Al hilo, ya algo lejano, del centenario de Carmen Martín Gaite, hace siete días les hablé aquí de Cumbres borrascosas, la gran novela de Emily Brontë que tradujo al español la escritora salmantina. Así lo hizo también con Jane Eyre, mi propuesta de esta semana, escrita por Charlotte, la mayor de las hermanas Brontë, que junto a Anne conforman una tríada excepcional e insólita en la literatura universal.
Jane Eyre no es, en puridad, el título completo de la obra. El libro que apareció en las librerías londinenses el 19 de octubre de 1847 llevaba en su portada estas palabras: Jane Eyre. Una autobiografía. Editada por Currer Bell. Como ya comenté en mi anterior reseña, las hermanas decidieron ocultarse bajo seudónimos masculinos —Currer, Ellis y Acton Bell— para publicar sus novelas: las dos mencionadas y Agnes Grey, de Anne.
Jane Eyre, protagonista del libro y personaje con evidentes paralelismos biográficos con su autora (como apunta, de manera algo misteriosa, su título), aparece ante el lector siendo aún una niña, con apenas diez años, sometida al despotismo de la familia Reed. Tras la temprana orfandad, queda al cuidado del señor Reed, hermano de su madre, cuya muerte, nueve años antes del inicio del relato, convierte la infancia de Jane en un suplicio. La señora Reed, sus hijas Eliza y Georgiana y, sobre todo, el primogénito John, cuatro años mayor, la desprecian y maltratan, envolviendo su existencia en un clima de represión, injusticia y arbitraria autoridad que hace de la mansión de Gateshead Hall un espacio de sufrimiento y oscuridad.
Su rechazo, a veces airado, a ese trato degradante provoca que sea acusada de desobediencia, rebeldía y maldad, y enviada al internado de Lowood, segundo de los cinco escenarios clave de la novela. Allí, la hostilidad doméstica se transforma en la rígida disciplina victoriana: condiciones materiales deplorables, frío, hambre, privaciones y soledad. La estancia solo se ve atenuada por la amistad con la sensible Helen Burns y el trato afable de Maria Temple, directora del centro, subordinada, no obstante, al severo reverendo Brocklehurst. Jane permanecerá en Lowood ocho años —seis como alumna y dos como profesora— gracias a su aplicación al estudio, su fortaleza y su capacidad para soportar la adversidad, conformando una personalidad disciplinada, aunque sin renunciar a su sensibilidad ni a su rechazo de la injusticia.
Con un bagaje intelectual sólido para la época y una identidad más madura, Jane decide, a los dieciocho años, abandonar ese entorno estable y construir una vida autónoma. Publica un anuncio ofreciendo sus servicios como institutriz y es contratada en Thornfield Hall, una mansión rural que, por primera vez, le ofrece una atmósfera acogedora. La discreta elegancia del lugar, la amabilidad de la señora Fairfax, ama de llaves de la casa, el trato cordial con su alumna Adèle y la serenidad del entorno colman sus aspiraciones iniciales.
Sin embargo, Thornfield será decisivo por otras dos circunstancias fundamentales. La primera es la presencia de su propietario, el señor Rochester: un hombre enigmático, temperamental, alejado del ideal romántico de la masculinidad, de carácter poderoso y alma atormentada. Su vehemencia, su ambivalencia —entre la cercanía afectuosa y la brusquedad intransigente— despiertan en Jane una atracción emocional e intelectual que será correspondida. Rochester ve en ella, más allá de su aspecto poco agraciado y de su condición social, valores como la fortaleza moral, la honestidad, la dignidad, la inteligencia y una intensa fuerza interior.
El segundo elemento decisivo es la aparición de hechos misteriosos en la mansión: risas siniestras, voces nocturnas, murmullos, forcejeos, gritos procedentes del tercer piso y la presencia fugaz de una criada de cometidos desconocidos. El escenario apacible va revelando una realidad oculta y oscura, tratada por la autora con una gradación magistral y envuelta en un aire onírico, indescifrable para Jane ante el silencio de los habitantes de la casa.
Por razones vinculadas a estos sucesos y a la imposibilidad sobrevenida de que su amor prospere, Jane se ve obligada, en una decisión que revela su firme carácter y sus valores morales, a abandonar Thornfield. Tras diversas vicisitudes, vuelve a ejercer como institutriz en Moor House, al servicio de los hermanos Rivers —Diana, Mary y St. John—, en un esquema familiar que remite a la propia vida de las Brontë en su hogar familiar en Haworth. Allí, sin apoyo afectivo ni económico, Jane debe rehacer su vida y enfrentarse a nuevas experiencias, reflexiones y dilemas.
A partir de este punto se suceden, sin que yo pueda desvelar los pormenores, giros inesperados de la trama, lances de fortuna, renovados afectos, una propuesta matrimonial impensada, la aclaración definitiva de los misterios de Thornfield y el desenlace de la relación entre Jane y Rochester, todo ello ambientado en un quinto espacio significativo: Ferndean.
Más allá del hilo argumental, la novela admite diversos planos de lectura. Destaca su reflejo de ciertos rasgos definitorios de la época victoriana: la situación de la mujer, privada de derechos civiles y educativos; su sometimiento al marido; la moral puritana; la represión del deseo; la férrea monogamia y la condena del adulterio.
Son relevantes también las conexiones biográficas entre Charlotte Brontë y su personaje; el peso de la fantasía y de los elementos góticos; las referencias a cuentos infantiles universales y al folklore del norte de Inglaterra. Asimismo, se repiten en la obra de Charlotte rasgos estructurales presentes en sus otras novelas: la ambientación en Yorkshire; el conflicto entre integridad y conformismo; la organización triádica de los personajes (el tutor, la institutriz y el clérigo); y la lectura del relato como un viaje físico y simbólico hacia la madurez.
Especial atención merece el tratamiento de la “cuestión femenina”. Aunque la novela fue bien recibida, las críticas negativas se centraron en su supuesta falta de feminidad, su vulgaridad, su anticristianismo y su rechazo de las convenciones. Charlotte fue calificada de “agitadora social” o “subversiva”, lo que ha llevado a considerar la obra como claramente “protofeminista”: defensora de la autonomía femenina, la independencia económica, el crecimiento intelectual y la igualdad (“No hay una persona más admirable sobre la tierra que una mujer soltera que se defiende sola en la vida…”).
Por último, destacan los rasgos estilísticos: la riqueza léxica, la agudeza psicológica, el uso simbólico del paisaje y de imágenes recurrentes —pájaros, fuego, hielo, agua, temperatura, tormentas, aire—, la voz narrativa en primera persona, adaptada a la edad del personaje, que interpela al lector y genera una intensa sensación de cercanía, autenticidad y verdad narrativa.
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Charlotte Brontë. Jane Eyre. Alba Editorial. Barcelona, 1999. Traducción de Carmen Martín Gaite. 696 páginas. 34 euros
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