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Pagodas Gemelas
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Pagodas Gemelas

Publicado 14/02/2026 03:27

Saqué la frase de la galleta de la suerte: «cualquier día del año puede ser 14 de febrero.»

I

¿Qué espacio habita un escrito, antes de ver la luz? ¿Ha sido pensado desde siempre, como las estrellas, tal cual es? ¿Puede sufrir modificaciones con el transcurso del tiempo, en caso de haber sido concebido y llevado a la prensa diferente? ¿O esas modificaciones, posteriores, lo conducen a su destino real? ¿Cómo interviene la inteligencia del lector? ¿Esa inteligencia lo completa y define? Más preguntas. ¿Ese texto también queda alojado, en su integridad, en otro espacio diferente, paralelo a la mancha de tinta de la página impresa? ¿Puede conservarlo un espacio físico?

II

Algunas interrogantes me las planteó la visita a las Pagodas Gemelas, Gusu, Suzhou, China, el mes pasado. En las últimas cuatro semanas, les di vueltas en la cabeza, sin atinar a ponerlas por escrito. Sentado a la mesa de trabajo, a altas horas de la noche, apuré dos tés locales, sin redactar ni una sola frase que haya sobrevivido a la crítica más benévola y tolerante. Llené un cuarto de la papelera con las páginas del cuaderno hechas bolas.

Las Pagodas Gemelas, erigidas en el período Taiping Xingguo, dinastía Song del Norte, esto es, hace 1001 años, se encuentran en el centro de Suzhou, una ciudad con fama de albergar unos jardines característicos de la cultura Jiangnan. No demasiado lejos de la calle Feng Men, con su mercado a cielo abierto, y de Pingjianglu, otra calle pintoresca, se encuentra el lugar referido.

Nada más traspasar el umbral del templo —acaso, en parte, por efecto del té Longjing del Lago del Oeste, Hangzhou—, mi sombra tomó la iniciativa, caminó adentro, se perdió entre las piedras. Yo me quedé afuera, a su espera. Alcancé a ver el salón principal del Templo Luohan, las piedras grabadas con ornamentos cargados de sentido, flores, esferas, leones, dragones, monjes, líneas geométricas. La brisa, al pie de la puerta, comunicaba una atmósfera antigua.

III

Para no interferir en el paseo de mi sombra, me retiré unos pasos. Busqué un callejón, no demasiado lejos del baño público, y no me moví del sitio, ni siquiera para alquilar una batería para mi teléfono, que daba el 41%. Un par de monjes en la calle enfrente, le cedió el paso a una motocicleta eléctrica y continuó su camino. Llevaban un ramo de rosas y una bolsa de frutas. Otros transeúntes se detenían a mirarlos.

Para alguien en mi condición, con la planta del pie izquierdo lastimada, por haber corrido más de medio kilómetro, con unas botas grandes, para llegar al cine, y el costado derecho del cuello torcido, no resultaba fácil permanecer en el mismo lugar. Miraba el reloj de pulso, giraba —lo que el cuello permitía— a los costados, retomaba la posición inicial. Con el paso de los minutos, más personas esperaban igualmente en un punto fijo de la calle, en lo que suponía era el paseo de sus respectivas sombras por el interior del templo. No tardamos en reconocernos en la misma situación. Con el paso de los minutos, el mismo número de monjes, dos por persona, caminaba en la misma dirección, con el ramo de flores y las frutas.

Para un aficionado a la ficción, la escena podría asemejarse a una estampa de esas historias. Para mí, en cambio, ignorante de esa literatura, incapaz de apreciar el suceso con la distancia proporcionada por el bagaje cultural, parada ahí, el creciente asombro me impedía interpretar los hechos como un escenario creado por alguien más, con la palabra escrita. Todo era verdadero. Sí correspondía la fecha del reloj al día que transcurría. El billete de tren en el bolsillo de la camisa reflejaba la misma fecha. Busqué la galleta de la suerte del almuerzo, releí la frase: «Cualquier día del año puede ser tu día del amor y la amistad.» Todo encajaba.

La noche anterior, en la cena, el dueño del restaurante me había preguntado si no viajaría a otra ciudad. Tras las frases habituales de dos amigos que pasan temporadas sin saber nada el uno del otro, salvo asuntos generales, en el muro del círculo de amigos de las redes sociales, me dijo que si no había visitado el mercado de la calle Feng Men, Beisita y las Pagodas Gemelas.

En el momento, no le di importancia a sus preguntas. Le respondí que en el pasado había ido varias veces. Pero ahora, parado en la calle, con otros monjes caminando en la misma dirección, en un número proporcional a las demás personas, como yo, al borde de la acera, pensé que nadie que hubiera compartido un largo tiempo en la misma ciudad te preguntaría si has visitado esos lugares de interés histórico y turístico. Sería como decirle a una persona natural de Salamanca, España, por ejemplo, que si ha visitado la Casa de las Conchas y la Catedral Antigua, o como decirle a un mexicano que si ha probado las nieves del quiosco del pueblo mágico donde vive. Cuando reparé en la situación, vi que algo no andaba bien.

Revisé la carga del teléfono: 41%. Saqué la frase de la galleta de la suerte: «cualquier día del año puede ser 14 de febrero.» Sí, algo no marchaba bien. Revisé el billete de tren de nuevo. No decía Wuxi-Suzhou, sino Nantong-Suzhou. Cuando recobré el aliento, di unos pasos adelante (al final de la jornada, observaría que el dolor de la planta del pie izquierdo habría desaparecido). Llamé a la persona más cercana, en chino, o inglés. El joven, de menor edad, en torno a los 30 años, giró sobre sus talones y me habló en español, dijo «Hola.»

IV

Ahora, cuando redacto la columna, un escalofrío recorre mi espalda, la piel se me eriza. —¿Cuánto tiempo llevas aquí?—, le pregunté, en español. —Llegué poco antes que tú —respondió con naturalidad. Agregó: —vi cuando reclinaste el ramo de rosas contra la mochila. —¿Esperas a alguien?— le pregunté, temeroso de referir directamente a la sombra, como yo. —En realidad, yo he venido a reunirme con alguien más, que me esperaba aquí. Él ha entrado al hotel, probablemente, en busca de un recado—. Llevaba un buen abrigo, desgastado, cachemir. Tras ajustarse la bufanda cruzada debajo del abrigo, continúo diciendo: —parece que te encuentras en una situación similar.

Cuando las personas entraban o salían del hotel, se apreciaba música de piano. Con el tiempo, me pareció escuchar Caballos salvajes, de los Rolling Stones, tal vez porque la tonada me era conocida: para un inexperto de música, las melodías desconocidas no las interpretamos como son, sino que las acoplamos a lo que nos resulta familiar. La clientela tenía el equipaje al lado de los asientos. Atribuí la escena a la fecha del año, casi Año Nuevo. Yo perdí el cuidado. Entré por la puerta giratoria del hotel.

Busqué a una persona común y corriente, con quien yo entablaría una conversación en condiciones normales. No importaba que hablara otro idioma, pues al parecer, ninguna barrera lingüística resultaría un obstáculo. Vi a una persona no mayor, de unos 60 años, sentada en la barra, con una taza caliente. En esa taza, encontré la excusa para entablar la conversación. —¿Es un té local? —pregunté. —Parece ser. Simplemente, pedí un té. No mancha demasiado el agua, parece té blanco. ¿Tú no tomas nada? —preguntó. —Sí —respondí por inercia—, pediré lo mismo. —Recuérdale que traiga las pastas —advirtió—. Si no las pides, no las sirve. Vienen con el té.

Cuando nos sentimos en confianza —actué con cautela, por temor a que fuera realidad la experiencia—, le pregunté qué hacía ahí. —Nada, en realidad. Llevo en este asiento mucho tiempo.— Hizo una pausa, pasó saliva, acomodó el cuello de la camisa, continuó: —estoy aquí por un amor perdido.— El camarero sirvió el té, dejó un par de servilletas y volvió sobre los talones. —Las pastas, por favor —advertí. Él hizo un gesto por detrás de la espalda y a continuación las llevó.

—Al principio, todo marchaba bien. Vivíamos no lejos de aquí. Ella deseaba una familia numerosa, con muchos hijos. Me hablaba de un árbol en el jardín, para que los niños jugaran y recogieran los frutos con las manos.— Él bebía té, no alcohol, pero sus ojos tenían el vidriado de alguien que ha bebido más de tres copas. —Su nombre era… —continuó él —era… Lo siento, no puedo decirlo, si lo hago, me quebraré.— Le dio un sorbo a su té. Yo le acerqué mis pastas. Él me hizo una seña para preguntarme si podía comer tomar una. Le dije que por supuesto. También le extendí otra servilleta.

Pagué su consumición. Antes de despedirme, le hice una pregunta más. —¿Sabes algo de ella? —Vive cerca, a escasos 10 kilómetros. —Diez kilómetros, nada más —exclamé, sorprendido. —Solamente 10 kilómetros. Cuando perdí el empleo, no me atreví a volver a casa, por temor a resultar una carga para ella. Llegué al templo para pedir una limosna. Desde entonces, no he cambiado de lugar—. Tenía un tatuaje en el antebrazo, un ancla, o un timón. Sus manos eran las de las personas acostumbradas a trabajar con herramientas. Sentí los callos cuando estrechó mi mano.

Habían llegado más personas al hotel. En la mesa enfrente, en un apartado con sillones amplios, dos señoras conversaban, mientras un niño, reclinado en un cojín, jugaba con un juguete, o miraba el teléfono. Más allá, en otra mesa de la misma sección, una persona más o menos de mi edad buscaba algo en un folleto, escudriñaba el contenido. El mismo camarero se acercó y le sirvió su bebida. Él le preguntó algo sobre el folleto. Ambos tomaron el teléfono y confrontaron la información.

V

Detrás de la ventana, el templo de las Pagodas Gemelas lucía irreal, o demasiado real, mejor dicho. El filtro natural del cristal tornaba la escena de película. Un gato bien cuidado, como uno de porcelana, cola recogida, clavaba la mirada en otro diferente, flaco, con las costillas casi visibles, escurriéndose por un agujero en la pared. El piano continuaba. Busqué al intérprete. El biombo me impedía ver. Cuando di un paso para asomarme, me llamaron desde afuera, con una voz similar a la mía. Dijeron mi nombre, me pareció escuchar.

Giré sobre los talones. Acto seguido, desvié la atención. Carecía de importancia atender el llamado de alguien que desaparecería al despertar del sueño. Con un gesto cortés de la mano, me disculpé. Caminé de regreso a la renta de la batería del teléfono. Pagué un par de monedas. Al otro lado de la calle, pasó otro par de monjes, con una persona más, vestida de civil. Busqué sus sombras debajo de las farolas. Era la hora a la que cerraban el templo de las Pagodas Gemelas.

torres_rechy@hotmail.com

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