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Los espirituales: Cristino de Vera (en memoria)
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LA PROVINCIA DEL ALMA

Los espirituales: Cristino de Vera (en memoria)

Actualizado 21/01/2026 09:58

Siempre que nos hemos acercado a ella, hemos sentido que la pintura de Cristino de Vera, que acaba de marcharse, está marcada y atravesada por la espiritualidad. Y, desde que conocemos su labor artística, tenemos al artista canario por uno de los espirituales.

Los espirituales. Susan Sontag indicaba –en un aserto querido y que nos gusta, por ello, repetir– que cada momento histórico ha de definir qué entiende por espiritualidad, para seguir manteniendo en pie ese territorio de la vida del espíritu sin el cual el ser humano carece de sentido.

Cristino de Vega, cuya vida ha sido muy longeva, se ha mantenido siempre fiel a ese territorio creativo que le pertenece y que siempre se ha visto –raro es el crítico o comentarista que no haya incidido en ello– muy espiritual.

Su pintura tiene alma. Hay en ella siempre un misterio luminoso. Es ascética, franciscana, sobria, esencial. Hay en ella siempre un amor a los seres y a las cosas. Al tiempo que un profundo ensimismamiento y una apaciguadora serenidad. Transmite armonía y está marcada por un orden que es cosmos que nos da sentido.

Hay en ella simbolismo, hieratismo, ritualidad. Nos invita al reposo, al recogimiento. Sus objetos, sus seres, sus paisajes, la ciudad de Toledo al fondo…, todo en esta pintura constituye una presencia trascendida, que, de ser mera materia, nos traslada a la vida del espíritu.

Sus bodegones, sus objetos ofrecidos sobre una mesa, que casi no es mesa, pues su materialidad se reduce a lo imprescindible, nos llevan a la importancia simbólica de la ofrenda, del ofrecerse, del estar ahí para los demás, para los otros, para la plenitud del mundo… De ahí que esta pintura, más allá de su serenidad, nos provoque siempre un íntimo temblor, porque nos pone frente a lo verdadero.

Estamos, en definitiva, ante una pintura metafísica, que bebe, por ejemplo, en la tradición española de un Zurbarán, pero también en la contemporánea de un Morandi, por ejemplo. Pero, al tiempo, es una pintura muy personal, muy suya y que, al contemplarla, se convierte en muy nuestra, pues se dirige al centro mismo de nuestra humanidad.

Seres enigmáticos y arquetípicos, paisajes esenciales y desnudos (se trasluce, en algunos de ellos, la presencia canaria), objetos, cuencos, tazones, vasijas, ‘vanitas’ enigmáticas de tradición barroca, con esas calaveras mondas…, toda la pintura de Cristino de Vera apunta al arquetipo, a lo universal, a lo intemporal permanente.

Todo conduce en ella a la purificación, a la esencialidad… Con esa humildad que la caracteriza, con esa luz y ese silencio que la impregnan, con esa serenidad que transmite, con ese misterio que, en ella, crea una atmósfera que nos lleva a caer en la cuenta de lo que somos y de lo que más debiera importarnos: la aventura del amor y de la fraternidad.

La plástica canaria contemporánea cuenta con hitos que nos ayudan a adentrarnos en una belleza muy contemporánea, muy ética y muy arquetípica. Ahí están esos dos imprescindibles artistas de El Paso que son Manuel Millares y Martín Chirino; ahí está, en un tiempo anterior, Óscar Domínguez y la Facción Surrealista de Tenerife, ahí están otros artistas y escritores que no podemos seguir citando ahora, pese a que no quisiéramos olvidar a dos autores como Agustín Espinosa y su hermoso Lancelot 28º-7º (1929), o Alonso Quesada y su bellísimo poemario El lino de los sueños (1915), prologado por Miguel de Unamuno; ahí está la mítica revista La rosa de los vientos

Ahí está, sí, Cristino de Vera y su pintura. Para nosotros, uno de los espirituales. Y ahora, en este tiempo que, peligrosamente, tiene tantas querencias por la barbarie, la pintura de Cristino de Vera es un asidero de una belleza serena, humanizada, que nos llama y convoca a los territorios de la fraternidad y del entendimiento.

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