Europa, como referente del primer mundo, tiene la responsabilidad de acogida y los recursos para ello. La respuesta a la crisis migratoria no puede ser levantar muros y vallas más altas.
Julia de Castro Revuelta
Defensora de los derechos humanos
Mientras la crisis migratoria es una realidad creciente debido a las miles de personas que tienen que huir de sus países, arriesgando su vida, en busca de un refugio seguro, la política europea se endurece y se deja arrastrar por el discurso del miedo. La ultraderecha, cada vez más presente en los gobiernos y parlamentos, normaliza una política de odio hacia un colectivo vulnerable, deshumanizándolo. Lo que antes era un discurso marginal hoy se convierte en legislación: centros de deportación, refuerzo de fronteras militarizadas y leyes que reducen la protección a quienes más la necesitan.
En marzo, la Comisión Europea propuso un Sistema Común de Retornos dentro del Pacto de Migración y Asilo de la UE, un plan que endurece las deportaciones y amplía los poderes de Frontex, quitando todas las garantías a los migrantes. De esta manera se afianza la idea de una Europa cerrada, homogénea, que se aleja de la multiculturalidad y de la solidaridad. Amnistía Internacional ha advertido que este pacto, que entrará en vigor el próximo verano, representa un grave retroceso, aumentando las dificultades a los solicitantes de asilo.
Europa, con la ultraderecha sumando cerca del 26 % de escaños, deja a un lado sus responsabilidades con los derechos humanos. Las manifestaciones con consignas xenófobas y los discursos contra las comunidades musulmanas son cada vez más frecuentes. Muchos de quienes traspasan nuestras fronteras son niños que viajan solos huyendo del hambre o la guerra. La derecha española utiliza despectivamente «menas», un término que despoja de humanidad a estos menores y los convierte en delincuentes. Se encuentran con un sistema que no los acoge y una sociedad que los señala.
No podemos perder la sensibilidad hacia este colectivo, hemos visto en la última década multitud de imágenes de cuerpos muertos en el mar o jóvenes aplastados en la frontera. La respuesta a la crisis migratoria nunca va a ser levantar muros y vallas más altas. Es urgente la creación de corredores humanitarios que permitan el tránsito seguro de las personas que huyen de guerras, persecuciones o situaciones de extrema pobreza.
Como ciudadanos no podemos seguir la línea de los dirigentes que con sus discursos populistas expanden el miedo. La migración es esencial para el funcionamiento de nuestra economía pues los trabajos más duros y peor remunerados dependen de personas extranjeras como ocurre en la agricultura o el cuidado de nuestra tercera edad.
Europa como referente del primer mundo tiene la responsabilidad de acogida y los recursos para ello. El derecho internacional reconoce el derecho a buscar asilo y prohíbe devolver a las personas a países donde su vida corra peligro. Así se establece en la Declaración Universal de Derechos Humanos, la Convención sobre los Refugiados y la Convención sobre los Trabajadores Migrantes. Estas normas no son opcionales: obligan a los Estados a proteger, acoger y garantizar condiciones dignas a quienes llegan.
Pidamos a nuestros gobernantes compromiso y defendamos la dignidad humana. Los discursos nacionalistas xenófobos se basan en la crueldad. No queremos una Europa llena de odio y de muros, sino una Europa diversa y rica.
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