Martes, 20 de enero de 2026
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Nostalgia de la nieve
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Nostalgia de la nieve

Actualizado 18/01/2026 19:56

Al perrete de la casa, viejo, viejo y renqueante, le gusta el frío, y la nieve en la que mete las patitas, como lo hace la gata coja, que no deja de atisbar pájaros por la ventana, dedicada a su noble envite de caza. Es San Antón que cuida a las criaturas grandes y pequeñas del salmo y se matan los cebones en las esquinas rurales de nuestros pueblos y yo recuerdo a mi madre pelando pies de cerdo y lavando tripas, mientras me apartaba de esa tarea para enviarme a las artesas porque había que ser útil. Útil en medio del trabajo laborioso, del frío, del agua que se hervía en la lumbre para seguir deshaciendo la carne, para ponerse a preparar la comida de las gentes, patatas con sangre o cabezas asadas y, de postre una copa de aguardiente y una perronillla y a seguir adobando para embutir los chorizos. Trabajo y trabajo al frío del corral, de la artesa llena que hay que especiar, mover, los brazos hasta los codos sucios de pimentón.

A la vera de la lumbre, del hogar que nos quitaba el frío, el gato permanece en su quietud de estatua egipcia, mirándolo todo con curiosidad, ahíto de olores. Una vez me riñeron porque dejé que se acercara al cacharro de barro donde se guardó la sangre y me fasciné con su lengua que entraba y salía en el rojo aún caliente. No se hizo ascos a nada, en las casas antes no se tenían tantos remilgos. El gato salió corriendo y yo me gané una bronca breve, porque había mucho que hacer para perder el tiempo riñiendo a una mocosa. Las matanzas eran una tarea infinita que acababa con las mujeres fregando hasta el último utensilio, los cubos y los peroles llenos de agua hirviendo, agua, agua, agua, jabón de lavar y tarea, tarea, tarea que mi abuela supervisó hasta el último momento.

Ahora, al perro de la casa le falla el olfato y no huele la sangre ni el humo de encina, pero sabe que algo pasa en las casas vecinas y se asombra de tanto ir y venir con monos y pantalones salpicados de sangre. La gata citadina, sin embargo, nada sabe de estos menesteres, se ha criado en la calle, pero no en un pueblo, y su único afán ahora es salir al patio a perseguir pardales y cuando llueve se moja y cuando cae ese leve manto de nieve, se sorprende. La pisa y se enfría la patita coja que pone encima de las hojas que estudia mi hija o de plano, sobre el teclado del ordenador. Y hay una risa de

sorpresa, una mirada al leve manto blanco que todo lo cubre con su benevolencia, porque por suerte vivimos en el calor del interior, en el abrigo de la casa. Y ella, mi hija, no la gata, que nunca conoció una matanza y la labor de lavar tripas, artesas y darle a la máquina de embutir, se ríe mientras nos escucha. Es el inicio helador de los santos de capa –San Martín, San Vicente, San Blas…- y la bienaventuranza de una hora más de luz. Y mientras, el perrete lo mira todo olfateando lo que no huele y la gata, desde la ventana, otea a un pájaro nuevo, la lavandera o aguzanieves, porque hace frío, porque es enero, porque la memoria nos devuelve al calor de la lumbre de la memoria.

Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.

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