Lunes, 26 de enero de 2026
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Marina Gómez, la pintora de Alaraz que expone una antología de la obra de toda una vida en la Torre de los Anaya
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EXPOSICIÓN

Marina Gómez, la pintora de Alaraz que expone una antología de la obra de toda una vida en la Torre de los Anaya

Actualizado 25/01/2026 20:00

“Dos tiempos, dos espacios” recorre la fecunda obra de la artista salmantina.

La particular configuración del espacio expositivo de la Torre de los Anaya se aviene perfectamente al concepto que quiere mostrarnos la artista Marina Gómez en este recorrido amplísimo de la obra de toda una vida. La parte inferior de la muestra, está dedicada a su trabajo más reciente, una originalísima visión matérica del paisaje y la pintura a través del uso del metacrilato, la fotografía y los diversos soportes; y la superior, recorre su pintura sobre lienzo, aparentemente más figurativa.

Sin embargo, en ambos tiempos y espacios, la originalidad y el talento de la pintora salmantina vuelven a fascinar al visitante. Marina Gómez, que ha convertido su casa en Alaraz en un Museo para la gente de su tierra y ha logrado mantener con gran nivel un Certamen de Pintura, es una artista que conjuga la emoción, la belleza y la ternura de su visión con el rigor de quien ha trabajado seriamente durante toda una vida el arte al que se ha entregado. Pedagoga y logopeda de formación y trabajo, la artista siempre ha participado de la enseñanza de taller –primero con Jorge Ludueña y ahora, con Consuelo Chacón- y de una actividad artística fecunda, tanto en el Madrid que habita como en el paisaje de su infancia que recorre en numerosas de sus obras.

Es Marina Gómez, en el excelente análisis que le hace Aníbal Lozano en el catálogo de la muestra, una espléndida muestra de unión entre su mundo interior y el exterior. Señala Lozano su emoción, su geometría, su conocimiento de la tradición y a la vez, su búsqueda de la abstracción matérica que ahora trabaja en esas “cajas mágicas” en las que atrapa el paso del tiempo. La ropa tendida es un símbolo que le sirve a la artista para reflexionar sobre ella, así como el uso de ese paisaje que nunca abandona a la artista: sus lomas y sus encinas de Alaraz que pinta, convierte en esculturas, hace cuadros-objetos donde la madera, el metacrilato, la fotografía y la pintura conforman una nueva realidad que nos habla de una artista siempre atenta, en búsqueda permanente.

Aprendió de su maestro Ludueña, y de la Escuela de Artes y Oficios de Salamanca, el Taller del Museo del Prado o el Círculo de Bellas Artes entre muchos espacios Marina Gómez el arte del color y de la composición. Sus bodegones no son un mero ejercicio, en ellos práctica diferentes técnicas, juega con el collage, incluye objetos del pasado que nos hacen pensar en el ritual cotidiano y en el valor de lo diario, de lo heredado, de lo que nos acompaña. El objeto en ella se vuelve significativo y habita estos bodegones de la memoria, siempre diversos. Es la poética de la materia, la emoción del objeto vivido, la belleza con la que atrapa todo la artista que, a la vez muestra una racionalidad sabia y contenida: sabe colocar, enfocar, usar el claroscuro, domina las bases de la pintura y a la vez, salta a la materia, a una dimensión más compleja, evoluciona, se libera y se inserta en la vanguardia.

Y son esos dos tiempos, precisamente, los que respeta el espléndido espacio expositivo de los Anaya. Un espacio unido por la emoción y la memoria con la que mira el mundo, su mundo, la artista: por un lado, el Madrid donde vive y ha trabajado, por el otro, fortísimo, el paisaje de Alaraz, la encina como símbolo de su tarea. La espiritualidad, sensibilidad, emoción de Marina Gómez atraviesa la muestra, auténtica antológica que promete más. Porque la artista sigue pintando, buscando, indagando, y poniéndose ante una obra que “habla e integra elementos de la naturaleza”. Y es un herbolario magnífico el que nos ofrece Marina Gómez, prensando las flores y plantas más modestas del campo para componer, en su laboratorio de experiencias, junto con los objetos cotidianos, esos relatos visuales que fascinan al lector que se sitúa frente a la obra.

Una obra de fecunda complejidad, belleza sabia que nos interpela. Y lo hace, sobre todo, del paisaje que conocemos. Un paisaje leído a la manera, siempre original, siempre emotiva, siempre renovada, de una artista que merece varias visitas y más de un tiempo y más de un espacio.

Charo Alonso

Fotografías: Carmen Borrego