Para terminar, tras haber abordado la calificación del régimen venezolano y la vulneración del Derecho Internacional por parte de Estados Unidos, corresponde dedicar unas líneas a las actuaciones internas de Donald Trump.
Esta última parte la realizo aminorando las cuestiones técnicas (que pretenden dar consistencia a lo expresado), las cuales, en ocasiones, pueden convertir un texto en farragoso; sin embargo, son necesarias tales atribuciones si se desea exponer con criterio; de lo contrario, se incurriría en el error de las vagas afirmaciones. El sincretismo de Historia y Derecho ha constituido la perspectiva para analizar las cuestiones anteriores, mas en esta el proceder es aunar determinadas resonancias de lo acaecido en Estados Unidos durante el último año. Lo que sí permanece incólume es la misma dinámica que en los otros fragmentos, preponderando el ánimo de ser objetivo, ya que no obtengo beneficio alguno en esbozar críticas o loas a Nicolás Maduro, Donald Trump u otros personajes públicos.
De igual manera, es una oportunidad para establecer cierto diálogo con la coyuntura española, donde ya se lidia con grupos políticos de ideología exacerbada en los gobiernos de coalición, mientras que está medrando la otra cara de los extremos, la cual se consolida paulatinamente a nivel autonómico y nacional. Se debe aclarar que los términos polarización, radicalismo, extremos o ultras son comprensibles para todo aquel ajeno al mantra de dichas formaciones, cuyo objetivo es imponer sus convicciones y cercenar las ideas u opiniones contrarias.
Antes de proseguir con los sesgos que se están generando en España, debo dar lugar al protagonista de este texto, ofreciendo respuesta a la evocación de su progenitora como alegoría; destacar sus orígenes ha sido un impulso sentimental (de ahí la incisión en la cuestión migratoria) como hijo de inmigrantes de Bolivia y Perú, así como bisnieto de inmigrantes españoles. Siendo emigrante escocesa, en un sentido estricto se puede categorizar como extranjera; aun así, pertenece a la misma isla de donde partieron los fundadores de Estados Unidos (tanto Irlanda como Escocia se vieron subsumidas desde hace siglos por el colonialismo inglés). De igual manera, la actual cruzada del presidente contra los extranjeros, cuyo cénit (hasta el momento) han sido los acontecimientos en Minneapolis (Minnesota)— dos muertes a manos del ICE y la detención de un hombre junto a su hijo de cinco años—, constituye uno de los alarmantes efectos de la administración y marca la senda argumentativa. Y es que, una vez investido, sin demora, Donald Trump comenzó a cumplir sus promesas. Lo ha demostrado a lo largo de su primer año en la vertiente interna de su mandato, gobernando "a golpe de decreto" contra el medio ambiente (materia a la que tilda de "gran estafa"), la comunidad LGTBIQ+ (entre otras iniciativas, prohibición de acceso o pertenencia a las Fuerzas Armadas de las personas trans; mientras escribía estas líneas salió la noticia sobre la retirada de la bandera LGTBIQ+ del Monumento Nacional de Stonewall, una maniobra calculada contra un símbolo de los derechos civiles), la inmigración (generalizadamente, ha servido como faro donde desplegar la frustración en etapas de dificultades económicas) e indultando a sus acólitos por la "conquista" del Capitolio.
Un corolario del párrafo antecedente es resaltar que nos fijamos en el voraz rechazo a la inmigración del presidente, por su inexorable relevancia en el orbe; su denominación de presidente está difuminándose, pues se aprecia una oscilación hacia síntomas reflejados en la primera parte del artículo, cuya proliferación todavía está contenida por la división de poderes y el creciente rechazo de la ciudadanía. Incluso, y esto es una presunción, propios votantes del actual dirigente podrían estar reflexionando sobre el apoyo brindado. Dar apoyo electoral a un partido cuya política restringe (con esta acepción no estoy apelando a una política de "puertas abiertas") o pergeña medidas contra la inmigración también constituye una forma de olvido o rechazo de los orígenes. Ahora bien, este libre albedrío del elector es totalmente lícito y plausible a la fisionomía de solidaridad que manifiestan los promotores de estas iniciativas, quienes en ningún caso deberían pretender un do ut des: proporcionar una ayuda con el voto a modo de contraprestación. Solidaridad y, por qué no, necesidad, pues los propios empresarios han requerido más trabajadores tanto locales como extranjeros, regularizados (en cuanto al debate sobre la inmigración, interesa realizar un estudio comparativo con sus ventajas e inconvenientes, su incidencia en aspectos económicos, demográficos, etc.). Si bien, esta aportación la realizo por conocimiento directo de muchas personas que votan a favor de partidos que no han contribuido a su nacionalización española. Y es comprensible en alto grado, pues asocian el socialismo o pseudocomunismo padecido en sus países de origen con la izquierda española, lo que es un razonamiento en parte acertado, pues ciertos grupos políticos albergan, de manera más o menos explícita, políticas similares. En esta sintonía, puede inferirse que el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, carece de "afinidad" con el régimen castrista y otras variaciones semejantes en otros países.
Con la referencia a la población extranjera regular, surge la incómoda tesitura de clasificar al foráneo y esta es una herramienta empleada por Trump en sus órdenes ejecutivas: deportar a todo indocumentado sospechoso de cometer alguna infracción. Además, implementa el criterio de los agentes del ICE en aras de dotarlos con una presunción de veracidad casi irrefutable (cito un breve extracto de una noticia periodística: "[…]entran en viviendas privadas sin orden judicial, sin identificarse y sin justificar la operación[…]"), algo que ha sido notable en la respuesta del ejecutivo estadounidense tras producirse el fenecimiento de Renee Good (que particularmente ha suscitado tristeza en el panorama poético) y Alex Pretti. Ni siquiera las imágenes son óbice para tratar de justificar una acción propia de las policías secretas; precisamente, y a raíz del caso George Floyd, la sentencia del Tribunal Constitucional español 172/2020, de 19 de noviembre, generó una modificación en la Ley Orgánica 4/2015 de protección de la seguridad ciudadana frente a los abusos de autoridad en el ejercicio profesional de los cuerpos policiales. En general y sobre todo en los casos referidos, debería garantizarse la identificación de los agentes por el número de placa asignado; así ha sido la "salomónica" decisión de un órgano judicial de California, el cual, por un lado, bloquea la norma que prohíbe a los agentes federales actuar embozados y, por otro, insta a que su número identificativo esté en un lugar visible.
Otra medida de Trump contra la inmigración consistía en eliminar el ius soli en materia de nacionalidad, la ciudadanía por nacimiento en territorio estadounidense. Señalé antes la existencia de "diques" que impiden la proliferación de su política; en este caso han sido órganos judiciales los que han impedido su implantación por ser inconstitucional. En los párrafos siguientes expondré sucintamente los "contratiempos" que tiene este adalid, los cuales pueden acrecentarse el próximo cinco de noviembre.
Sin mayor dilación, ha de quedar latente que es su segunda vez al frente del gobierno de Estados Unidos. En el año 2017 se benefició del singular sistema electoral del mentado país, donde el devenir de las elecciones presidenciales se decide por el voto de los compromisarios o delegados (son 538) que forman el Colegio Electoral. Cada estado tiene una representación acorde con su población, pero salvo Nebraska y Maine, en el resto todos los delegados del estado corresponden al candidato más votado. La posibilidad de asimetría entre el voto electoral y el voto popular fue la razón de que el republicano ganara frente a Hillary Clinton, teniendo ella más apoyo de la ciudadanía.
Cuando se produjo el soliviantar de sus fieles que culminó con el conocido asalto al Capitolio, la consecuencia lógica sería el inminente ocaso político de Trump, por no hablar de los procesos judiciales en los que estaba inmerso. Sin embargo, este tipo de incidentes parecen espolear a la masa y resulta más complicado de entender si observamos el caso de su admirador Jair Bolsonaro, quien cumple condena por perpetrar un golpe de estado en Brasil. Lo describo como admirador porque Donald T. es el referente de cualquier populista, los ultraderechistas le rinden pleitesía y los de extrema izquierda pretenden simular ser lo contrario, pero en igual medida comulgan con el fanatismo.
En España también se experimentaron sucesos similares, aunque más atenuados, protagonizados por fervientes seguidores de uno y otro extremo bajo la alucinada premisa de salvaguardar el estado de derecho: por orden temporal, miles de personas rodeando el Congreso en 2016 o las protestas de Ferraz en 2023, donde posiblemente la única diferencia significativa sea la vestimenta. Sirven, o más bien, se acumulan estos precedentes en la aseveración de que el elemento radical actúa miméticamente en ambos sentidos, por muchos y vanos intentos de enmascarar sus procederes con alguna ideología. Tenemos multiplicidad de paradigmas en nuestra cotidianeidad; con una frecuencia in crescendo, los mismos que emplean laxamente (rayando en ocasiones lo hilarante) el término fascista son los primeros en hacer uso de la censura cuando se les niega la razón absoluta: se ha de temer la "libertad" que pregonan unos y otros.
Enfocándonos en el segundo mandato de Trump, obtuvo un holgado triunfo en las presidenciales y ahora se enfoca en las elecciones legislativas de noviembre. Con motivo de estas continúa resonando el ICE, la agencia de control de inmigración y aduanas, la cual está mutando a la consideración de milicia; de hecho, el senador estadounidense Bernie Sanders, en una entrevista con el periódico EL PAÍS, lo califica de "ejército doméstico". Una fuerza armada al servicio del adalid, quien pretende emplearlo en las elecciones legislativas de noviembre bajo el argumento de un posible fraude electoral.
Esta tentativa de amedrentar se debe a dicho vaticinio, viéndose obligado a buscar algún tipo de panacea, puesto que, con un triunfo de los demócratas en las elecciones legislativas, sus órdenes ejecutivas podrían verse comprometidas por la intervención de las Cortes en el supuesto de que fueran contrarias a las leyes o la Constitución. El próximo presidente también podría enervar lo dispuesto por las normas emanadas del ejecutivo de Trump, una solución que ahora se presenta a muy largo plazo si evaluamos la cantidad de medidas adoptadas en tan solo un año. La potestad reglamentaria es la empleada como vía propicia para que sus premisas vean la luz y en algunos casos se dilaten en el tiempo mientras no sean dirimidas por los tribunales federales.
Nuevamente en la comparativa con el panorama español, donde si no se desea una ultraderecha asentada en el gobierno cierto sector de la izquierda habría de renunciar a la proposición de medidas que en varias ocasiones fomentan la entropía (errónea denominación la de "progresistas", cuando emplean el caos para crear nuevas estructuras) y nutren al otro polo. Es la izquierda radicalizada la que perjudica con determinadas políticas hiperbólicas (el progreso jurídico ha de ser incesante, adaptando las normas de manera garantista a las demandas de la sociedad) e incongruencias mientras sus líderes continúan firmemente en su línea sin ningún pudor, pues para ellos no se produce ninguna repercusión: hablan y prescriben para el pueblo, pero su modus vivendi es el mismo que el de cualesquiera adalides sociales o comunistas amasando bienes. En este sentido, las elecciones de Aragón han aportado un aspecto positivo, la falta de representación de un extremo en el parlamento autonómico, y, uno negativo, la proliferación del otro. Estas elecciones se han producido coetáneamente con el triunfo electoral de un moderado en Portugal, victoria que en estos tiempos puede comenzar a catalogarse de extraña, habida cuenta de la tendencia global. De hecho, el mismo domingo se produjo un gran triunfo de la primera ministra Sanae Takaichi (de línea conservadora), cuya coalición obtuvo una amplia mayoría en la Cámara Baja de Japón.
Por ello, lo anterior no debe concebirse a modo de crítica subjetiva, porque es una realidad manifiesta en las urnas. Considero que cada cual debería cuestionar al partido que recibe su voto; tras muchos años se va comprendiendo que entrar en las invectivas sobre partidos es una espiral donde nunca se obtendrá la razón absoluta; un día surge un escándalo de corrupción en un partido y al tiempo en el otro, por aportar un ejemplo. Los partidos políticos terminan siendo espejos, e incluso aquellos que supuestamente nacieron para corregir todos los problemas albergados en el bipartidismo, hoy son fiel retrato de aquello que aborrecían. Solo el fanatismo de sus bases cree realmente en sus propuestas.
Cuando se aviva la llama reaccionaria, su producto son líderes como Donald Trump, quien contó con ciertos factores que le auspiciaron en su segunda elección: la incapacidad sobrevenida de Biden, la tentativa de asesinato contra su persona o las políticas adoptadas por los demócratas. En esta última circunstancia se halla un aspecto clave, la del votante indeciso e incluso podríamos decir moderado. En el caso de Argentina, seguramente muchas personas tenían dudas acerca de las consignas de Milei, pero preponderaba el sentimiento de romper con la etapa anterior. En Estados Unidos, la decisión del votante, debiendo escoger entre el conservadurismo trumpiano— valga esta adjetivación para resaltar que ya se conocía la personalidad y deseos de este (su idiosincrasia nunca ha decaído y se ha visto fortalecida)— y el programa demócrata que, a mi parecer, se asemeja en cuanto a sus fines al PSOE en España combinado con ciertas políticas más propias de una formación radical. La realidad en forma de resultados es que tales propuestas habrían decantado a parte del electorado, que habrá intuido cierta inseguridad jurídica en determinados y abruptos cambios. Por supuesto, el factor religioso tiene enorme relevancia, también provisto de incoherencias, pues es "complejo" entender la prohibición del aborto a la par que el apoyo a la pena de muerte, o el lucrativo negocio de la gestación subrogada (dependiendo del estado). Con este somero contraste, quede latente que el análisis pormenorizado de las normas emanadas durante un mandato siempre será objeto de críticas, ya que es imposible saciar la diversidad ideológica.
Cuán complejo sería aplicar contemporáneamente las enseñanzas de Francisco de Vitoria que en su Tratado sobre la ley decía: "No solo no le es lícito al príncipe, sino que es imposible que de una ley que no atienda al bien común, porque tal ley no sería ley y, si de algún modo constara que no mira al bien común, no habría que obedecerle".
Al final, todas estas apreciaciones se pliegan al inevitable devenir cíclico del sentimiento social; ahora la tendencia se decanta por el auge de las derechas y una vez experimentadas las consecuencias o cuando se produzcan fallas en el sistema, se buscará otra alternativa. Para ello deben persistir los pilares democráticos; esa es la única convicción que no debe caer en la utopía.
Cierro la tercera parte de este artículo, cuya intención era llevar a cabo un retrato de otro convulso acontecimiento entre los tantos que están asolando el orbe. La caída de Maduro probablemente señala una escalada de violencia vertical por parte del líder imperialista, una declarada trifulca a nivel interior y exterior, que en cierto modo entraña un declive en el otrora tan importante referente de la democracia.
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