Jueves, 05 de febrero de 2026
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El peso del dolor compartido
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El peso del dolor compartido

Actualizado 04/02/2026 07:53

“La memoria de las víctimas es el único lugar donde la justicia comienza a ser posible.”

REYES MATE

“Mientras haya quienes mueran sin nombre y sin duelo, la violencia seguirá creyéndose legítima.”

JUDITH BUTLER

Hay momentos en la historia en los que el dolor deja de ser una experiencia íntima para convertirse en un hecho compartido, casi atmosférico, que envuelve a pueblos enteros. No es solo la suma de tragedias personales, sino una herida social que afecta a la memoria, al lenguaje y a la manera misma de estar en el mundo. A eso llamamos duelo colectivo: a esa experiencia común de pérdida que no se vive en soledad, porque lo que ha sido destruido —vidas, hogares, futuros— pertenecía también a la comunidad. En los conflictos actuales, de manera especialmente visible en la guerra de Ucrania y en el genocidio que sufre el pueblo palestino, ese duelo se impone como una realidad persistente que no encuentra reposo.

En Ucrania, el dolor compartido se extiende por ciudades bombardeadas, estaciones convertidas en lugares de despedida y casas abandonadas donde los objetos cotidianos permanecen como testigos mudos. No se llora únicamente a quienes han muerto, sino la vida interrumpida, la infancia truncada, la normalidad que parecía asegurada. El duelo colectivo no llega cuando cesan las armas; se vive mientras suenan las sirenas y se aprende a resistir con el corazón cansado. Judith Butler lo expresó con claridad al recordar que “sin la capacidad de duelo perdemos el sentido de la vida que necesitamos para oponernos a la violencia”, señalando que llorar juntos no es rendirse, sino afirmar el valor de cada vida arrebatada.

En Palestina, esta experiencia adopta una forma todavía más asfixiante. No hay distancia entre la pérdida y la supervivencia, entre el entierro y la necesidad de seguir buscando agua, pan o refugio. El sufrimiento se vuelve cotidiano, casi estructural, y el duelo colectivo deja de ser un tiempo para convertirse en una condición permanente. Familias enteras viven bajo la amenaza constante de desaparecer, y los niños aprenden demasiado pronto el lenguaje del miedo. En medio de esa devastación, las palabras de Mahmoud Darwish suenan como una afirmación frágil pero obstinada: “Amamos la vida siempre que podemos encontrarle un camino”. No es una negación del horror, sino una resistencia íntima frente a él.

Este duelo compartido incomoda porque rompe la comodidad de los discursos que buscan normalizar la violencia o justificarla con argumentos políticos y estratégicos. Frente a la tentación de reducir la tragedia a cifras, bandos o titulares, el duelo colectivo devuelve nombres, rostros y biografías. Obliga a reconocer que no existen muertes aceptables ni víctimas secundarias. Susan Sontag advirtió que “el dolor de los demás nos exige una respuesta ética”, y esa exigencia comienza cuando dejamos de mirar el sufrimiento ajeno como algo lejano o inevitable.

El duelo colectivo no es solo una emoción intensa; es también una tarea. Implica memoria, cuidado y responsabilidad. Se expresa en gestos aparentemente pequeños, pero decisivos: una vela encendida entre ruinas, una lista de nombres leída en voz alta, una escuela improvisada, una comida compartida. Estos actos no son meramente simbólicos; afirman la dignidad humana allí donde se intenta borrarla. Hannah Arendt recordó que “el derecho a tener derechos” es el fundamento mínimo de toda comunidad, y el luto compartido es una forma de reclamarlo cuando ha sido negado de manera sistemática.

Existe, sin embargo, un riesgo constante: que la repetición del horror genere cansancio moral o indiferencia. Cuando la violencia se prolonga y el dolor se vuelve rutina, la sociedad corre el peligro de acostumbrarse a lo inaceptable. Por eso el duelo colectivo no puede quedarse en la conmoción inicial ni en la pura emoción. Necesita traducirse en acción: protección de civiles, exigencia de ayuda humanitaria, defensa de la verdad frente a la propaganda y el silencio. Recordar no es quedar atrapado en el pasado, sino impedir que la injusticia se repita. Primo Levi lo formuló con crudeza al advertir: “Sucedió, y por tanto puede volver a suceder”, convirtiendo la memoria en una obligación ética.

Cuando este duelo común se vive con honestidad, no alimenta necesariamente el odio ni la venganza. Al contrario, puede convertirse en un límite contra la deshumanización. Llorar juntos no significa pensar igual ni justificarlo todo, sino reconocer una vulnerabilidad compartida que obliga a cuidar unos de otros. En un mundo saturado de imágenes y discursos, el duelo colectivo devuelve profundidad al sufrimiento y nos recuerda que cada vida perdida empobrece a toda la humanidad, no solo a quienes estaban cerca.

En última instancia, la forma en que afrontamos este duelo dice mucho de quiénes somos como sociedades. Podemos normalizar el horror o dejarnos afectar por él. Elegir lo segundo es negarse a perder la humanidad en medio de la barbarie. Como escribió Albert Camus, “la verdadera generosidad con el futuro consiste en darlo todo al presente”. Darlo todo hoy significa no callar, no olvidar y no renunciar a la dignidad humana, incluso cuando la violencia pretende imponerse como la única respuesta posible.

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