Sábado, 31 de enero de 2026
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Tiempo ordinario
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Tiempo ordinario

Actualizado 25/01/2026 18:51

Pasan las semanas sin apresurarse, como cae la nieve, delicada, dulcemente. Habíamos olvidado el invierno de carámbanos y gorros con pompón y niños petrificados dentro de la ropa. Habíamos olvidado el tacto de la lana y hasta el picor de la bufanda en una boca que exhala nubes de vapor. Frío y frío, humedad que todo lo tiñe de un verde que resbala cuando el hielo cristaliza su belleza aterciopelada. Es invierno, invierno con todas las letras, con toda su belleza. Y hay un hombre infame que llama a un territorio “pedazo de hielo” mientras persigue a los suyos, llegados del sur, con la escoria armada que llena ciudades que conjuran el frío para protestar. Asistimos a las masacres diarias mientras los ucranianos tiemblan de frío otra vez, los rusos miran para otro lado y nadie piensa que en Gaza, los bebés mueren de inanición y las tiendas de campaña, húmedas, inservibles, vuelan dejando a las gentes agotadas a la intemperie. Vivimos la tristeza de los trenes que van demasiado rápido ¿Adónde queremos llegar con prisa, con avalancha, la puerta estrecha que pinta María Teresa Peña donde nos apresuramos, nos abalanzamos? ¿Qué tanto ganamos con tanta premura, con tanto ahínco por suprimir paradas de tren para arañar quince minutos en el destino mientras Sanabria se queda sin nada?

Vivimos el tiempo ordinario de la liturgia que debería ser sagrado en su quietud, en su sosiego. Tiempo de todos los días, como el pan, tiempo reposado, tiempo de latencia, casa, comida caliente, calma, cuidado. Tiempo para el recogimiento, la manta que abriga, el amor que cubre, la amistad que comparte un café caliente. Ordinario no es banal, es orden de los elementos, es invierno calmado, frío como tiene que ser, de espera en la tierra, de tarea en la casa, de guantes, maderos para quemar, carne que preparar para el resto del año. Y que sigan pasando los días mientras estemos protegidos de toda perturbación, porque parece que por ahora nadie va a venir a arrancarnos la casa, ni a llevarnos a un campo de concentración a punta de metralleta empujando a los niños. Tiempo ordinario para saludar al vecino, intercambiar ese comentario sobre el tiempo inclemente, regresar a la casa con la comida que calentaremos con cuidado, con afecto, con recogimiento. Tiempo ordinario porque la fiesta requiere de días de preparación, de calma. Tiempo ordinario para sentir el paso que no pesa, la cotidiana dignidad de cada acto, la alegría detenida de cada gesto, la bienaventuranza inmensa de estar al abrigo. Porque los hay que no lo están y ese es el ordinario desconsuelo de sus días, sus días dolorosos a los que damos la espalda, adoloridos.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.

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