Imaginemos como en nuestra foto de portada un paisaje hermoso y conmovedor que nos deja en silencio, como se dice coloquialmente “sin palabras”, porque en esos instantes es mejor callar y contemplar. Alimentar nuestro espíritu.
Cuando echamos una mirada contemplativa es como si abriésemos los sentidos y pintásemos nuestra percepción con un color imaginario. A veces, las definiciones son más simples cuando las leemos con nuestros ojos que cuando nos ponemos a pensar en ello. Por ejemplo, una manera sencilla de definir la expresión “abrir los sentidos y nuestra percepción” que hoy nos ocupa, es hablar de que la mirada contemplativa es ver y percibir lo que es, sin hacerse una representación o suposición de lo que nos parece que sea o de lo que nos gustaría que fuera. Cuando nos detenemos a mirar contemplativamente abriendo los sentidos y ser conscientes de lo que estamos percibiendo, ya no suponemos ni especulamos: solo vemos lo que es.
Percibir es la puerta abierta a los sentidos. Los abre y nos permite salir de la mente discursiva (esa que requiere leer una nota, una cita, un libro, etc.), porque al entrar en nosotros como una comprensión de la realidad visual nos está alimentando y rodeando, rompiendo con rumores, presupuestos que no son reales y especulaciones vacías de contenido.
Pero mientras nuestra mente y sentimientos perciben esa realidad que tenemos delante los ojos, en nuestra mente opera un proceso mecánico (nuestro subconsciente) a través del cual estamos descartando, filtrando, analizando, etc., y ponemos palabras, etiquetas, definimos cosas y nos animamos a pintar nuestra percepción con un determinado color imaginario, pero real como la vida misma. Porque el poder que tienen las palabras, la maravilla que es el lenguaje en la historia de la humanidad, nos hacen crear mundos y explicar dichas percepciones.
¿Qué palabras utilizamos y cómo estas palabras generan nuestro mundo?
¿Son ajenas a las percepciones o por contrario son las que nos ayudan a comprenderlas? Sin duda si no hubieran existido los escritores, poetas, dramaturgos, novelistas, cuentistas y el amplio campo que abarca la literatura, nos atreveríamos a decir que sería un mundo muy, pero muy diferente. No queremos afirmar que no existiría: sería una exageración. Aunque no lo sería sostener que conviviríamos en un universo absolutamente huérfano de emociones, sentimientos compartidos, consejos, misticismo, fantasía, idealismo, e incluso, la ausencia de la propia historia que no estaría escrita.
Un mundo así no encaja, porque tampoco podemos valernos solo de las percepciones como inputs para definir nuestro día a día. Necesitamos la palabra escrita y también la oral. Y aunque parezca también una exageración, el wasap es lenguaje escrito y al mismo tiempo oral (no solo porque permite el mensaje de audio) sino porque prácticamente transmite lo que queremos decir en tiempo real y nos contestan también en el momento. Este wasap es parte de la cultura actual, una forma muy elemental de literatura, pero son palabras que sin duda comunican entre las personas y dan idea de cómo se sienten, qué están proponiendo (si se trata de un jefe con su equipo), o cómo se ha llegado al punto de destino (cuando comunicamos que el viaje no ha tenido inconveniente alguno).
En definitiva, la palabra…las palabras y los sentimientos, son las dos caras de una misma moneda. Nos las decimos y las escribimos porque queremos percibir la realidad…nos gusta saber, conocer y muy especialmente sentir lo que nos transmiten los demás.
Por tanto, echar una mirada contemplativa abriendo nuestros sentimientos está en línea con la reflexión y la meditación, no está ni exenta de palabras (aunque un paisaje nos abrume por su belleza y nos deje sin palabras) ni tampoco está exenta de percepciones. Más bien lo contario. Esas palabras y percepciones que decimos y tenemos día a día van dibujando nuestro mundo. Son creadoras de nuestra realidad y depende cómo las utilicemos, serán más o menos afortunadas nuestras frases, expresiones y demostración de qué calibre de persona somos.
Cuando observamos y nos detenemos a tratar de ver con mejor óptica lo más cotidiano, es dar un paso y tomar distancia con nuestro presente para tratar de desentrañar eso que queremos descubrir, una intuición que nos aflora, un malestar que espiritualmente tenemos por un disgusto recibido o una felicidad que no hemos expresado aún por un logro que sabemos estamos obteniendo.
Abrir los sentidos mientras contemplamos algo o también en el momento que recordamos y pensamos en una cosa que nos preocupa, es tan importante como las palabras de aliento que le damos a un amigo en horas bajas. La diferencia, que nuestra mirada que contempla es individual, nos pertenece, es de nuestro más íntimo ámbito privado, no la comercializamos, la guardamos para nuestro regocijo y la acumulación (como si de una batería se tratase) de sentimientos positivos y deseos de hacer algo bueno por los demás, por compartir momentos o por acompañar en momentos cuando estos son malos.
Abrir los sentidos nos hace que salgan las palabras, aunque no las digamos, pero están en nuestro consciente y también en nuestro amplísimo inconsciente, porque el lenguaje que mantenemos en silencio ante la contemplación, saldrá antes o después, en nuestros sentimientos, formas de expresarnos y conducirnos, nos dará energía e inspiración, nos hará sentir bien y neutralizar los factores que a todos nos deprimen.
Con la práctica de estas palabras en la meditación, y en las diversas etapas contemplativas que nos fijemos, podemos abrirnos a un mundo más profundo y alcanzar un auto-conocimiento más claro. Cuando dialogamos, lo hacemos con palabras que nos decimos y de cómo son estas palabras, de la manera en que las utilicemos, será invitación a hacernos conscientes de este diálogo interior y de las palabras que en él se ponen en juego. Porque están dentro nuestro y las sacamos porque antes están nuestros pensamiento y sentimientos.
Wayner Dyer dice con gran acierto que “si cambiamos la forma de mirar las cosas…las cosas que miramos también cambiarán”. Es un aliciente para intercalar pensamientos positivos y que lo contemplativo, nuestra mirada sobre una cosa, un sitio, etc., nos sirva para ese mirar con un cambio que ya hemos introducido.
Una última cuestión: la mirada sencilla de lo que nuestros ojos ven guarda imágenes; la otra, la de más alcance, es mirar más allá, otro nivel de mirada, otra visión de lo que contemplamos, pero cuyo color estará en consonancia con esos sentimientos y emociones guardadas que nos da nuestra personal perspectiva de la vida.
Para contemplar hace falta detenerse todo lo que sea necesario, porque en cierto sentido se convierte en nuestro centro de atención. Debemos prestarle oídos, o sea, escuchar nuestro interior a través de esa mirada que nos ha iluminado, gracias a haber abierto nuestros sentimientos y entender la realidad lo más próximo a lo que esta realidad es. Seremos más sensibles a nuestra comprensión y más empáticos sobre la manera en que los demás comprenden nuestro entorno, nuestras acciones, nuestras relaciones, etc.
Cuesta adquirir esta capacidad de percepción, pero puede lograrse con entrenamiento. En la contemplación, cada cosa sobre la que nos detenemos o miramos, necesita la comprobación de que estamos realmente interesados para que no se nos diluya, para que no la perdamos porque nos han invadido otros pensamientos que con frecuencia son negativos.
Tomarse tiempo abriendo los sentidos y ver lo que realmente es a través de nuestra precepción de la realidad es un regalo de Dios…que nos da y debemos aprovecharlo. Es tiempo que existe ahora mismo y no volverá a ocurrir, por eso hay que exprimirlo al máximo, sacarle partido, utilizarlo con inteligencia.
La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.
Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.
La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.
En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.