En la actualidad, con tantos conflictos armados, los constantes enfrentamientos entre naciones y organizaciones terroristas, la pugna por el control de materias primas y la aparente sensación de menospreciar los principios del derecho internacional público, sobrevuela la sensación de que la OTAN está desviándose de los principios originaron su creación. El aumento exponencial de socios, aliados y “partners across the globe” (socios globales con los que colabora individualmente), lleva consigo un hipotético aumento de coyunturas, al menos preocupantes. La OTAN nació en 1949 con un objetivo muy concreto: la defensa colectiva frente a la Unión Soviética. Con el fin de la Guerra Fría, en lugar de disolverse, se transformó. La ampliación hacia el Este (incluidos países del bloque soviético) se debe a la propia voluntad de los aspirantes, buscando garantías de seguridad frente a Rusia.
Entrar en la OTAN no es oportunismo, es una necesidad estratégica, pero, desde el lado de Rusia, se considera una amenaza, con el consiguiente aumento de la confrontación. No es que la organización pierda control, sino que la OTAN es una alianza de países que tienen distintos intereses. No es un Estado único, es una especie de asamblea dedicada a negociar las distintas posiciones. Partiendo de la base de que cada país intenta solucionar sus propios problemas, al aumentar el número de participantes, hace que las decisiones sean más complicadas porque existen diferentes puntos de vista, bien por los gastos de defensa o por mantener relaciones con terceros países
En cuanto a los “partners across the globe”, existe una variación: la OTAN ya no se limita al Atlántico Norte, sino que se ha implicado en temas globales (ciberseguridad, terrorismo, zona Indo-Pacífico). Se amplía el escenario a costa de diluir la misión para la que fue creada.
Aunque se supone que los socios funcionan por el derecho internacional público y la paz, en la práctica, actúan también por intereses nacionales como son la seguridad interna, la energía, la posición estratégica, etc. Puntos en los que no siempre coinciden, por lo que nunca faltan las discusiones. Es decir, no es que la OTAN haya perdido control, sino que es una organización más compleja que cuando se creó.
Para ilustrar esta teoría se puede admitir que el caso de Ucrania encaja más en la finalidad de la OTAN: ser un mecanismo de disuasión frente a la agresión de Rusia. Ahora bien, se han establecido sanciones, ha aumentado el apoyo militar, pero ha quedado patente el diferente grado de compromiso entre las naciones. Las reticencias políticas y económicas de alguna de ellas y las discusiones hacen que aumente la tensión para no ocasionar un conflicto mayor.
En Oriente Medio sucede lo contrario porque ahí la OTAN tiene un protagonismo más restringido. Vemos que algunos países intervinientes (EE.UU., Reino Unido, Francia, Turquía, etc.) se mueven más por propia decisión. No siempre coinciden porque influyen mucho sus intereses particulares, como las alianzas regionales, las dificultades derivadas del estrecho Ormuz o los conflictos con Irán y Gaza.
En lo referente al estrecho de Ormuz, hay que añadir otra causa. A pesar de estar fuera de la zona OTAN, cualquier problema afecta directamente a Europa y al resto de naciones. Tanto por el comercio como por la energía, aunque no exista una obligación ni el total consenso, está más aconsejado sobrepasar esos límites geográficos porque su total cierre ocasionaría un grave quebranto mundial.
Desencadenante de la situación actual ha sido el presidente Trump. Existía una tensión real y EE.UU. ha pedido muchas veces a los europeos un aumento en el gasto de defensa. Es cierto que, a veces, esa petición se ha hecho de forma un tanto brusca, pero hay que reconocer que, en materia de defensa, Europa sigue dependiendo claramente de EE.UU.; que, debido a las prioridades internas –sanidad, deuda, grado de bienestar- hay diferentes niveles participación y países –no quiero mirar a nadie- más reticentes que otros y que existen culturas políticas más pacifistas que otras.
Han pasado veinte días desde que Israel y EE.UU. atacaron a Irán en lo que parecía ser una operación relámpago, pero se han complicado las cosas. Las bases de apoyo a los grupos terroristas como Hamás ya no están sólo en Palestina; Líbano acoge a las guerrillas de Hezbolá y, dentro de Irán, la llamada Guardia Republicana tiene otro grupo terrorista, la Fuerza Quds, entrenada para ataques terroristas en el exterior. Después de eliminar al ayatola Jamenei, había que destruir las instalaciones nucleares de Irán, lo suficientemente adelantadas como para hacer realidad su inmediato empleo en la destrucción del vecino, y eterno enemigo, Israel.
Lo que, según Trump, iba a ser un paseo militar no tiene visos de cumplirse. Irán, consciente de sus fuerzas, ha abandonado el clásico enfrentamiento militar y ha optado por la guerra de intereses económicos. Ante el ataque a sus instalaciones de la isla de Jark, ha respondido bloqueando el estrecho de Ormuz, lanzando sus misiles sobre las instalaciones Qatar y Arabia Saudí. Para sorpresa de más de uno, está quedando claro que los nuevos dirigentes iraníes ni se acobardan ni parece que les escaseen sus proyectiles –incluidos los de largo alcance. Al parecer, Irán ha respondido a Trump con otro ultimátum, apoyado por China y Rusia. En una palabra, a Trump y Netanyahu les han fallado los cálculos y, ahora que las cosas se complican, pretenden formar una especie de alianza de naciones para desatascar el estrecho de Ormuz. Como Trump tiene frecuentes contradicciones, después de llamar cobardes a las naciones europeas que no están de acuerdo con sus procedimientos, debe bajarse de la peana y poner los pies en el suelo. Los gobernantes que le conocen bien (Alemania, Países Bajos, Francia, Italia, Japón) tampoco se fían de esa condescendencia y parecen dispuestos a colaborar para dar seguridad al tráfico marítimo en todo el Golfo Pérsico. En ese grupo de naciones no figura España; o no nos quieren como compañeros de armas, o Pedro Sánchez se ha negado. Si esto último fuera cierto, los rumores que hablan del desmantelamiento de las bases de Rota y Morón podían estar más cerca de la realidad.
Lo que no sería buena medida es ocupar con tropas el litoral iraní del Golfo. Es de suponer que existen profesionales que adviertan a Trump que la costa iraní es demasiada extensa para garantizar su pleno control. Harían falta muchos soldados, se producirían muchas bajas con el peligro de no ser una solución definitiva. El combate ofensivo tiene las fases de conquista y ocupación, que no son definitivas si no se garantiza la de conservación.
Vistos los pros y las contras, hay que reconocer que la OTAN –u otra organización análoga-es más necesaria que nunca. Es de esperar que las “rabietas” de Trump no pasen de eso y la solidaridad de las naciones sirva para apoyar a los más débiles. En cualquier caso, España debe participar en los movimientos que agrupen a naciones dispuestas a garantizar la paz y la seguridad, dejando de lado planteamientos apoyados en falsos pacifismos. Ni es aceptable la ley del Talión, ni se trata de poner alegremente la otra mejilla. Como dice nuestro refranero, hay que estar a las crudas y a las maduras.
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