Sábado, 07 de febrero de 2026
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Hasta siempre Victorino
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OBITUARIO, POR ANTONIO RISUEÑO

Hasta siempre Victorino

Actualizado 03/02/2026 20:22

En la muerte de Victorino García Benito, cura de Vilvestre durante más de medio siglo

Conocer la noticia de su último respiro y desatar un sinfín de sentimientos, recuerdos y emociones, fue todo uno. Una vida larga, que, aunque siempre puede hacerse corta, por las limitaciones de la edad, podía estar ya estirándose más de lo previsto, y terminaba a los pocos días de su noventa y tres cumpleaños. Este hombre entregado en cuerpo y alma y para siempre, en las arribes del Duero, desde que llegó a Vilvestre en 1962; nunca perdió el profundo arraigo de la tierra que lo vio nacer: el Saúgo, en el campo de Agadones, al sur de Ciudad Rodrigo, limitando con la extremeña Sierra Gata, donde lo dejamos ayer mañana junto a Eleuterio y Francisca, sus padres de los que nunca se olvidó.

Tampoco perdió jamás de vista el seminario de Ciudad Rodrigo, donde adquirió la formación presbiteral, en medio de las dificultades propias de todo tiempo, y las carencias de aquellos duros años de postguerra. Pese a todo, siempre manifestó una profunda gratitud a sus años de seminario; que se hacía verdad en la gran cantidad de amigos forjados en aquella época, con los que se ha ido a la eternidad. Con el gran contratiempo, vivido por él y toda su generación, que vieron como cuando se sabían las respuestas, le cambiaron las preguntas. Pues el entorno religioso y social existente cuando, se iniciaron como curas; cambió diametralmente en pocos años. Para continuar mutando de una forma endiablada e insospechada. Cambios que afrontó siempre en compañía de otros curas, con su íntimo Nicolás Mateos como seguro baluarte, en una tarea que presentaba la dificultad de asimilar forma y fondo, en tan insegura realidad social y eclesial.

Victorino hombre abierto, con carácter recio y chispeante, llegó a Vilvestre en una noche de otoño, tenía 29 años, su primer tramo como cura lo había vivido en la Atalaya, pequeño pueblo cercano al suyo, pero del otro lado del rio Águeda. Allí dejó las huellas de su valentía de joven aguerrido, y con uñas jugando a la pelota y de cura con una apasionada espiritualidad. Condiciones que trajo a las Arribes, como hombre cuajado, siempre pendiente de su entorno, preocupado por las situaciones que se venían encima. Victorino vio, como sin apagarse del todo el bullicio de un pueblo con vida, conocido por ser cuna de hábiles tratantes de caballerías y ganado vacuno, que parecía emerger en los años sesenta y setenta del pasado siglo; la emigración de mucha gente joven, empezaba a dejar un tremendo rastro de soledad y abandono en muchas personas mayores. Su inquieta condición, no le permitió estarse parado ante tal circunstancia, para embarcarse en una aventura que abrazó su vida para siempre, la residencia de ancianos de Vilvestre. Un proyecto en el que compartió energías con su trabajo en la parroquia, donde siempre a golpe de corazón, emprendió un sinnúmero de iniciativas con todos los tramos de edad.

Su condición de hombre dinámico, le permitía estar cerca de los curas vecinos, con sus paisanos, con los de su curso, condiscípulos, que le gustaba decir a él; labrándose la condición de un verdadero compañero, en todo momento y circunstancia. Su muerte, a mí me da mil razones de vida, porque estoy seguro y compruebo que su rastro de existencia, sigue generando vida en abundancia. Ante lo cual, no puedo menos de decir: Victorino muchas gracias por todo y descansa en paz.

Antonio Risueño