La escalada que ha ido tomando la Guerra de Irán nos pone en alerta una vez más, a los ciudadanos comunes, sobre el tremendo desgaste que se ha producido en la consciencia social global caracterizada por una pérdida de ese poderoso sentimiento que es la humanización. Ya no es cuestión de que se haya normalizado la violencia… ¡no! Lo que se ha instalado en nuestras vidas como algo normal que vemos en los telediarios después de ver el impacto de los misiles y bombas racimo, es una de las peores consecuencias para nuestra civilización: la aceptación de la barbarie como algo normalizado.
Existen dos poderes tremendamente determinantes en el carácter de los hombres: la consciencia y la palabra
Cuando estaba exiliado en la Isla de Santa Elena, el que había sido el hombre más poderoso de Europa, se encontraba un día demasiado pensativo y callado, ante lo cual su lugarteniente le preguntó: ¿qué le pasa a su majestad? Ante lo cual Napoleón respondió: “Es que extraño el tañido de las campanas de mi Iglesia”.
Lo que el antiguo gran capitán de los ejércitos franceses quería significar, es que cuando pasamos revista en nuestra consciencia a los actos que hemos llevado a cabo a lo largo de la vida, sea por arrepentimiento o por descubrimientos tardíos de cuál era la verdad, la persona siempre vuelve a los lugares comunes y recuerdos, como una regresión en el tiempo que le haga sentir más humano. A veces, una forma de expiar sus pecados.
El hombre que sostenía que “para pensar hay que pensar a lo grande”, o al que al desfilar con sus ejércitos en pleno Valle de los Reyes en Egipto, ordenó a sus huestes con su famosa arenga ”¡saludad soldados…que cinco mil años os contemplan!”, en el epílogo de su peregrinar por este mundo, tiene necesidad de expresar un sentimiento que le haga más terrenal, como sabiendo que el final de su vida está próximo. Puede concluirse que la consciencia finalmente pone a cada uno en su sitio, más allá de las glorias obtenidas.
Los buenos líderes saben perfectamente el poder que tiene la palabra. Muy especialmente una palabra oportunamente dicha. A todas las personas siempre hay una palabra, un ejemplo, una orden, un comentario, una anécdota, que le hacen cambiar el punto de vista, la visión que habían tenido hasta ahora de las cosas, de su mundo. Esto ocurre en el mundo empresarial, en el estudiantil, en el familiar… en todos los ámbitos en que las personas nos movemos.
Lo que parece más simple, lo que parece menos científico, es al final, la guía, el elemento ejemplar que determina un cambio de nuestra forma de proceder, incluso…de nuestra conducta.
Muchos cambios de actitud se han debido al observar y escuchar a otros, al seguir un ejemplo, al leer un párrafo de un libro…en suma: al incorporar una visión nueva a nuestra vida.
Estos dos valores de nuestra especie, conviven a diario entre nosotros, aunque a veces no nos percatemos de ellos, en frases como “es que no tiene consciencia” o “me gusta lo que dice y cómo lo dice” o también “si todo el mundo tuviera su nivel de consciencia otro gallo cantaría”, etc.
Además, la palabra emana de la consciencia, como diría Noam Chomsky, porque es un mecanismo articulado que depende de que primero nuestro cerebro haya emitido un pensamiento inteligente. Y éste, una vez en el “exterior” de nuestra cabeza, se convierte en vehículo de comunicación y entendimiento entre las personas. Sin consciencia no hay palabras, mucho menos comunicación posible.
De ahí que una buena comunicación en las organizaciones, en las esferas de la política, en instituciones, etc., solamente requiera de una materia prima, pero fundamental: un nivel cognoscitivo suficiente para que nuestras acciones se realicen bajo el único precepto que las debe condicionar: la verdad. Tener consciencia de ello.
Sin verdad no puede haber justicia…lo que significa que tampoco puede pedirse una consciencia social por omitir u ocultar dicha verdad.
Cuando la palabra se construye soportada en la verdad, no hay ejército capaz de vencerla. Además, desde la escritura cuneiforme hasta los smart-phones, han sido siempre las palabras las que han transformado y siguen transformando nuestro mundo.
Consciencia, palabras y después política. No en sentido inverso. Si esta secuencia fuera algo que siempre se respetara, difícilmente emanarían políticas destructivas y deshumanizantes. Cuando a las políticas les preceden niveles mínimos de consciencia y palabras ajustadas, medidas y exentas de violencia, que se tome una decisión bélica que ya es un punto de no retorno sería mucho menos probable, porque estarían pesando las palabras que buscan concordancia de posiciones que se amparan en la diplomacia y el derecho internacional, pero, además, que están sustentadas en un alto nivel de consciencia social global que es la que nunca quiere la guerra.
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