Lunes, 23 de marzo de 2026
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La amiga persa
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La amiga persa

Publicado 02/03/2026 21:11

La hija entró en el instituto sin conocer a nadie y durante varios recreos vagó en solitario por el patio mientras yo la miraba desde las ventanas sintiéndome más sola que ella… sola, sola hasta que le nació al lado una amiga de negra cabellera rizada que apareció con la sonrisa inmensa y los ojos enormes bajo dos cejas adultas y oscurísimas. Y tras ella, los compañeros presos de su encanto, de su español torpe sin artículos, su gracia inocente, sus manías, y la traducción de un nombre que todos aprendían a pronunciar aspirando la hache. Se llamaba primavera y estaba acostumbrada a que nadie supiera donde estaba Persia. Porque nuestra niña iraní nunca decía Irán, sino Persia, y se enfadaba cuando todo el mundo pensaba que era marroquí, que no, que yo soy per-sa.

Trajo a nuestra casa la alegría del trigo germinado y esa sorpresa permanente cuando yo le decía que veía películas iraníes –influencia de Tolentino, que siempre amó el país y que realizó un magnífico trabajo sobre un músico persa- y que sabía quién era la poeta valiente, silenciada por los ayatolhas, Foroug Farrokhzad. Ella y su preciosa madre leían poesía, pero nunca pudieron imaginar que pudiera traducirse. No conseguí que leyeran mis ejemplares de las novelas de Parinoush Saniee o Sahar Delijani, una autora tan bella como el rostro de la niña que se fue haciendo mayor al cabo de los cursos. No es solo belleza lo que rodea a las mujeres persas: su arte a la hora de vivir, la comida, la delicadeza, el cuidado, la entrega. Cualquier gesto cotidiano era motivo de gozo y estaba preñado de ligereza. Naturalmente, amaban un país de ecos monárquicos y montañas nevadas, una libertad que no sabía de chador ni de barbudos inclementes. La suya era una pradera florecida instalada en España con su lengua sin artículos, su gozo por todo lo hermoso, su cabezonería a ratos exasperante…

Pienso en ellas ahora mientras el país se convulsiona. No les hicimos caso cuando una mujer fue masacrada por llevar mal el velo sobre la hermosa, la valiente cabeza. Ahora no sabemos en qué mal quedarnos, pero reaccionamos en mi casa con dolor porque la hija está aquí estudiando y la madre de visita en un país que se abisma en el precipicio que ellos no han propiciado. Y entonces la pienso, a ella, la niña morena que apareció en el patio para ser la amiga persa, la amiga de la risa blanca, los ojos inmensos, los platos llenos de gajos de naranja y trozos de granada, la madre hermosa como un poema. Mírala, me dijo un día mi madre, ante las dos niñas, la memoria intacta, ahí tienes a tu hija con esta pequeña Farah Diba, dos flores del campo. Dos muchachas ahora, atentas al dolor de la vida.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.

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