Con un pestilente tufo islamofóbico y xenófobo, los políticos reaccionarios de este país votaron en el Congreso hace días a favor de la prohibición del uso en España de las prendas llamadas burka y niqab, así como la prohibición en los centros escolares y académicos de cualquier prenda considerada como velo islámico.
Aduciendo argumentos tan peregrinos y manidos como la defensa de “nuestro modo de vida”, “la conservación de la sociedad occidental” o “la preocupación por la seguridad ciudadana”, aderezados con el de la “defensa de los derechos de las mujeres” que usan dichas prendas (!), la postura del fascismo español no ha variado un ápice desde hace siglos en su tradicional empecinamiento en convertir este país en la viva imagen de su estrechez mental.
Afortunadamente rechazada su propuesta, la derecha española ha conseguido, sin embargo, uno de sus primeros objetivos, cual es poner en el foco de la actualidad un debate de escaso interés que tiene muchas más aristas, puntos de vista, consideraciones y variables argumentales que la simpleza visceral con que los aguerridos patriotas españoles quieren presentarlo.
El respeto a la libertad religiosa, la protección de los derechos individuales, el multiculturalismo social en convivencia, la igualdad y otras categorías de mucha más enjundia y calado, han de estar presentes en cualquier debate en que se pongan en cuestión las libres opiniones, opciones, ideologías y creencias, que han de plantearse en marcos del bien común, de los niveles de respeto a la diferencia que desde las diversas opiniones, todas expresables (no todas respetables), puedan plantearse.
Desde una perspectiva de respeto a la opción de vestimenta de cada uno; desde un rechazo a la imposición de esa misma vestimenta; contando con el convencimiento y opinión de cada afectada (son mujeres las “usuarias” de esas prendas), el tema precisa un análisis político detallado.
Considerando que el valor de las creencias, que el espiritualismo de cada quien ha de ser una opción libre, personal y nunca impuesta por el entorno ni la comunidad (ni la ley), el debate sobre el uso de este tipo de prendas aguarda todavía una detallada discusión social.
Respetando y diferenciando, y con argumentación de sus autorizaciones o prohibiciones, aquello que constituya perjuicio general o que genere inseguridad, desigualdad o discriminación para personas o colectivos, habrá que hablar de ello.
Eliminando prejuicios; estudiando detenidamente la transgresión o los niveles de inmoralidad universal, personal, nacional (?) o su presencia en ámbitos y el modo de esa presencia, con rechazo explícito a lo que implica sumisión e imposición o, justo enfrente, lo creativo de la tolerancia, sus valores o los modos activos de la transigencia, seguramente será preciso pensar, inventar, acordar, pactar y consensuar entre todos los demócratas (excluyendo, claro, la cretinez fascista) nuevas y novedosas vías de consideración legal y normativa de un asunto tan antiguo como creciente en su complejidad en sociedades cada día más dispares, múltiples, variadas y humanamente valiosas.
Soy consciente de que no han aportado estas líneas “solución” alguna al debate (que no problema) planteado en las últimas fechas sobre los usos (que no las prohibiciones) del burka, el niqab o los velos islámicos, pero no son las diversas opiniones personales las que han de argumentar y normativizar en un asunto así. El debate está abierto, y no es ni debe ser parte de él el estruendoso eructo cañí de un españolismo xenófobo zafio, caduco, intolerante y cerrado, que desprecia no solo a los extranjeros sino la inteligencia de sus propios conciudadanos.
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