En estos días de Semana Santa quiero proponerles un libro, con evidente vinculación con el fenómeno religioso pero que, sean cuales sean las creencias que ustedes profesen, resulta de excepcional interés. Se trata de una novela —vamos a aceptar esta taxonomía reduccionista—, de título El Reino, obra del escritor francés Emmanuel Carrère, cuyo último libro, Koljós, acaba de publicarse en nuestro país.
El argumento —si cabe hablar en estos términos— de El Reino es, cuando menos, insólito. A través de dos ejes principales —que se abren a otros hilos, episodios, personajes y digresiones— Carrère nos habla, en páginas teñidas de una fuerte subjetividad autobiográfica, de su relación con el cristianismo, usando para ello tanto su vivencia personal como las figuras de San Pablo y San Lucas. Así, en un primer plano —aunque todo está entrecruzado— se nos muestran los días, veinte años atrás, en los que el escéptico escritor vivió un “rapto” de iluminación: una etapa en la que el abuso del alcohol, una relación amorosa compleja y la influencia de una tía muy cercana lo llevaron a profesar, convencido, las creencias cristianas y a profundizar en sus prácticas.
Por otro lado, no en paralelo sino en constante imbricación, Carrère, partiendo de una lectura rigurosa de los Hechos de los Apóstoles, el Evangelio de Lucas y las epístolas paulinas, investiga —con connotaciones casi detectivescas— las vidas de esos dos personajes, rastreando en ellas los orígenes del cristianismo, las vidas de los primeros miembros de esa iglesia incipiente y la “verdad” última de una fe que, durante siglos, ha arrebatado a millones de seres humanos.
El primer elemento destacable del libro, y que conviene subrayar, es el enfoque, a caballo entre la autobiografía, el ensayo erudito y la creación novelesca. Carrère inunda su texto de alusiones a este carácter difuso y heterogéneo: partiendo de una base real, de su presencia biográfica en primera persona, reconoce explícitamente la condición ficticia de otros pasajes, hasta sembrar en el lector una sospecha persistente sobre la verosimilitud de lo narrado, un escepticismo desconcertado que pronto se disipa en el gozo del relato, cuando quien lee renuncia a deslindar las fronteras entre lo seguro, lo probable, lo posible y (…) lo imposible, territorio donde se desarrolla buena parte del libro.
El Reino está así plagado de elementos metaliterarios: la aseveración de que todo es ficticio, la insistencia en el carácter fabulado, la reflexión sobre los límites de la novela histórica, la consideración de Lucas como novelista, la discrepancia con el método realista de narrar la historia Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano, los comentarios sobre retratos reales e imaginarios extrapolables a la literatura —especialmente visibles en el Evangelio de Lucas—, el conflicto entre la fluidez al escribir sobre sí mismo y las dificultades ante la ficción, o la confesión, quizá estratégica, de su método de trabajo.
Otro rasgo significativo, también característico de Carrère, es la apertura del texto a múltiples digresiones que, lejos de dispersarlo, lo apuntalan mediante conexiones y paralelismos inesperados. En este caso aparecen incisos sobre la serie Les revenants; una historia protagonizada por la excéntrica canguro de sus hijos; reflexiones sobre Philip K. Dick, sobre quien Carrère escribió una biografía, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos; frecuentes retornos a su propia obra; paralelismos entre los primeros cristianos y las facciones bolcheviques tras la revolución rusa; un paréntesis sobre la pornografía en internet; referencias al arte, en particular a Rogier van der Weyden, y a la escasa presencia de los Hechos en la imaginería religiosa; o la mención a Edgar Allan Poe y su cuento El sistema del doctor Tarr y del profesor Fether, que le permite reflexionar sobre cuál de los dos Pablos (el de antes, fustigador de los cristianos, o el posterior a la “caída del caballo”, enfervorizado e intolerante difusor del mensaje de Cristo) era el “verdadero”.
A ello se suma la presencia constante de personajes reales de su entorno —familiares y amigos— y la referencia a estudiosos del cristianismo como Ernest Renan, autor de Vida de Jesús, el historiador Paul Veyne o Séneca, que dan pie a análisis sobre las fuentes originales y sus zonas oscuras.
En último término, el libro interesa por el modo en que, entre sus dos grandes líneas —la peripecia de la conversión del autor y el relato de los primeros cincuenta años del cristianismo tras la muerte de Jesús, a partir de las biografías de Lucas y Pablo, tanto en su vertiente documentada como en su dimensión novelesca— se vislumbra el Reino: la potencia y la vigencia del mensaje originario del cristianismo, su discurso a contracorriente, su valor liberador y revolucionario, su sencillez primordial, sus enseñanzas en un mundo narcisista, centrado en el consumo, obsesionado con el ego, la autorrealización y el reconocimiento efímero, en el que agotamos nuestras vidas esclavos del deseo, del placer, del dinero o de la fama, en un torbellino que convierte cada logro en el punto de partida de una nueva aspiración, condenándonos a la insatisfacción y la ansiedad.
Y, al igual que hace veinte siglos, en el escenario de las vidas de los primeros apóstoles —lleno de tensiones y conflictos—, y al igual que en la existencia del Carrère de 1990, joven, exitoso y, sin embargo, profundamente infeliz, la revelación del Reino, opuesta al sentir dominante de cualquier época, inquieta y cuestiona, introduce la sospecha de que la verdad quizá se halle en otra parte. La buena nueva cristiana ofrece conclusiones que en su momento contradecían lo sabido y que, incluso hoy, resultan a la vez provocadoras y estimulantes.
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Emmanuel Carrère. El Reino. Editorial Anagrama. Barcelona, 2015. Traducción Jaime Zulaika. 520 páginas. 24,90 euros
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