, 15 de febrero de 2026
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Dos toros de Antonio López Gibaja protagonizaron una capea nocturna de gran intensidad, brillante juego en el ruedo que acabó derivando en tragedia.
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Ciudad Rodrigo | Carnaval

Dos toros de Antonio López Gibaja protagonizaron una capea nocturna de gran intensidad, brillante juego en el ruedo que acabó derivando en tragedia.

Publicado 14/02/2026 03:42

Antes del desenlace trágico, la plaza ofrecía el rostro habitual de la fiesta: recortes limpios, muletazos improvisados y la tensión vibrante que acompaña siempre al juego entre el hombre y el animal.

Dos toros de Antonio López Gibaja protagonizaron una intensa capea nocturna en Ciudad Rodrigo, una de esas noches en las que la tradición, la imprudencia y el fervor colectivo se entrelazan hasta volverse indistinguibles.

Antes del desenlace trágico, la plaza ofrecía el rostro habitual de la fiesta: recortes limpios, muletazos improvisados y la tensión vibrante que acompaña siempre al juego entre el hombre y el animal. Los dos astados, negros, bien armados y de notable presencia, ofrecieron una embestida franca, con movilidad constante y remate en tablas, lo que permitió lucirse tanto a recortadores como a jóvenes maletillas que, entre aplausos y gritos, encontraron momentos de lucimiento. Un susto a uno de los maletillas que terminó derrotado por el astado dándole un bue revolcón sería el primer susto de la noche.

La velada, sin embargo, terminó por oscurecerse en un sentido literal y simbólico. Cuando la capea tocaba a su fin, uno de los toros asestó una cornada mortal a un conocido vecino mirobrigense, sorprendido contra las tablas en un instante de descuido. Era un habitual de estos festejos, alguien que acudía siempre con prudencia, resguardado en su burladero, más espectador que protagonista. Bastó un segundo para quebrar esa rutina y convertir la celebración en consternación.

Hasta entonces, el ambiente había sido inequívocamente festivo. La plaza se llenó con horas de antelación: cerca de dos mil localidades ocupadas por un público mayoritariamente joven que, desafiando el frío y la humedad, abarrotaba tanto el albero como los improvisados tablaos aún empapados. Mantas sobre los hombros, vasos en las manos y una paciencia alegre para esperar el inicio del festejo componían la estampa reconocible de estas noches invernales.

La música de la Charanga Alrojo servía de hilo conductor de la velada. Como en una escena casi ritual, sus sones arrastraban a grupos enteros de jóvenes fuera del coso y de vuelta a él, dejando por momentos el ruedo despejado, como si la plaza respirara antes de que se reanudara el enfrentamiento ancestral entre la bravura animal y la osadía humana.

En ese vaivén entre celebración y riesgo transcurrió la primera noche carnavalera: intensa, multitudinaria y, finalmente, marcada por un desenlace que devolvió a la fiesta su rostro más severo, recordando, una vez más, que bajo la apariencia de juego late siempre la presencia irreductible del peligro.