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Las casetas de la Plaza del Buen Alcalde “resucitan” y quitan en lo posible penas con 300 kg. de patatas “meneas”
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Ciudad Rodrigo | Carnaval del Toro

Las casetas de la Plaza del Buen Alcalde “resucitan” y quitan en lo posible penas con 300 kg. de patatas “meneas”

Publicado 17/02/2026 02:48

Fieles a su cita y con el corazón encogido tras la pérdida de uno de sus miembros el viernes pasado, los peñistas abrieron sus puertas en ecuador del Carnaval

Las casetas de la Plaza del Buen Alcalde volvieron a abrir este lunes con una mezcla de alivio y melancolía, en ese punto exacto del Carnaval en el que la fiesta suele alcanzar su temperatura más humana: cuando el cansancio asoma y la comunidad se reconoce a sí misma en los gestos compartidos. Este año, sin embargo, la reapertura estuvo marcada por la ausencia. El sábado habían permanecido cerradas en señal de luto por la muerte de "Taquio", miembro de la Peña Amigos del Tema, fallecido tras ser corneado durante la capea nocturna del viernes.

Con el ánimo todavía encogido —y esa voluntad tan propia de las celebraciones populares de sobreponerse sin olvidar— la vida regresó a la plaza al mediodía del lunes, poco después del desencierro matinal. Lo hizo en torno a un rito culinario que, aunque concebido en principio como encuentro interno, terminó abriéndose de manera espontánea a amigos, conocidos y habituales del Carnaval.

El eje de la convocatoria fue una elaboración tan humilde como sustanciosa: cerca de 270 kilos de patatas y una treintena de kilos de tocino destinados a dar forma a unas patatas meneás capaces de reconfortar cuerpos ya castigados por días de fiesta. No se trataba solo de comer, sino de recomponer una atmósfera: de devolver a la plaza ese murmullo colectivo donde la conversación, la memoria y el apetito se entrelazan.

La preparación corrió a cargo de Paellas Gigantes David, que desplegó sus grandes recipientes para atender a alrededor de medio millar de comensales. El resultado fue un plato rotundo, sin artificios, fiel a la tradición gastronómica de la comarca: una cocina de subsistencia convertida, con el tiempo, en símbolo de convivencia.

Así, entre cucharadas y brindis contenidos, el ambiente fue recuperando su pulso en la plaza —ese rincón de aire casi andaluz en el corazón de Ciudad Rodrigo— donde la alegría regresó sin borrar el recuerdo. Porque en celebraciones como esta, la continuidad misma de la fiesta actúa también como forma de homenaje: la convicción compartida de que, en algún lugar de la memoria común, quienes faltan siguen presentes cuando la comunidad se reúne y cumple, una vez más, con el rito de celebrar juntos el final del Carnaval antes de la llegada de la Cuaresma.