La Coral Dámaso Ledesma y la Banda de Cornetas y Tambores de la Cofradía de Jesús Amigo de los Niños pusieron la animación musical
La noche del Miércoles Santo devolvió a las calles de Ciudad Rodrigo ese pulso inconfundible en el que la tradición, la emoción y la memoria colectiva se entrelazan sin estridencias. Con puntualidad sobria, la Cofradía de Las Angustias inició su estación de penitencia desde la iglesia de la Venerable Orden Tercera, dejando tras de sí un rastro de silencio expectante y fervor contenido.
La imagen titular —una delicada representación de Cristo muerto en brazos de su madre, atribuida a la escuela de Luis Salvador Carmona (S. XVIII)— avanzó sostenida por hombres, mientras el cortejo, integrado exclusivamente por mujeres vestidas de nazarenas y penitentes, imprimía a la procesión un carácter singular, casi íntimo, donde lo devocional se expresaba con una elegancia austera.
Apenas iniciada la marcha, frente a la severa y monumental fachada del Ayuntamiento, la Coral Dámaso Ledesma ofreció sus voces a la Virgen en una intervención que, más que música, pareció plegaria. Ese mismo gesto se repetiría a su regreso, en la misma Plaza Mayor convertida por unos momentos en ágora de lo trascendente.
Sobre ese espacio abierto, la luna —casi plena— ejercía de testigo silencioso, aportando una luz fría y precisa que subrayaba la escena con una belleza serena. No dejaba de resultar sugerente pensar que ese mismo satélite, contemplado durante siglos desde la quietud de la tierra, en pocas horas volverá a ser en horas destino humano con la misión Artemis II, como si tradición y modernidad dialogaran en planos distintos pero simultáneos.
La Virgen de las Angustias no estuvo sola en su discurrir. Tres niñas, situadas tras la imagen, acompañaron el paso junto al capellán de la cofradía, José María Rodríguez-Valeiro, aportando una nota de continuidad generacional que refuerza el sentido profundo de estas manifestaciones.
En el tramo final, el cortejo recorrió íntegramente la calle Cardenal Pacheco hasta desembocar en el entorno catedralicio. Allí, en la plazuela de Herrasti, tuvo lugar uno de los momentos más reconocibles del itinerario: el canto de la Salve. Tras el tradicional “Viva a la Virgen”, proclamado por el capellán, la imagen fue introducida en el Pórtico del Perdón de la S.I. Catedral.