, 29 de marzo de 2026
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El nombre de la columna
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El nombre de la columna

¿Qué nombre daremos a la columna? ¿Qué nombre quiere la columna para sí? ¿Seré yo quien lo pronuncie? ¿Necesitaré la colaboración de otra persona, como sucedió a Dante con Boccaccio?

Hoy hablaremos sobre el nombre de la columna: El nombre propio, el libro y la lectura. Hoy, pienso que podría llamarse diferente. Pero esta impresión no ha brotado con la primavera; la he abrigado, en cambio, quizá desde la primavera del año pasado, 2025.

Cada vez, pienso con mayor insistencia, atención, en los nombres. Todos los elementos de la naturaleza tienen el suyo. Todas las invenciones del ser humano, también, creo. Esos nombres responden a diferentes características que por ahora, en virtud del tiempo, o el espacio, omitiremos con una elipsis. Apreciar la lengua española desde la perspectiva de la china (no porque la hable, sino porque veo a las personas que la hablan y aprenden castellano), también nos ha reportado un conjunto de observaciones en torno a los nombres españoles y los nombres en general.

Probablemente, incurriendo en el habitual excurso que nos permite enfocarnos en el tema, el único libro que hemos prestado y hemos recibido de vuelta ha sido uno donde los nombres cobran un protagonismo moderado. En la novela, solo un personaje tiene nombre. El epígrafe comunica una cita probablemente inventada, como en Borges, sobre los nombres: conocemos el que nos han dado, no el que traemos de nacimiento. La sentencia contradice a la lengua latina, para quien el nombre contiene la sustancia de la persona.

Ese libro lo leí cuando era capaz de leer libros casi en un par de días. Veía el tacómetro de las pupilas acelerar con vértigo, adelantando páginas por derecha e izquierda, consumiendo la imaginación como si fuera un botellín de agua en el descanso de una cáscara de fútbol en el Chico, Veracruz —aquella cancha a desnivel, con montículos pedregosos—.

Veía el sol ponerse en la ventana y emerger igual, con su balón incandescente bajo el brazo. Aunque yo hubiera caído en el sueño, con la mano desfallecida a un costado del sofá, con el dedo índice como punto de lectura, seguía el renglón con las huellas dactilares.

Esto lo saben las personas lectoras. Libros como La tumba, de José Agustín, no como Las olas, de Virginia Woolf, los leemos de una sentada, como los cuentos de Poe. Un libro que nunca presté, pero sí desapareció de mis manos, fue La vida nueva, de Dante Alighieri. No recuerdo el nombre de la editorial mexicana. La cubierta tenía una textura diferente, cuidada, tersa, colorida a la Warhol. Entré en un aula de la uni cuando no les echaban llave y también lo leí con fruición. Como nadie me veía, ni yo miraba a nadie en la Facultad de Francés, al otro lado de la ventana, recreaba los encuentros con Beatriz, donde el poeta dicta su alabanza con un espíritu sereno, remoto, acaso incomprendido. Recitaba el parlamento en italiano, aunque ni yo supiera el idioma ni el libro fuera bilingüe.

Era un anuncio velado —ahora lo entiendo— de lo que haría aquí en China, cuando desconociendo el nombre de un objeto específico digo cualquier palabra, como «libro», «cuaderno», «sacapuntas», para que me acerquen el pan con mermelada del mostrador, el menú, el ramo de flores que he comprado para llevar al lago Xuanwu.

Para autores como Jorge Luis Borges o Pierre Ménard, la literatura constituye la suma de un azar no manifiesto, inasible, infinito. La arquitectura de la inteligencia, imposibilitada para otro tipo de operaciones ajenas a su estructura, ahorma las palabras, las cosas, según un principio fisiológico inaplazable. Los árboles, por ese motivo, comunican su ser por medio de un lenguaje diferente. Los árboles avanzan, también, pero ese es otro tema, que alguna vez hemos compartido con base en una estrofa de Ángel María Garibay Kintana.

¿Cómo llamaríamos nuestra columna, con el bautizo nuevo, referido arriba? El título El nombre propio, el libro y la lectura lo recogimos, en parte, del nombre de un instituto dedicado a la historia del libro y la lectura. Nosotros agregamos «el nombre propio», para hacerlo nuestro y dotarlo de un espacio abierto para lo que cupiera ahí. Pero de ese entonces a hoy, ha llovido. Hemos crecido, nos hemos encorvado, el raciocinio y la invención han padecido cambios. En palabras de Arthur Rimbaud, nosotros somos otros.

Por ese motivo, nos preguntamos cuál será ahora el nombre de la columna. Llegados a este punto, lo natural sería incursionar en otra digresión, para conservar el suspenso. Podríamos decir cuál fue el libro de José Saramago prestado, leído y devuelto, en qué documental encontramos una idea similar a la de Garibay Kintana (los árboles avanzan), podríamos engastar otro referente literario, como Octavio Paz, con el espacio de la creación de la verdad, destinado a la poesía. No obstante, a veces conviene abreviar la materia, sin que eso signifique dar lo obvio por lo obvio —advierten mi librero mexicano y su cónyuge restauradora de libros—, pues sabemos que ahí radica una virtud: el mismo autor argentino, Borges, lo expresó en una conferencia, cuando equiparó el sentido común a la sabiduría.

¿Qué nombre daremos a la columna? ¿Qué nombre quiere la columna para sí? ¿Seré yo quien lo pronuncie? ¿Necesitaré la colaboración de otra persona, como sucedió a Dante con Boccaccio? Probablemente, de lo único que esté cierto será de saber que sí me gustaría contar con la colaboración de alguien más. Si Dante no pudo hacerlo sin Boccaccio, con su Divina comedia, ¿cómo podré superarlo? Además, en caso de conseguirlo, preferiría apegarme a la senda de Francisco de Asís, quien a tiro de piedra de los 40 días de ayuno, le dio un mordisco a un mendrugo de pan. ¡Pero señor, le preguntaron otros pobres, solo faltaban minutos para los 40 días! Sí, respondió él, ¿pero quién soy yo para igualarme a mi señor?

torres_rechy@hotmail.com

LaoMao: probablemente, ese sería el nombre de la columna. China lo ha obsequiado.

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