La finca de Rollanejo acoge una nueva edición de esta ancestral labor de campo, reuniendo a la corporación y a los habitantes del municipio. La jornada aúna el imprescindible control ganadero con la preservación de las costumbres del Campo Charro, marcando a fuego el ganado que pasta en la dehesa
El humo, el fuego y la bravura se dan la mano este sábado, 21 de marzo, en el corazón de la dehesa salmantina. Como dicta la costumbre, el Ayuntamiento de El Cubo de Don Sancho congrega a sus vecinos en la finca de Rollanejo para llevar a cabo el tradicional herradero de su ganado vacuno, una estampa que evoca las raíces más profundas de la provincia.
Bajo la atenta mirada de los asistentes y con la participación activa de la Corporación municipal, encabezada por el alcalde Domiciano Morales, la jornada se desarrolla como un auténtico rito de campo. En esta ocasión, el fuego sella la piel de 41 reses, divididas en 21 machos de casta y 19 hembras bravas, a las que se suma una hembra mansa con un vistoso pelaje en berrendo y colorao.
Lejos de ser un mero trámite ganadero, el herradero se transforma cada año en un punto de encuentro y celebración vecinal. Tras el esfuerzo y la tensión propia del manejo de los animales, el Consistorio agasaja a todos los presentes con un almuerzo de hermandad, donde unas tradicionales patatas meneás con panceta y longaniza ponen el broche de oro a la mañana.
La finca de Rollanejo ostenta un título que la hace excepcional: es la única ganadería de bravo de propiedad municipal en todo el territorio nacional. Los orígenes de este singular proyecto se remontan al año 1992, cuando el entonces alcalde, Pedro Moro, y el secretario del Ayuntamiento, Nicasio Cid, decidieron apostar por la cría del toro de lidia con la adquisición de setenta vacas y cinco sementales de la prestigiosa divisa de Pedro Martínez 'Pedrés' (Raboso), de encaste Domecq.
A lo largo de estas tres décadas, la vacada ha experimentado diversas etapas, llegando a alcanzar su máximo esplendor en el año 2006, cuando contabilizaba hasta 200 reproductoras. En la actualidad, el número de madres se ha estabilizado en unas 40 cabezas, una cifra óptima para garantizar la viabilidad del proyecto y el cuidado del ecosistema de la dehesa.
El objetivo principal de esta ganadería pública es abastecer las necesidades del propio municipio durante sus fiestas patronales. Además, tal y como señala el actual regidor, Domiciano Morales, la finca cría anualmente entre 15 y 20 erales que se destinan a la venta para diversos festejos taurinos en distintas plazas de la provincia salmantina, manteniendo así viva la esencia de queines fueran sus impulsores hace 34 años.
El origen de esta práctica se hunde en la necesidad histórica de controlar a las reses que pastaban en absoluta libertad. Aunque en el ganado manso esta costumbre ha ido cediendo terreno frente al uso de crotales de plástico, en el caso del ganado bravo el hierro candente sigue siendo una herramienta insustituible debido a su naturaleza.
El ritual del marcaje consta de tres hierros fundamentales que componen el carné de identidad del animal. El guarismo, que indica el último número del año de nacimiento, se imprime con precisión sobre la paleta izquierda. A continuación, el número de identificación individual se fija en el costado izquierdo, mientras que el hierro de la ganadería, auténtico sello de propiedad, se estampa en la zona conocida como la tapa de la pata izquierda.
A este minucioso proceso se añade el tradicional corte en una de las orejas, una muesca única y distintiva de cada casa ganadera que resulta vital para evitar robos o extravíos en los campos abiertos, garantizando una marca inalterable frente a las inclemencias del tiempo y del hombre.
El manejo del ganado conserva la belleza plástica de antaño. Las reses, que pastan a sus anchas en las grandes parcelas municipales, son conducidas a caballo por el mayoral Juanma Beato. Con destreza ecuestre, guía a los animales hasta las instalaciones principales, donde aguardan el apartadero y la plaza de tientas.
Sin embargo, la técnica ha evolucionado para garantizar tanto el bienestar animal como la seguridad de los participantes. Hoy en día, el proceso se realiza en un mueco provisto de una jaula que permite inmovilizar a la res sin apenas esfuerzo. Esta estampa contrasta con las épocas pasadas, cuando la labor se ejecutaba a mano limpia en campo abierto, exigiendo la fuerza combinada de numerosos mozos y un gran derroche de valentía, como también demostraron en este herradero con una de las reses de menor porte..
En la actualidad, la colaboración vecinal se centra en el momento culminante: la aplicación de los hierros. Cada uno de estos, previamente enrojecidos sobre la llama viva de un calentador de butano, sellan en un instante la piel del animal, perpetuando así un año más el ciclo vital y cultural de El Cubo de Don Sancho y su inquebrantable vínculo con la tierra charra.