“La simulación no es lo que es falso, sino aquello que sustituye a lo real.”
JEAN BAUDRILLARD
“La autenticidad no lo es todo; no todo lo auténtico es necesariamente valioso.”
CHARLES LARMORE
La religión consagra lo divino; la sociedad contemporánea ha consagrado lo auténtico. Esta afirmación, que atraviesa buena parte del pensamiento de Gilles Lipovetsky y encuentra una formulación especialmente clara en La consagración de la autenticidad, permite comprender una de las transformaciones más profundas de nuestro tiempo: el desplazamiento de lo sagrado desde un más allá trascendente hacia la experiencia íntima del individuo. Allí donde durante siglos la verdad se buscó en Dios, en la tradición o en los grandes relatos ideológicos, hoy se la busca en el yo, en la fidelidad a uno mismo, en la coherencia entre lo que se siente, se piensa y se vive. Lo auténtico se ha erigido así en un valor central, casi incuestionable, en una especie de nuevo absoluto que orienta decisiones personales, estilos de vida, formas de consumo y discursos públicos, y que estructura silenciosamente la manera en que los individuos se comprenden y se legitiman en el mundo contemporáneo.
Gilles Lipovetsky, nacido en 1944, es uno de los pensadores que mejor ha sabido describir este giro sin caer ni en el entusiasmo ingenuo ni en el lamento apocalíptico. Su obra, desde La era del vacío hasta Los tiempos hipermodernos, se ha centrado en analizar la transformación de las sociedades democráticas avanzadas, marcadas por el individualismo, el consumo y la disolución de los grandes relatos colectivos. Lipovetsky no escribe desde la nostalgia de un pasado supuestamente más sólido, sino desde la convicción de que la modernidad tardía ha generado tanto nuevas libertades como nuevas fragilidades. En ese marco, la consagración de lo auténtico aparece como un fenómeno ambivalente: liberador y problemático a la vez.
La idea de autenticidad no es nueva. Tiene raíces profundas en la cultura moderna. Rousseau ya había defendido la primacía de la conciencia y la sinceridad frente a la hipocresía social; Nietzsche condensó esa exigencia en una frase célebre, “llega a ser quien eres”, entendida como creación de sí mismo frente a la moral del rebaño; Kierkegaard y, más tarde, Heidegger y Sartre, convirtieron la autenticidad en una categoría existencial ligada a la responsabilidad y a la asunción de la propia finitud. En todos ellos, ser auténtico no era cómodo ni gratificante, sino una tarea exigente, incluso dolorosa. Implicaba ir contracorriente, asumir la soledad y cargar con el peso de la libertad.
Lo que observa Lipovetsky es que, en las últimas décadas, esta exigencia minoritaria se ha democratizado y, al mismo tiempo, se ha suavizado. La autenticidad ha dejado de ser una aventura heroica para convertirse en un derecho subjetivo ampliamente compartido. Ya no se presenta como una ruptura trágica con la sociedad, sino como una promesa de bienestar y realización personal. “Hemos entrado en el estadio consumista de la autenticidad”, escribe Lipovetsky, subrayando que el mercado y la cultura del consumo han desempeñado un papel decisivo en esta transformación. La publicidad, la moda, el turismo o la industria cultural no venden sólo objetos o servicios, sino experiencias “auténticas”, estilos de vida que prometen cercanía, verdad, singularidad.
Así, lo auténtico se convierte en un criterio omnipresente. Queremos alimentos “de verdad”, viajes “como los de la gente local”, relaciones “sin máscaras”, trabajos “con sentido”, líderes “coherentes”, marcas “transparentes”. Incluso la vida emocional se organiza en torno a esta exigencia: se nos invita constantemente a expresar lo que sentimos, a no reprimirnos, a ser fieles a nuestros deseos. En palabras de Lipovetsky, lo auténtico se ha vuelto “cool”, un valor socialmente reconocido y deseable, lejos de la marginalidad que tuvo en sus orígenes.
Pero esta consagración no está exenta de paradojas. Por un lado, ha ampliado de manera indudable los espacios de libertad individual. Muchas personas pueden hoy vivir su identidad, su orientación afectiva o su proyecto vital con una legitimidad impensable hace apenas unas décadas. En este sentido, la autenticidad funciona como un principio emancipador, coherente con el avance de los derechos humanos y con una mayor sensibilidad hacia la dignidad personal. Lipovetsky insiste en que la modernidad hipermoderna no es sólo frivolidad: también es preocupación por la calidad de vida, por la salud, por el respeto al otro.
Por otro lado, la autenticidad corre el riesgo de convertirse en una nueva norma opresiva. Cuando ser uno mismo deja de ser una posibilidad y se transforma en una obligación permanente, aparece la ansiedad. Hay que ser auténtico en el trabajo, en la pareja, en el ocio, en las redes sociales; hay que mostrarse único, creativo, realizado. Lo que nació como liberación puede convertirse en una fuente de presión constante, en una exigencia de felicidad y coherencia que no siempre es posible sostener. Como advierte Lipovetsky, no todo lo auténtico es necesariamente bueno, ni toda expresión del yo merece ser celebrada sin más.
Además, la alianza entre autenticidad y mercado introduce una ambigüedad difícil de resolver. El mismo sistema que promete experiencias “verdaderas” produce, a menudo, simulacros cuidadosamente diseñados. Guy Debord habló de la “sociedad del espectáculo”, donde la representación sustituye a la vida; Jean Baudrillard fue más lejos al afirmar que vivimos en la era de la simulación, donde los signos ya no remiten a ninguna realidad sólida. Lipovetsky no niega esta crítica, pero se distancia de su tono fatalista. Reconoce que vivimos entre artificios, pero señala que, incluso en ese contexto, la búsqueda de autenticidad expresa un deseo genuino de sentido, de proximidad, de no vivir del todo alienados.
La importancia de leer hoy a Lipovetsky reside precisamente en esta mirada matizada. En tiempos convulsos, marcados por la polarización, la aceleración tecnológica y la incertidumbre, su pensamiento ofrece una clave para comprender lo que nos pasa sin reducirlo a consignas simples. Nos ayuda a ver que la consagración de lo auténtico no es ni la salvación definitiva ni la ruina moral de Occidente, sino una respuesta histórica a la pérdida de referentes trascendentes. Una respuesta frágil, imperfecta, pero comprensible.
Al final, quizá la lección más valiosa de Lipovetsky sea una invitación a la lucidez. La autenticidad es un valor necesario, pero no un ídolo. Puede enriquecer la vida cuando se combina con la responsabilidad, el cuidado del otro y el reconocimiento de los límites. Puede empobrecerla cuando se absolutiza y se convierte en narcisismo o en mercancía emocional. Entre la religión que consagraba lo divino y la modernidad que consagra lo auténtico, se abre un espacio intermedio donde la tarea sigue siendo la misma de siempre: aprender a vivir con sentido en un mundo cambiante, sin falsas certezas, pero también sin renunciar a la verdad que, de algún modo, seguimos buscando.
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