Cambiando el tercio, el riojano cogió el sombrero y desde el centro del ruedo brindó al cielo a la memoria de Taquio, de nuevo con un silencio conmovedor.
En el ambiente reinaba la tristeza por la muerte de Eustaquio Martín en el triste suceso vivido en la capea de la noche anterior. En este sábado, con Ciudad Rodrigo estaba abarrotado después de que el milagro del sol invitase a viajar a la histórica ciudad de las tres murallas, en la calle pesaba mucho la tragedia de Taquio, aún de cuerpo presente y con su recuerdo en los adentros de los farinatos, siendo el eje de las conversaciones en la que salía a relucir su alegría carnavalera y cómo disfrutaba con sus amigos y la gente de su peña.
De ese Carnaval, del que llevaba semanas atando todos los detalles sin poder pensar que de la manera más tonta iba a perder la vida, justo en el acceso de su burladero del alguacilillo, en el que pasó un montón de horas, siendo su estampa, tanto en las capeas como encierros, era otro símbolo de la plaza.
Su tragedia fue vista y no vista, corriendo desde ese instante la noticia a la velocidad de la pólvora y extendiéndose en pocos minutos hasta el último rincón de su pueblo sin poder contener nadie la impotencia, llorándolo los amigos y todo aquel que lo conocía. Porque Taquio siempre presumió de ser de Ciudad Rodrigo, donde era una persona de buen talante y con esa alegría que siempre muestran los farinatos en los días grandes del Carnaval.
Qué pena de vida cuando a primera hora de mañana, el Domingo Gordo, él que tanto disfrutaba con el encierro a caballo y la capea, antes de ir a comer con la gente de su peña, vaya a ser cuando reciba tierra.
Su espíritu estaba vivo, hasta convertirse en un Sábado de Carnaval muy diferente y así se apreciaba también en el festival, donde al finalizar el paseíllo se guardó un minuto de silencio a su memoria que llegó al alma. Fue un silencio que conmovió a quienes abarrotaban los tablaos y alguien muy especial, el doctor Enrique Crespo, al lado de su burladero no podía evitar las lágrimas de emoción porque esta vez no hubo milagro, al vivir la impotencia de ver cómo Taquio llegaba cadáver a sus manos y solamente pudo certificar su fallecimiento.
Finalizado el sobrecogedor minuto de silencio comenzó el festejo y salió el primer utrero de Talavante, quien este carnaval ha sido pregonero, ganadero y torero, que enseguida mostró su escasa condición en el capote de Diego Urdiales —que lució zajones— y además con el viento molestando mucho, lo que posibilitó que el saludo de capa se limitase a un par de lances de bella ejecución.
Cambiando el tercio, el riojano cogió el sombrero y desde el centro del ruedo brindó al cielo a la memoria de Taquio, de nuevo con un silencio conmovedor. Inmediatamente, con parsimonia se fue al distraído torete y, siempre con el inconveniente del viento, tuvo los mejores momentos sobre el pitón izquierdo, que era el bueno; por el otro no tuvo un pase, dejando detalles de la exquisitez de su sello. Mató de estocada y paseó una oreja.
Llegó Talavante y se enfrentó a otro utrero de su ganadería al que le faltó raza, aunque tuvo fondo de calidad. El de Badajoz firmó una larga faena, aunque falta de emoción por el escaso motor de la res, donde dejó solamente algún detalle de su torería. Mató de pinchazo defectuoso, estocada caída y descabello. Ovación tras aviso.
El tercero, también muy suelto de salida, no permite el lucimiento de Pablo Aguado —torerísimo en su traje corto con zajones—, quien brindó al doctor Enrique Crespo. Con la muleta acaricia varias embestidas con la suavidad de su temple, dejando momentos de su inmarcesible torería, mejor por la izquierda donde dejó las mejores series de muletazos dentro de un ambiente marcado por la gélida temperatura. Mató de pinchazo y estocada. Una oreja.
El Mene recibe al novillo por un recorte de tijerilla y busca el sabor a la verónica para rematar con serpentina. Brinda a Talavante y deja el sello de su personalidad en una faena de arrebato, pero sin continuidad, en la que brilla con un elegante y puro toreo al natural, buscando la despaciosidad. También con la diestra alcanzó altas cotas dentro de una faena, con marcado acento hierático, que fue a más. Fue una pena que el mal uso del acero le impidiera un triunfo más rotundo, en vez de una oreja.
Cerró la tarde Moisés Fraile, nieto e hijo de los ganaderos del Pilar, en la que era su presentación en festejo público, coyuntura que salvó con creces y dejó sembrada la semilla de la ilusión. Se enfrentó a un eral de su casa en el que salió dispuesto a darlo todo y buscar siempre el buen toreo. Ya con el capote se hizo aplaudir en un quite por gaoneras muy ceñidas. Después se gustó con la muleta, con susto incluido al inicio al resultar prendido mientras daba unos estatuarios, pero levantándose sin mirarse para volver al torete. Después siempre buscó el buen toreo. O lo intentó con mucha disposición. La pena fue la espada, que ahí anduvo más flojo.
Y acabado el festejo antes de la capea y el desencierro, siempre con el recuerdo de Taquio, que ya disfruta del Carnaval de la eternidad.
FICHA DEL FESTEJO
Ganadería: Se lidiaron cuatro reses de Talavante, de buena presencia y nobles, aunque flojas y de escasa condición; el mejor, el tercero. En quinto lugar salió un eral del Pilar, de buena condición y bravo.
Diego Urdiales: Una oreja
Alejandro Talavante: Ovación tras aviso
Pablo Aguado: Una oreja
El Mene: Una oreja
Moisés Fraile: Palmas
Ambiente: Lleno total en los tablaos en tarde soleada muy fría, con un molesto viento. Al finalizar el paseíllo se guardó un minuto de silencio a la memoria de Taquio Martín, fallecido en la capea de la noche anterior.