Las miserias del patriarcado dominador y del machismo permanente en la sociedad española, la hipócrita concepción que de la democracia tiene el fascismo español irredento que va escalando posiciones electorales (y que gobierna en amplias zonas geográficas) y la absoluta desmotivación cultural e informativa de una parte magra de la sociedad española (deseducada, engolosinada, abducida y adormilada por la dulce pasividad de no hacer nada), se ven de vez en cuando azotadas por la emergencia de algunos concretos casos, eventos o circunstancias, que ponen a los machistas y a los defensores del patriarcado social, y al españolismo más cañí, al fascismo y a los totalitarios (y a esa parte pasiva, cómoda y egoísta de la sociedad), tanto frente a sus propias incongruencias como, sobre todo, frente a sus mezquinos principios.
Este es un país en el que el gentilicio y el índice de popularidad (ser español o ser famoso, o ambas cosas) casi carece de valor interno -salvo peloteos conocidos- y su defensa intramuros frente al Estado es de ardua consecución, pero que adquiere categoría de insoslayable y valor poco menos que de defensa de la dignidad nacional, poniéndose a su servicio toda la maquinaria institucional y mediática de limpieza y defensa, cuando el español (o la española) es muy famoso o ‘muy’ delincuente extramuros de la patria o es acusado o procesado por delitos que, por muy graves que sean, no valen nunca al parecer tanto como su carnet de identidad.
El actual caso del cantante Julio Iglesias, acusado de gravísimos delitos continuados en el tiempo, así lo demuestra, repitiéndose casi paso por paso en apoyos, rechazos y adjetivos, lo que sucedió hace años con Plácido Domingo (una suerte de palaciega solidaridad derechona, pija y despectiva, donde las moquetas parecen callar cualquier descenso a la vida de vivir).
Algo parecido, con las diferencias verbales (que no lo son tanto en la consideración delictiva), sucede con los casos de los españoles Pablo Ibar y Daniel Sancho (vigilados periodísticamente y popularizado y manoseado su caso, de algún modo, “absueltos” por el tácito tribunal del españolismo, frente a los casos de los también españoles José Bretón o los padres de Asunta Basterra, “condenados” por ese mismo tribunal antes de serlo por los jueces, por haber cometido su delito aquí, en la casa materna y no “por ahí fuera” donde parece que acusar a un ciudadano español es, ya, una acusación a la sagrada dignidad de la patria.
Sucede algo parecido cuando, aquí dentro, la defensa de los valores democráticos de, por ejemplo, la igualdad, los derechos de ciudadanía o la misma lucha del feminismo, son utilizados como moneda de cambio y hasta instrumento arrojadizo política y socialmente, despreciados, obstaculizada su consecución y explícitamente negados, pero cuando esos mismos valores se cuestionan, discuten o sojuzgan en otras latitudes (Irán, ahora), las mismas bocas (las mismas lenguas) que aquí los escupen, se convierten en sus más encendidas defensoras.
Podría reflexionarse largamente sobre la perversión del lenguaje y la adaptación de las palabras al propio interés o necesidad política. Repetición sería de conceptos (la estupidez, la manipulación de la opinión pública, los planes políticos de deseducación, la lucha por el poder…) que están estudiados por extenso y que constituyen, demostradamente en este país, una de las miserias de la comunicación, la información y el pobre crecimiento social. Pero mejor no hacerlo en este país, con este carnet, en esta hora.
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