La provincia celebra una de sus festividades más arraigadas, marcada por la fe y la superstición popular. Aunque los vendedores tradicionales disminuyen, los salmantinos siguen acudiendo fielmente a su cita para adquirir la protección contra los males de garganta.
Cada 3 de febrero, el invierno salmantino cobra un matiz diferente. Más allá de mirar al cielo para comprobar si se cumple el refrán de que "Por San Blas la cigüeña verás, y si no la vieres, año de nieves", la jornada está marcada por un elemento humilde pero cargado de simbolismo: las gargantillas de San Blas. En una época del año donde el frío arrecia y las afecciones respiratorias son comunes, esta tradición ancestral emerge como un escudo de fe y color en la provincia.
A pesar de la transformación de las costumbres y el avance de la globalización, esta práctica pervive como un vínculo tangible con las raíces culturales que han conformado el imaginario colectivo de generaciones pasadas. Localidades como Salamanca, Béjar, Santa Marta y Ciudad Rodrigo mantienen viva la llama de una festividad que une lo religioso con lo popular, recordándonos que la identidad de un pueblo reside en la memoria de sus ritos.
Para comprender el fervor por estas cintas, es necesario remontarse a la figura histórica de San Blas de Sebaste. Fue un médico destacado que, además de ejercer su profesión, dedicó su vida a difundir el cristianismo hasta ser elegido obispo. La historia narra que, durante la persecución de Diocleciano, el santo se refugió en una cueva donde no solo atendía a personas, sino que también curaba a animales heridos.
Sin embargo, el episodio que lo consagró como protector de la garganta ocurrió camino de su martirio. Una madre desesperada presentó ante él a su hijo, que agonizaba debido a una espina de pescado atascada en la garganta. San Blas colocó sus manos sobre la cabeza del pequeño y rezó. El milagro se obró: la espina desapareció, el niño recobró la salud y el pueblo aclamó su intercesión.
Decapitado en el año 316, su fama trascendió los siglos. Hoy es considerado el patrón de los médicos otorrinolaringólogos y su culto dio lugar a oraciones populares que las madres repetían cuando sus hijos enfermaban: "San Blas bendito, que se ahoga el angelito". Asimismo, la liturgia conserva el rito de bendecir dos velas y colocarlas en el cuello de los fieles bajo la fórmula: "Por intercesión de San Blas, te libre Dios de los males de garganta".

La materialización de esta creencia en Salamanca toma forma en las gargantillas. Se trata de sencillas tiras de tela de diversos colores con el dibujo del santo impreso en un extremo y que, una vez bendecidas, se anudan al cuello. El significado es claro: proteger a quien la porta contra las enfermedades de la garganta durante los rigores del invierno.
La tradición dicta unas normas precisas para su uso. Las gargantillas deben llevarse puestas desde la festividad del santo hasta el Miércoles de Ceniza. Llegada esa fecha, el ritual concluye con un acto de purificación: las cintas deben ser quemadas, un gesto simbólico de fe y renovación que cierra el ciclo festivo.
Pese al cariño que muchos salmantinos profesan por esta costumbre, la presencia de las gargantillas en las calles de Salamanca enfrenta desafíos evidentes. La imagen de los vendedores con sus perchas repletas de cintas de colores, antaño omnipresente, se ha ido desvaneciendo.
El sector acusa una notable falta de relevo generacional. Los vendedores que mantienen sus puestos cuentan con una media de edad avanzada y el desconocimiento de la tradición entre los más jóvenes amenaza su continuidad.
No obstante, la tradición se niega a desaparecer. Cada año, un número considerable de ciudadanos sigue acercándose a los puestos para adquirir sus gargantillas, reforzando el vínculo con su historia y sus creencias. Aunque la costumbre tenga hoy menor fuerza que en décadas pasadas, sigue siendo un elemento definitorio de la identidad cultural de Salamanca, demostrando que las tradiciones, por frágiles que parezcan, perduran mientras haya quienes las valoren y las transmitan.