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“La sociedad se tiene que educar para convivir en este espacio digital al que hemos entrado en masa”
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ENTREVISTA A Sara Serrate, doctora de la USAL y miembro del grupo GIPEP

“La sociedad se tiene que educar para convivir en este espacio digital al que hemos entrado en masa”

Publicado 05/03/2026 11:01

El grupo de investigación GIPEP lleva varios años analizando el impacto de la hiperconectividad en menores, con investigaciones con menores, padres y profesionales como protagonistas

El grupo de investigación?Procesos, Espacios y Prácticas Educativas (GIPEP) dirigido por José Manuel Muñoz?Rodríguez de la Universidad de Salamanca lleva aproximadamente diez años analizando cómo influye la hiperconectividad en la infancia y en la adolescencia. El equipo, compuesto por cerca de 30 investigadores, aborda el uso que los menores hacen de los dispositivos, las redes sociales y las distintas aplicaciones desde una perspectiva interdisciplinar que aúna pedagogía, sociología, antropología y política educativa.

Las primeras investigaciones se centraron en comprender qué hacen los adolescentes de entre 12 y 18 años?con sus dispositivos durante su tiempo libre. Los expertos consultaron a los propios menores sobre las redes que utilizan y su capacidad para autogestionar los tiempos, contrastando posteriormente esta información con las percepciones de familias y docentes a nivel nacional.

Este fenómeno también se analizó en un sector poblacional especialmente vulnerable: los menores en situación de riesgo o desamparo dentro del?sistema de protección de Castilla y León. En estos contextos, donde el factor familiar se sustituye por la labor de educadores y trabajadores sociales, las normativas institucionales varían significativamente respecto a las de un hogar tradicional.

"Hay que diferenciar entre controlar y educar"

En este contexto, la principal conclusión de esta primera etapa investigadora obligó al equipo a cambiar el enfoque. "Nos dimos cuenta con esta investigación que?al adolescente llegamos tarde", explica?Sara Serrate, doctora de la USAL y miembro del grupo GIPEP. La experta señala que no se puede pretender educar en un buen uso de los dispositivos a partir de los 12 años si no se comienza antes, ya que son las propias familias y centros escolares quienes introducen la tecnología en la primera infancia.

El superávit de tecnología frente al déficit de naturaleza

Ante esta realidad, los investigadores bajaron la edad de estudio al último tramo de la infancia,?entre los 9 y los 12 años, introduciendo una variable fundamental: el déficit de naturaleza. Los expertos observaron que los menores viven un constante "superávit de tecnología", un fenómeno que coloquialmente se describe como estar "empatallados".

De manera paralela, la infancia se enfrenta a un aumento de?déficit de naturaleza, que Serrate define como la pérdida del "contacto, la conexión, el vínculo a espacios naturales, que pueden ser parques, plazas o a entorno natural más salvaje". Para abordar esta problemática, el grupo desarrolla actualmente el?proyecto NATEC-IDNate, centrado en analizar los tiempos de uso, las preferencias de los niños y las dificultades de las familias para prevenir esta desconexión del entorno.

En paralelo, el equipo ha finalizado el?proyecto NaturTEC Kids Living Labaturtec, que asume que la tecnología ha llegado para quedarse y debe convertirse en una aliada educativa. Fruto de este trabajo es la aplicación?Nature Kingdom, desarrollada desde NTK Living Lab con la participación directa de niños, niñas y adolescentes. Este prototipo, está diseñado específicamente para "favorecer que los niños se vinculen al entorno natural", subraya la investigadora.

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Sarra Serrate, durante la entrevista | FOTO: D.S.

La inteligencia artificial: el nuevo rival educativo

El horizonte investigador de la Universidad de Salamanca se dirige ahora hacia el impacto de la?inteligencia artificial (IA)?generativa en el seno familiar. El grupo ha solicitado dos nuevos proyectos a nivel nacional y autonómico para estudiar cómo herramientas como ChatGPT o Gemini están alterando las dinámicas de confianza, relación y autoridad.

Serrate advierte que la IA está poniendo en jaque la educación familiar debido a "que los adolescentes comienzan a confiar más en los sistemas de inteligencia artificial generativa que en agentes educativos tradicionales como la familias, los amigos o el centro educativo. El problema radica en que los menores no solo utilizan estas herramientas para consultas, por ejemplo, académicas, sino para conformar su pensamiento crítico.

"No es lo mismo que le pidas a ChatGPT descríbeme la historia de España de los últimos 100 años, a que le preguntes sobre aspectos vinculado a valores, normas sociales o a la política”, ejemplifica la doctora. Cuando los adolescentes dejan que la IA dicte sus normas de conducta o valores, "empiezan a llegar grandes problemas que estamos observando en los contextos familiares y escolares especialmente si no hay espacios para contrastar la información", destaca.

Para hacer frente a esta situación, la experta apela a la responsabilidad compartida. El Anteproyecto de Ley Orgánica para la protección de las personas menores de edad en los entornos digitales ya refleja la necesidad de "quitarle el peso exclusivo a las familias y a los centros educativos, obligando a las?empresas tecnológicas a asumir su responsabilidad?en el diseño seguro de los móviles y las aplicaciones".

Identidad digital y los riesgos de la hiperconectividad

Tras una década de estudios, las conclusiones sobre el comportamiento adolescente son contundentes. Los jóvenes "tienen la?digitalidad en vena", afirma Serrate. Para ellos no existe una división entre el mundo real y el virtual; viven en un continuo híbrido donde las redes sociales no son solo un medio de comunicación o entretenimiento, sino "un medio relacional, es donde conviven, es donde se relacionan entre ellos, es donde van construyendo su identidad, de tal manera que lo que pasa en el mundo virtual online tiene influencia en lo que viven en el mundo real offline y a la inversa, formando todo parte estructural de quienes son".

Entre los principales riesgos detectados destaca la dependencia. Sin embargo, “los propios adolescentes justifican este comportamiento asegurando que?necesitan conectarse para desconectar. Hay que destacar que los jóvenes dependen de su grupo de iguales y necesitan estar donde está su entorno social, también en lo online”.

A esta dependencia se suman problemáticas como el?síndrome FOMO?(el miedo a perderse algo), la falta de sueño, el sedentarismo o el ciberacoso. Este último preocupa especialmente a familias y menores por ser un acoso "24/7", caracterizado por el anonimato y la viralidad, del que no se puede escapar al salir del centro educativo.

"Los jóvenes tienen la digitalidad en vena, para ellos es un medio relacional en el que conviven"

Además, los investigadores alertan sobre una preocupante?pérdida de habilidades sociales tradicionales?y un gran déficit de comunicación no verbal. "tenemos que ser conscientes de que la pantalla solo pone a prueba dos sentidos, la vista y el oído. El resto de sentidos quedan totalmente inutilizados", advierte Serrate, defendiendo la necesidad de que los niños aprendan a "tocar, a sentir, a oler, a degustar, a relacionarse y a comunicarse también" en entornos no digitales.

El impacto de plataformas de consumo rápido también está dejando huella en las aulas. El auge de formatos cortos ha generado lo que algunos expertos denominan el?"cerebro TikTok", una configuración mental que reduce la capacidad de prestar atención a franjas de "entre 15 y 30 segundos", mermando significativamente el rendimiento escolar.

El punto de inflexión y el consejo de los mayores

Uno de los hallazgos más reveladores de la última investigación del grupo sitúa a los 11 años como una edad crítica. “Hasta ese momento, cerca del?80 % de los niños y niñas?prefieren salir a la calle antes que quedarse en casa con una pantalla. Sin embargo, a partir de los 12 años, con un pico máximo a los 13, el vínculo y la conexión está más asociado al espacio digital, a la tecnología", advierte.

Conocer este dato es vital para aprovechar esa ventana de oportunidad y fomentar el vínculo natural antes de que decaiga. “Curiosamente, los propios adolescentes de entre 16 y 18 años, al ser consultados sobre qué consejo darían a los más pequeños, coinciden en dos premisas, por un lado en decirles que no tengan prisa y, por otro, que no se dejen llevar por lo que ven en redes”.

Paralelamente, muchos jóvenes reconocen haber presionado a sus padres para obtener su primer?smartphone, pero con la madurez comprenden que "una vez que les dan el dispositivo, ya es para toda la vida" y admiten sentirse abrumados por la inmensidad del entorno digital a edades tempranas.

Acompañamiento familiar frente a "padres helicóptero"

Respecto a la gestión en los hogares, la investigadora es tajante: la palabra control debe sustituirse por acompañamiento. El uso exclusivo de aplicaciones de control parental genera?"padres helicópteros"?que controlan y vigilan continuamente. Sin embargo, estas aplicaciones no están dirigidas a la orientación y mediación digital y por tanto no son aliadas de la educación ni tienen el objetivo de favorecer que los adolescentes construyan identidades autónomas y responsables.

"El control no funciona si nos olvidamos o relevamos en esas aplicaciones el todo", sentencia. La experta insiste en que las herramientas tecnológicas de restricción o geolocalización pueden dar seguridad a los adultos, pero lo que verdaderamente educa es "hablar con nuestros hijos, debatir, dar confianza, acompañar activamente".

Ante la eterna pregunta de a qué edad se debe entregar el primer teléfono móvil, el grupo de investigación rechaza establecer una cifra estándar, ya que las estructuras familiares y los ritmos de vida han cambiado drásticamente. “Proponemos a los padres reflexionar con analogías cotidianas, preguntas como ¿A qué edad disteis a vuestros hijos las llaves de casa? ¿A qué edad les dejasteis por primera vez pelar una manzana con un cuchillo?".

La decisión debe basarse en el?grado de madurez del menor, su responsabilidad y, fundamentalmente, en las necesidades de la familia. “En muchas ocasiones la entrega de un terminal responde a la necesidad de comunicación cuando el adolescente comienza a ir solo al instituto”, ejemplifica.

En este punto, los investigadores introducen un factor de riesgo crucial que a menudo se pasa por alto: los?problemas de conciliación familiar. La falta de tiempo conlleva en ocasiones dinámicas de atención parcial continuada y obliga a muchas familias a delegar el cuidado en abuelos o espacios de ocio, dificultando el acompañamiento digital.

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Sarra Serrate, durante la entrevista | FOTO: D.S.

Educación social digital y transferencia del conocimiento

Para hacer frente a estos retos, la Universidad de Salamanca apuesta por la?educación social digital. La institución ya está implementando cursos como "Familias conectadas: entender, acompañar y educar en las pantallas”, dirigido a familias con menores a partir de los 9 años, con el objetivo de proporcionar pautas, herramientas y estrategias de educativas.

El impacto de estas investigaciones trasciende el ámbito académico. El grupo GIPEP transfiere este conocimiento a la docencia a través del?Máster de Intervención Social y Educativa con Infancia y Adolescencia?y el Máster de Estudios Avanzados en Educación. Además, impulsa nuevas tesis doctorales sobre nuevas líneas de estudio como las pedagogías salvajes, educación emocional en contextos digitales o la influencia de la hiperconectividad en menores en contextos de riesgo.

A nivel institucional, la USAL ha dado un paso de gigante con la reciente creación del?Centro de Transferencia Socioeducativa (CETES). Este espacio aglutina a 14 grupos de investigación, dos unidades y expertos de ocho facultades distintas. Su misión es canalizar los descubrimientos científicos hacia la ciudadanía, ofreciendo materiales socioeducativos, formación para familias, entidades y profesionales, y espacios de participación ciudadana en la búsqueda de transformar la evidencia científica en soluciones reales que respondan a las necesidades de la población.

En el ámbito nacional, el equipo salmantino forma coordina la?Red InterES un consorcio integrado por 12 universidades españolas dedicadas a la pedagogía social. Actualmente, esta red centra sus esfuerzos en dos grandes líneas: el efecto del uso de pantallas en adolescentes y la aplicación de la?Garantía Infantil Europea?en contextos de pobreza.

Como concluye Sara Serrate, la sociedad en su conjunto ha sido introducida "en masa" en el mundo digital, desde niños hasta personas de la tercera edad que buscan mitigar su soledad. Por ello, más allá de prohibir o limitar, la verdadera solución pasa por "preparar a la ciudadanía para estas nuevas realidades, apostar por una verdadera educación social digital y convertir a los educadores en los verdaderos?influencers?de la red en materia de educación”, concluye.