Puse una vez en la contraportada de uno de mis libros una frase que decía “la nostalgia en dosis razonables tiene efectos sanadores”, y a saber cómo se me ocurrió porque no la saqué de ningún sitio internet de citas famosas. Aquel libro recogía muchos de los recuerdos de mi infancia de niña de provincias, y lo escribí para darme y darle a otros el gusto de leerlos todos juntos, sin ningún ánimo de autocuidado o de terapia post traumática.
La nostalgia, justamente, es difícil de administrar en esas pequeñas dosis sanadoras porque, la mayoría de las veces, una se instala cómodamente en sus brazos y acaba concluyendo que cualquier tiempo pasado fue mejor (que no) o que cualquier lugar donde una no vive y se gana el pan, es idílico (que tampoco). Basta una sucesión de borrascas en el sitio de mi recreo, que se parece bastante a uno de esos lugares idílicos, para pasar muchas tardes al calor de una mesa camilla que yo ya no tengo pero mi madre sí, y dejar que la loca de la casa que decía Santa Teresa nos lleve de viaje sin fin por los caminos de esa nostalgia.
En esos días de borrasca leo un libro colombiano (Colombia ya desencadena en mí una reacción nostálgica automática) que habla sin parar de los “lustrabotas” y, de repente, recuerdo a todos aquellos limpiabotas, en castellano de acá, siempre menos poético, que poblaban las arcadas de la plaza más bonita de España. Señores que iban vestidos de negro, con las manos ennegrecidas por el betún y que limpiaban y abrillantaban sin descanso unos zapatos igualmente negros, en una España todavía en blanco y negro y por un puñado de calderilla que, frecuentemente, se pagaba a voluntad del cliente. Estos señores ejercían también en el interior de las cafeterías, ahora casi todas desaparecidas a favor de gastrobares y tiendas de yogur helado; para su suerte, desaparecieron también los zapatos negros porque ahora vamos todos y todas en zapatillas hasta a las bodas y entierros, así que ese disgusto que se han ahorrado los desaparecidos limpiabotas, que ahora no se comerían una rosca. Añado que el sustituto de las cafeterías son esos antros pintados de blanco llamados “cafés de especialidad”, que ya me gustaría a mi saber qué especialidad tienen para cobrar lo que cobran por un café y para haber sustituido a aquellas donde reinaban los churros mañaneros y las tostadas de tres centímetros de altura para merendar. Se ruega contestación a quien la tenga.
Y como las borrascas no cesan e incluso se suceden en orden alfabético, me sumerjo en la lectura de mi paisana Carmen Martín Gaite, que gracias a su centenario han vuelto a publicar toda su obra. Ya llego tarde al centenario como a tantas otras cosas, pero no a recrearme con la prosa de Carmiña en las páginas de “El cuarto de atrás”, que es un ejercicio de sana nostalgia tejido con encaje de bolillos finísimo o con paciencia de filigrana plateresca, como ustedes prefieran; a ver quién en estos días es el guapo que escribe y se atreve a dedicar varias páginas a la diferencia entre modista o costurera o entre chifles y bigudíes y su posterior evolución que fueron los rulos; yo que me ocupo tirando a poco de mi desordenada cabellera soy capaz de visualizar perfectamente los tres elementos gracias a las descripciones de Carmen, y sin embargo no consigo entender en qué consiste el “café de especialidad”…
Dice Carmiña en sus libros, mientras contempla desde su ventana esa plaza de los Bandos donde vivía, que “el cuarto de atrás es el desván del cerebro”. De ahí salen, y solo cuando nosotros nos abandonamos al ocio, esas dosis de nostalgia que, si son razonables, tienen efectos sanadores y, si las dejamos salir en tromba, se convierten en melancolía; con esta última mejor tener cuidado, porque a veces se convierte en tristeza, que no es bueno. Y no busquen esta última cita por ninguna página web porque me la acabo de inventar yo.
Concha Torres
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