Para echar adelante la máquina de las letras, el autor de la poesía a una flor requiere una compenetración con el medio.
El primer impulso para poner por escrito una palabra se cobra del entorno material. No podemos prescindir —quienes escriben como el autor de la columna— de las circunstancias (esas circunstancias sin ninguna alusión a María Zambrano, Ortega y Gasset, ni al Día de Pi). Un día, en la casa paterna, presencié una escena.
Un escritor joven, con abundante cabellera y una fe robusta (ingenua, queremos decir) en el mundo, se sentó a la mesa del comedor y cerró los ojos frente a la pantalla del ordenador. Yo atribuí el gesto a un olvido, un recuerdo, algo que reclamaba su atención.
Pasó un minuto, dos. Miré a mis padres. Ellos me miraron a mí. Otro invitado, que tomaba una copa de ginebra —apreciaba con una sensibilidad diferente el evento— nos animó a guardar silencio. Extendió la mano derecha (el vaso lo tenía en la izquierda), como un Fray Luis de León en el Patio de Escuelas, y exclamó, sin decir palabra, silencio.
Acto seguido, al modo de una obra dramática, con un parlamento aprendido, el escritor abrió los ojos y comenzó a escribir una poesía a una flor, que publicaría después en una cuenta pública de WeChat. Nosotros no lo interrumpimos. Pusimos, como los estudiantes en las aulas, los teléfonos en silencio. Miramos al otro invitado, el de la ginebra. Seguía en la misma posición, pero no con la mano derecha extendida y el vaso en la izquierda, sino al revés. Visto de cerca, parecía ser él quien en realidad componía el poema. Existen relatos con esa trama de la comunicación misteriosa entre dos personas, que son en realidad una misma.
Otro día, comentamos la idea del escritor como una persona que para echar adelante la máquina de las letras requiere una compenetración con el medio que lo rodea. Toda la noche, le di vueltas al asunto. Dejé a un lado el teléfono, con las noticias del Estrecho de Ormuz, TikTok y Bilibili, con Girls Blue, Hiromix.
Sin escuchar a C-Block, la banda de hip hop china, afiné el oído, para apreciar el silencio y volverme sensible al entorno. Pensé aquello que el silencio perfecto no existe, debido a la masa y energía oscura que obstaculiza la percepción de la nada. Aquel silencio quedó impregnado en mis párpados cerrados, con el recuerdo de la poesía a una flor, que al día siguiente, sin retirar la firma del autor, compartiría con mi madre.
La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.
Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.
La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.
En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.