Miércoles, 04 de febrero de 2026
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Los nuevos apátridas: el pueblo rohinya
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Los nuevos apátridas: el pueblo rohinya

En 1982, el gobierno de Myanmar privó a la minoría musulmana de su nacionalidad, negándoles el reconocimiento como birmanos. Al quedar apátridas, no gozan de los derechos y protecciones que conlleva la ciudadanía, por lo que se encuentran totalmente desamparados. En 2017, una operación militar de las fuerzas de seguridad del país obligó a más de setecientos mil rohinyás a huir de sus hogares. Hoy, casi un millón de refugiados viven en el campo de Cox’s Bazar en unas condiciones inimaginables, arrastrando las cicatrices de la violencia que sufrieron, en lo que la ONU ya ha calificado como «limpieza étnica» y «posible genocidio».

Maria João Cabrita Torrado

Defensora de los derechos humanos

Los rohinyás son una minoría étnica musulmana en el norte de Myanmar, antigua Birmania, un país de mayoría budista. Debido a su religión, los rohinyás son blanco de una persecución sistemática desde hace décadas, marcada por la violencia extrema, abusos y asesinatos. El gobierno de Myanmar los niega como ciudadanos, considerándolos extranjeros ilegales y obligándolos a huir hacia Bangladesh. Esta es la realidad de casi un millón de personas que sobreviven en el campo de refugiados Cox’s Bazar, el más grande del mundo. Cruzan la frontera con las manos vacías, desnutridos, traumatizados y despojados de su hogar y nacionalidad, enfrentando un futuro incierto y dependiendo totalmente de la solidaridad internacional.

En 1982, el gobierno de Myanmar privó a la minoría musulmana de su nacionalidad, negándoles el reconocimiento como birmanos. Al quedar apátridas, no gozan de los derechos y protecciones que conlleva la ciudadanía, por lo que se encuentran totalmente desamparados. En 2017, una operación militar de las fuerzas de seguridad del país obligó a más de setecientos mil rohinyás a huir de sus hogares. Hoy, casi un millón de refugiados viven en el campo de Cox’s Bazar en unas condiciones inimaginables, arrastrando las cicatrices de la violencia que sufrieron, en lo que la ONU ya ha calificado como «limpieza étnica» y «posible genocidio».

Leticia Hijazo, responsable de proyectos de acción humanitaria del periódico El País, cuenta cómo se vive en el mayor campo de refugiados del mundo. Describe cómo el entorno genera una sensación asfixiante, ya que la mayoría de familias habitan en espacios diminutos, sin privacidad y sometidos a unas condiciones de gran precariedad: sin acceso a agua potable, servicios sanitarios adecuados ni medios de comunicación efectivos. Las tiendas de campaña retienen el calor de manera extrema, ya que, al estar elaboradas con plástico, se intensifica aún más la temperatura, haciendo el ambiente prácticamente insoportable.

Asimismo, las inundaciones, incendios, pobreza, hambre, violencia y enfermedades coexisten con la infelicidad y la desesperanza. Estas circunstancias tienen un impacto devastador en la salud de los refugiados: hay una clara relación entre la falta de saneamiento y la expansión de enfermedades como la sarna, el sarampión, el dengue, la diarrea aguda y las infecciones respiratorias.

En Cox’s Bazar, tampoco pueden estudiar ni trabajar, no son autosuficientes, ni siquiera pueden decidir sobre su futuro porque no saben cuándo van a regresar a su hogar. La situación está provocando un gran daño en la salud mental de los refugiados: ansiedad, depresión, trastornos bipolares, estrés post traumático. Sandra Zanotti, responsable de salud mental de Médicos sin Fronteras, cuenta en El País: «sienten que sus vidas no dependen de ellos mismos: no pueden regresar a su lugar de origen ni mejorar aquel donde viven. Solo hay tratamiento para lesiones e infecciones de transmisión sexual, pero no hay apoyo mental ni vacunación».

El país de acogida tampoco facilita su situación. Los rohinyás no pueden asistir a clase en Bangladesh, por miedo a que se les incentive a integrarse en la sociedad. Es la deshumanización total: un pueblo renegado, expulsado y desplazado sin pudor, confinado en un campamento donde viven como si fueran menos que personas. Un pueblo apátrida, sin un lugar al que acudir ni un hogar al que regresar. Esta es la realidad de los rohinyás, ¿acaso alguien merece semejante destino?

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