El teatro de Ciudad Rodrigo se puso de pie para aplaudir el espectáculo del conjunto coordinado por el folclorista José Ramón Cid Cebrián
La entrega del mayor reconocimiento que otorga el Bolsín Taurino de Ciudad Rodrigo es uno de los actos más queridos en los inicios de este Carnaval del Toro que se deja sentir ya en las calles. Y es todo un teatro lleno el que escucha a los miembros del Bolsín Taurino, que este año celebran sus 70 años, al alcalde de la villa, Marcos Iglesias y a Julián López, pero no El Juli, el torero que ha recibido el premio en esta ocasión, sino a su padre, quien ganó precisamente el del Bolsín en los años setenta. No solo representaba así el padre al hijo que no ha podido acudir a Ciudad Rodrigo, sino que ha servido para recordar la labor de este festival taurino que, en sus inicios, congregaba a todos aquellos maletillas con sueños de gloria que luchaban por su futuro e incluso, por los papeles que les permitieran torear y no ser detenidos por aquella ley de vagos y maleantes que recordaba tanto mi padre, visitante asiduo por trabajo y gusto del Ciudad Rodrigo que aplaude al antiguo ganador del Bolsín.
Y es uno de los integrantes de este Bolsín quien, de nuevo, tiene la oportunidad de cerrar el acto con un concierto muy especial. Si el primer espectáculo de “Charros y Gitanos” se estrenó precisamente en este teatro y con el Bolsín, esta vez, José Ramón Cid Cebrián trae a su grupo con nuevas canciones y un disco apadrinado por el ayuntamiento de Ciudad Rodrigo y grabado en los estudios Roymar de Machacón, con la mano maestra de un técnico de sonido que ha vivido como suya la publicación del mismo, Antonio Nuevo Valle, asistido en todo momento por Fernando Sánchez Gómez.
“Canciones toreras, de Carnaval y del Bolsín Taurino” es un homenaje a la tierra de los Cid Cebrián que llega precisamente en el mejor momento: el aniversario del festival taurino y el comienzo del Carnaval mirobrigense. En el disco aparecen pasodobles que hablan del propio Bolsín, con letra de los bolsinistas y música de Agustín González Chico y Orduña, la famosísima pieza de la Campana Gorda que corea el público, pasacalles y romances recopilados por Cid Cebrián y un fandango propio del folclorista que se ha rodeado de nuevo de un grupo con el que desea “maridar la música tradicional charra con la tradición gitana”. Un espectáculo que ha cosechado éxitos en todos sus conciertos incluso en su visita a un Japón fascinado por los sones y bailes charros y gitanos.
De nuevo, Cid Cebrián lleva la gaita y el tamboril al que se unen las percusiones, el pandero cuadrado de Peñaparda, el almirez y sobre todo, las castañuelas, los pitos del charro de Cipérez –porque así presenta a los suyo Cid Cebrián, con el lugar del que provienen- Iván García Pacheco, quien baila junto a la espléndida cantante de Sotoserrano Mayra Pérez Muñoz, la niña que se iba de ronda a cantar con su abuelo y cuya voz se trenza con la cantaora flamenca de Salamanca Dalila Salazar Motos. Ambas recorren los dolorosos romances de los toreros que van a morir en la plaza, sin hacer caso a las novias y madres que les avisan de su destino adverso y disfrutan de las canciones de la fiesta por bulerías. Junto a Dalila, su hermano Aarón Salazar Motos, uno de los músicos más originales de nuestra ciudad, hace también gala de esa maestría que no podía llevarse a cabo sin la serena presencia de una guitarra excepcional, la de Nano Serrano, que de nuevo es el mástil de esta nave con un mascarón de proa que sorprende al público que interrumpe el espectáculo con aplausos: la bailaora zamorana Alicia Almeida, quien parece en estado de gracia.
Alicia Almeida ya nos ha sorprendido en cada uno de los conciertos de “Charros y Gitanos”, pero su versión de los romances de anticipación, vestida de negro y absolutamente sobria, deja al auditorio sin palabras. Representa la historia, el dolor de la mujer que maldice al torerillo que no se retira por no quedar como cobarde. Evoca los movimientos de la suerte, incluso pareciera ser el animal acechante junto al hombre condenado a la muerte. Absolutamente magistral, el taconeo de la bailaora desgarra el silencio del público cuando tanto la música como las voces se callan, incluso, cuando se trenzan sus pies, sus manos, todo su cuerpo con la guitarra de Nano, porque ambos se conocen sin mirarse, como los grandes intérpretes. Hay una fuerza dramática en la danza de Alicia Almeida que
impresiona. Una fuerza que se hace fiesta en la última pieza, pedido por el público que ha disfrutado de la danza, maravillosamente bordada de Iván y Mayra, y de las voces que de nuevo se unen en una sola tierra, una sola tradición, la de dos pueblos juntos que disfrutan de la música juntos. Y acaba el concierto con ese Fandango que es ya una seña de identidad de la obra musical de un folclorista enamorado de lo suyo, que ha elegido para el disco una fotografía en la que parece viva la tradición de un pueblo mientras suena, de nuevo y siempre, una campana que representa la tierra, la misma en la que viven las gentes de una Salamanca infinita que se sube al escenario con el respeto y el amor de lo nuestro. Y que siga.
Charo Alonso.
Fotografías: Fernando Sánchez Gómez, Charo Alonso.