, 05 de abril de 2026
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Semana Santa: el amor que atravesó la muerte
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Semana Santa: el amor que atravesó la muerte

“Un Dios que no pudiera sufrir sería un Dios incapaz de amar.”

JÜRGEN MOLTMANN

“La esperanza cristiana no evade la historia, sino que se compromete con ella.”

GUSTAVO GUTIÉRREZ

La Semana Santa no es simplemente el recuerdo anual de unos acontecimientos del pasado, ni una tradición cultural que se repite con mayor o menor intensidad según los lugares; es, en su raíz más profunda, la actualización del misterio central de la fe cristiana: la muerte y la resurrección de Jesús de Nazaret como revelación decisiva de quién es Dios y del sentido pleno de la existencia humana. En esos días, la historia parece concentrarse, como si todo el drama de la libertad humana y toda la promesa de sentido que la atraviesa confluyeran en la figura de un hombre ajusticiado fuera de las murallas de Jerusalén y proclamado vivo por sus discípulos pocos días después.

Desde el punto de vista histórico, la muerte de Jesús pertenece al ámbito de lo verificable: fue ejecutado bajo el poder de Poncio Pilato, en el contexto tenso de la Pascua judía y del dominio romano sobre Palestina. John P. Meier ha insistido en que la crucifixión es uno de los datos mejor atestiguados sobre Jesús, precisamente porque resultaba escandaloso para sus seguidores: ningún grupo habría inventado para su fundador una muerte reservada a esclavos y rebeldes. La cruz no fue un accidente ni un malentendido, sino la consecuencia de una vida vivida con radical coherencia. Jesús anunció el Reino de Dios como una cercanía liberadora, se acercó a los excluidos, relativizó ciertas interpretaciones legalistas de la Ley y cuestionó prácticas religiosas que olvidaban la misericordia. En un mundo donde religión y poder estaban profundamente entrelazados, esa libertad tenía un precio.

Sin embargo, la fe cristiana no se limita a constatar una ejecución injusta; afirma que en esa muerte se revela algo decisivo sobre Dios. La cruz no es solo el fracaso de un profeta, sino el lugar donde el amor se muestra en su forma más extrema. Hans Urs von Balthasar escribió que “en el abandono del Hijo se manifiesta hasta dónde llega la solidaridad de Dios con el mundo”, subrayando que en la pasión no asistimos a un drama externo a Dios, sino a la expresión más radical de su amor trinitario. No se trata de un acto de violencia querido por un Dios airado, sino de la consecuencia histórica de una vida que encarnó el amor sin reservas. En este sentido, la muerte de Jesús no puede entenderse como un sacrificio exigido para calmar la ira divina, sino como la libre fidelidad de un Hijo que no renuncia a su misión aun cuando ello lo conduzca al abandono y al sufrimiento.

Los relatos evangélicos no disimulan la crudeza del acontecimiento. Jesús experimenta el miedo, la soledad y el silencio de Dios. El grito “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” no es una frase retórica, sino la expresión de una hondura humana que toca el límite. Jürgen Moltmann, en su teología del Dios crucificado, afirmó que en ese grito no solo sufre el Hijo, sino que Dios mismo asume el dolor del mundo. La cruz, así entendida, rompe la imagen de un Dios impasible y distante: Dios no contempla el sufrimiento desde fuera, sino que lo atraviesa desde dentro. La omnipotencia divina se manifiesta como amor vulnerable.

Esta dimensión teológica tiene también un alcance filosófico. La cruz confronta al pensamiento con la pregunta por el sentido del sufrimiento y de la muerte. Si la muerte es el final absoluto, toda esperanza es provisional; pero si en la muerte de Jesús se ha abierto un horizonte nuevo, entonces la realidad misma queda transformada. Søren Kierkegaard veía en el cristianismo la paradoja suprema: el eterno en el tiempo, el infinito en la finitud, Dios en la debilidad. La cruz es el lugar donde esa paradoja se hace visible y exige una decisión existencial, no solo una comprensión intelectual.

No obstante, la Semana Santa no culmina en el Viernes Santo. El silencio del sepulcro no es la última palabra. La proclamación pascual —“ha resucitado”— no describe un simple retorno a la vida anterior, como si se tratara de una reanimación, sino la irrupción de una forma nueva de existencia. Los discípulos no hablan de un recuerdo interior o de una metáfora consoladora, sino de encuentros que transforman su miedo en audacia. Algo sucedió que cambió radicalmente su horizonte. La resurrección, en términos teológicos, es el acto por el cual Dios confirma la vida y la misión de Jesús, desautoriza la condena injusta y abre un futuro para la humanidad.

Karl Rahner expresó esta novedad afirmando que en la resurrección “la autocomunicación definitiva de Dios al mundo ha alcanzado su irreversibilidad histórica”. Jesús no vuelve a la vida biológica para morir de nuevo, sino que entra en la plenitud de la vida de Dios, inaugurando para todos una posibilidad real de futuro. Por eso el Resucitado conserva las llagas: la identidad entre el Crucificado y el Viviente es total. La Pascua no borra la cruz, la transfigura. El sufrimiento no es negado, sino asumido y atravesado por una promesa.

Desde la teología de la liberación, esta afirmación tiene consecuencias históricas concretas. Gustavo Gutiérrez ha recordado que el Dios que resucita a Jesús es el mismo que escucha el clamor de los pobres. La resurrección no puede reducirse a una esperanza ultraterrena que adormece las conciencias; es, más bien, la garantía de que la injusticia y la muerte no tendrán la última palabra. Creer en el Resucitado implica comprometerse con los crucificados de la historia, porque en ellos continúa, de algún modo, el drama del Viernes Santo.

En la experiencia litúrgica y espiritual de la Semana Santa, estos misterios no se contemplan como ideas abstractas, sino como realidades que interpelan la vida concreta. Cada creyente está invitado a reconocer sus propias cruces —las pérdidas, las heridas, las incertidumbres— y a leerlas a la luz de la Pascua. La fe no elimina el dolor, pero lo sitúa en un horizonte más amplio. Como escribió san Agustín, “nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”; esa inquietud encuentra en la muerte y resurrección de Jesús una respuesta que no anula la pregunta, pero la orienta hacia una esperanza más grande que la muerte.

Así, la Semana Santa se convierte en una escuela de humanidad. En la cruz aprendemos que el poder verdadero es servicio y entrega; en la resurrección descubrimos que el amor es más fuerte que la violencia y que la vida tiene una profundidad que no se agota en lo visible. Entre el silencio del Calvario y la alegría de la Pascua se despliega el núcleo del cristianismo: un Dios que no salva desde la distancia, sino desde la cercanía extrema, y una humanidad llamada a vivir, ya desde ahora, como anticipo de esa vida nueva que la resurrección ha inaugurado.

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