He tomado las manos azules de Teresa Peña con mis ojos. Acarician mi nervio óptico con un cuidado devocional, como el ciego trata de adivinar qué secretos esconde la superficie. La humanidad verdadera se descubre en sus lienzos, se lee la forma que adoptan nuestros sentimientos en sus figuras, las brisas de nuestros afectos en un trasunto místico-terrenal.
Me he acercado una vez más a la sala José Luis Núñez Solé en el Museo Diocesano de nuestra ciudad tratando de recuperar la revelación a través de sus muros desnudos. He limpiado mis ojos en un negro intenso del que surgen las personas. “Al principio era el Caos.” “En el principio, era la palabra”. Y sobre ellos una luz que transforma y ordena los colores. La obra de Teresa Peña emerge de las paredes grises cálidamente. Contiene en su plástica el buen haber de la métrica preclásica, aquella que quería ser canto, crónica y profecía. Por eso, su obra está atada a un eterno presente donde las palomas vuelan libremente al encuentro del cariño humano. De la ternura infantil pende un azul apasionante con visos de nostalgia. Plasma toda la inmensidad en un pigmento sincero que no hace más que construir la visión de la alegría vital, aquella que permite carreras, que hace retroceder el crepúsculo.
Me abruma la fragilidad humana. Los modos en los que edificamos la memoria son complejos. Para que haya memoria, debe haber un impacto previo, algo que nos apegue al pasado. La repetición queda fuera del juego si no implica la emoción, pues ante ella se produce más bien un fenómeno ambiguo entre la familiarización y la alienación. El apego al pasado antes mentado adivina en nuestro interior las fracturas para verterse sobre ellas. La memoria es más una muleta que una arquitectura defensiva, una resina para unificar en un mismo nivel las aristas de aquello que nos marca. La madre que toma a su hijo y llora, los abrazos en horizontes perdidos, las cabezas que se esconden del resplandor, el rayo verde imaginado y plasmado. La pintura que se alza como medio de monumentalizar el interior. Peña ha tomado el mundo más cercano al encontrar en él la promesa. Selecciona lo divino en lo pagano, recoge de los campos las luminarias y las sombras, encuentra el medio entre el cielo y la tierra mientras lo salva del olvido. La dejadez presiona nuestros dedos, permite nuestra insolación. Ante ella, la memoria rescata entre nuestras tentaciones el sentido básico de que existe algo esencial, algo tan básico como nuestro lugar en el mundo. Un yo sin sujeciones que parte los caminos con su mirada, un todos que se funde para salir de las penumbras.
Así, la obra pictórica de Teresa Peña se convierte en una lectura de raíz que comprende las imágenes como una constelación de sentimientos. Dejarse caer en su azul es permitir el abrazo más sincero que un lienzo pudo dar.
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