, tras la ira divina del señor, se traduce en la expulsión de toda la familia, un éxodo que han relatado Macu Vicente, prima de Alfredo, y el cineasta fascinado por Inés, Basilio Martín Patino.

La investigación de García Vicente ha recorrido la azarosa vida de Inés Luna, de cuya casa querían alejar a los niños de la zona metiéndoles miedo con su persona, la del alto montaraz, Quico, y la enorme cantidad de bastardos que había en las tierras. Las anécdotas personales de Alfredo son fruto de la gracia de su persona inteligente e irónica, pero también de un tiempo de carencia, duro trabajo y niños de una zona fascinada por la personalidad de la rica heredera que se mostraba o no dependiendo de sus deseos: “Era fea, pero estilosa”. Una mujer que, sola y enfrentada a aquellos que no aceptaban su forma de vida, quiso adoptar a una niña huérfana tras la guerra y se vio envuelta en un drama que descubrió en los archivos Alfredo García Vicente y sirvió para que acabara la investigación el periodista y escritor Miguel Ángel del Arco, autor de la última biografía de Inés Luna.

El tema del prohijamiento es uno de las grandes aportaciones de la investigación de García Vicente, quien tuvo la gran ayuda del entonces Director del Archivo, Luis Miguel Rodríguez Alfajeme, fascinado también por Inés Luna. Cuenta el investigador que pasó largas horas en Ciudad Rodrigo, buscando el eco de la famosa hija en las dolorosas listas de los niños expósitos, sufriendo ante aquella sucesión de desgracias, niños y niños abandonados que, en ocasiones, morían al mes de ingresar en el hospicio porque las mujeres que les alimentaban en las Hurdes no tenían para comer. Sin embargo, ahí no estaba el secreto, sino en el propio archivo: Inés Luna pidió una niña de tres años o lactante, huérfana de guerra, pero quiso la maldad de sus enemigos que le otorgaran una criatura mayor, con problemas mentales a los que no consiguió educar y que le hizo literalmente la vida imposible. Las cartas, informes, peticiones, pleitos nacidos de este triste episodio narran una situación insostenible que se resolvió devolviendo a la paupérrima familia asturiana a la niña que pudo ser la heredera del Cuartón de Traguntía. Una historia de la miseria y el dolor de la época que relatan García Vicente y Miguel Ángel del Arco con tristeza, pero que debemos conocer porque el Cuartón no es solo un lugar para el disfrute, la belleza, la opulencia… sino también, como insiste un investigador entregado, enamorado de su personaje, la de un tiempo cruel, un tiempo de tristeza.

Un tiempo que conjura la fantástica temperatura, el ambiente y la belleza de los jardines exquisitos. Es hora de seguir hablando de la construcción de la casa, de su recuerdo, de su huella en una zona que precisa de negocios, población, vida. Es hora de reivindicar las iniciativas culturales, la fuerza de ese imaginario que nos devuelve la historia de una protagonista adelantada a todo su tiempo. El tiempo que le dedica, amorosa, rigurosamente, un investigador que es su gran valedor: Alfredo García Vicente. Y que siga el trabajo con ese archivo abierto a todos para seguir escribiendo una historia fascinante.

Charo Alonso. Fotografías: Fernando Sánchez Gómez.