Usuarios de sillas de ruedas y scooters eléctricos encuentran dificultades para acceder a La Batería por la ausencia de un paso desde la vía pública
Hace ya más de una década, el Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo habilitó una rampa destinada a facilitar el acceso de personas con movilidad reducida al adarve de la muralla en el paraje conocido como La Batería. La iniciativa respondía entonces a un propósito loable: abrir este privilegiado mirador urbano —uno de los espacios más apreciados por vecinos y visitantes— a quienes encuentran mayores dificultades para desplazarse.
Sin embargo, con el paso del tiempo, la utilidad de esta infraestructura ha quedado en entredicho. Usuarios habituales del paseo que hoy dependen de sillas de ruedas o scooters eléctricos se encuentran con un obstáculo tan sencillo como decisivo: la rampa existe, pero carece de un acceso directo desde la vía pública. Entre la calzada y la acera se interpone un bordillo que impide o dificulta notablemente el paso de estos vehículos, convirtiendo en problemático lo que en principio debía ser un itinerario accesible.
La paradoja es evidente. Una obra concebida para favorecer la inclusión termina resultando, en la práctica, inaccesible para parte de las personas a las que iba destinada. Quienes desean alcanzar la rampa y, desde ella, disfrutar del paseo por el adarve o de las amplias vistas que ofrece La Batería —especialmente celebradas al caer la tarde— se ven obligados a buscar ayuda o a renunciar directamente al trayecto.
Varios de estos usuarios se han puesto en contacto con este medio para dar a conocer la situación. Según señalan, anteriormente trasladaron la incidencia por las vías administrativas correspondientes del Ayuntamiento, sin que hasta el momento hayan recibido respuesta.
La reclamación que plantean es sencilla y, a su juicio, de escaso impacto económico para las arcas municipales: habilitar un acceso adecuado desde la calzada a la acera que permita alcanzar la rampa con normalidad. Un gesto técnico menor que devolvería a este enclave su condición de espacio verdaderamente accesible.
Porque, más allá de la obra en sí, lo que está en juego es la posibilidad de seguir disfrutando de uno de los balcones más hermosos de la ciudad: ese lugar desde el que muchos mirobrigenses contemplan el discurrir del río, la silueta del paisaje y la calma dorada de las puestas de sol. Un patrimonio cotidiano que, para algunos, hoy permanece a apenas unos centímetros de altura… y sin embargo fuera de alcance.