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Jesús Málaga revela cómo fue su angustiosa noche del 23-F atrincherado en casa: "Cada llamada al timbre era un susto de muerte"
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TESTIMONIO

Jesús Málaga revela cómo fue su angustiosa noche del 23-F atrincherado en casa: "Cada llamada al timbre era un susto de muerte"

Publicado 20/02/2026 12:56

Jesús Málaga, regidor de la ciudad en 1981, reconstruye para SALAMANCA RTV AL DÍA las horas críticas en las que la democracia contuvo la respiración, desde los tanques en Carmelitas hasta la lista negra de los golpistas en la que él figuraba como "número 1 a eliminar".

Este lunes, 23 de febrero, el calendario marca una efeméride que estremece la memoria colectiva de España. Se cumplen 45 años de la jornada en la que el tiempo pareció detenerse, de la noche más larga en la que una joven y frágil democracia se asomó al precipicio de la involución. En Salamanca, lejos del Congreso de los Diputados pero bajo la misma atmósfera de plomo, la gestión de la incertidumbre recayó sobre los hombros de Jesús Málaga. El que fuera primer alcalde democrático de la ciudad y entonces secretario provincial del PSOE ha abierto el archivo de su memoria para narrar, con una precisión casi quirúrgica y una emoción intacta, cómo la capital del Tormes vivió aquellas horas entre la lealtad y el pánico.

Para entender la magnitud del desafío, Málaga dibuja primero el escenario de aquella Salamanca de 1981. No era la ciudad monumental y cuidada de hoy, sino una urbe que salía de la dictadura en una situación que el exregidor no duda en calificar de "bastante penosa". Era una ciudad con carencias estructurales graves, "sin asfaltar, sin agua, sin alcantarillado", inmersa en una gestión frenética por modernizarse.

En aquel contexto, el Ayuntamiento libraba una doble batalla: la de las infraestructuras y la de los símbolos. "Defendíamos a capa y espada la Constitución Española por miedo a que hubiera una involución", asegura Málaga. Una defensa que se plasmaba en hechos, como el cambio de nombre de la antigua plaza del Caudillo por la actual plaza de la Constitución o la apuesta decidida por la cultura con la compra de la biblioteca de la familia del periodista Salinero. Aquella adquisición de más de 10.000 volúmenes y primeras ediciones dotó a la ciudad de su primera biblioteca municipal en la plaza de Gabriel y Galán, un faro de luz en tiempos de sombras.

El estruendo en la Casa del Pueblo y la sombra del 36

El relato de aquella tarde de febrero comienza en la Casa del Pueblo, el centro neurálgico de la actividad socialista. Jesús Málaga recuerda el instante exacto en que la normalidad se quebró: "Oigo un cierto revuelo y me dicen que están entrando guardias civiles en el Congreso de los Diputados". Al acercarse al televisor, la imagen de Tejero confirmó los peores presagios.

La reacción inmediata no fue política, sino de supervivencia histórica. El peso de la memoria de la Guerra Civil cayó como una losa sobre los presentes. "Lo primero que hicimos fue esconder los archivos", confiesa el exalcalde. En la mente de todos estaba "muy fresco" lo ocurrido durante la sublevación franquista y la represión del 36. El miedo a que la historia se repitiera y a una "reacción fuerte" contra los militantes destacados provocó una movilización urgente para proteger la identidad de los afiliados.

Jesús Málaga revela cómo fue su angustiosa noche del 23-F atrincherado en casa: "Cada llamada al timbre era un susto de muerte" | Imagen 1

El dilema personal: "No podía dejar sola a mi mujer"

Más allá de la responsabilidad institucional, Jesús Málaga vivía aquella noche una angustia profundamente personal. Su esposa se encontraba a punto de dar a luz a su cuarto hijo. Mientras muchos buscaban refugio seguro, el alcalde corrió a casa de sus padres para recogerla y atrincherarse en su propio domicilio.

Las ofertas de ayuda no tardaron en llegar. Málaga recuerda con especial cariño la llamada de María, catedrática de Historia de la Universidad Pontificia y directora de una residencia, quien le ofreció esconderse en sus instalaciones. La respuesta del regidor fue la de un padre y esposo antes que la de un político: "Yo no podía salir de casa porque no podía dejar a mi mujer con tres niños pequeños esperando el cuarto". Su hogar se convirtió así en su puesto de mando y su trinchera.

Un teléfono rojo y la ambigüedad militar

Desde su domicilio, la línea telefónica echaba humo. Málaga mantuvo una comunicación constante —"unas 10 o 12 llamadas"— con el gobernador civil, Luis Escobar de la Serna. El exalcalde lo describe como un "demócrata claro" que, sin embargo, se encontraba en una posición de extrema debilidad. "Veía las cosas un poco oscuras", relata Málaga, refiriéndose a la soledad del representante del Gobierno frente al poder militar.

La tensión en Salamanca tenía nombres y apellidos: Manuel Luengo, gobernador militar, y el general Campano. Según el testimonio de Málaga, existía la certeza de que ambos mandos "simpatizaban con el golpe". La situación era tan crítica que el propio gobernador civil confesaba su incapacidad para imponer su autoridad: "Es que no me atrevo", le reconocía a Málaga cuando este le instaba a llamar al gobernador militar para exigirle lealtad. La cadena de mando pendía de un hilo.

El uniforme de gala y el "susto de muerte"

En medio de esa oscuridad institucional, se produjo el episodio que, 45 años después, sigue emocionando a Jesús Málaga. Alrededor de las diez de la noche, sonó el timbre de su casa. Al mirar por la mirilla, vio al jefe de la Policía Municipal, José Hernández Ferrero, vestido impecablemente con su uniforme de gala.

Al abrir la puerta, el jefe policial protagonizó un gesto de inmensa valentía en un momento donde nada estaba decidido. "Se cuadró y dijo aquellas palabras que a mí me emocionaron: 'La policía municipal de Salamanca con la Constitución Española'", rememora el exalcalde. Ambos se fundieron en un abrazo. Hernández Ferrero no solo ofreció su lealtad verbal, sino que dejó un coche patrulla vigilando la vivienda toda la noche en la zona de La Alamedilla.

Sin embargo, la protección trajo consigo una paradoja psicológica. Los agentes tenían orden de llamar al timbre cada hora para comprobar que el alcalde y su familia seguían bien. Aquello, lejos de tranquilizar, generaba una ansiedad insoportable. "Nos pegábamos un susto de muerte, porque a cada hora llamaban al timbre", describe Málaga gráficamente, recordando cómo cada timbrazo sobresaltaba el silencio de la madrugada.

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Tanques en Carmelitas que "iban de maniobras"

La noche avanzaba y el miedo a los movimientos militares se materializó en una llamada de Enrique Clemente Cubillas. La alerta era escalofriante: había carros de combate circulando por el paseo de Carmelitas. La presencia de blindados en el centro de Salamanca disparó todas las alarmas.

Cuando posteriormente se pidieron explicaciones, la respuesta del gobernador militar, Manuel Luengo, fue que los tanques "iban de maniobras". Una excusa que Málaga califica hoy, sin rodeos, de "justificante estúpida". La ciudad estuvo, sin saberlo la mayoría de sus vecinos, bajo la vigilancia de un estamento militar que dudó hasta el último momento de qué lado de la historia posicionarse.

La lista negra y la fragilidad de la victoria

El fracaso del golpe trajo el alivio y la reacción ciudadana. El Ayuntamiento colgó una inmensa pancarta con el lema "Salamanca con la Constitución Española" y hasta los sectores más conservadores se sumaron a las manifestaciones de júbilo. Sin embargo, la normalidad recuperada escondía un secreto aterrador que se desvelaría tiempo después.

Una revista nacional de gran tirada publicó los planes de los golpistas en caso de haber triunfado, incluyendo las listas de las personas que debían ser "eliminadas inmediatamente" en cada provincia. "En Salamanca el número 1 lo ocupaba yo", revela Jesús Málaga con la serenidad que da el paso del tiempo. Su nombre y su fotografía encabezaban la lista de objetivos de los golpistas

A pesar de aquel horror planificado y de incidentes posteriores, como la rotura de la placa de la plaza de la Constitución al día siguiente de instalarla, Jesús Málaga prefiere quedarse con la respuesta cívica. En una ciudad tradicionalmente conservadora, la transición de aquella noche de febrero fue "prácticamente pacífica", demostrando que Salamanca, ante el abismo, eligió la libertad.

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FOTOS: David Sañudo