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Inspiración poética
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Inspiración poética

Actualizado 17/01/2026 09:09

Las palabras también dicen lo que desconocíamos

Parte I. Poema «Inspiración poética»

Persigo, sin saberlo, una esquina

abierta como pétalo de rosa,

fragante, delicada, primorosa,

eterna, de los cielos inquilina.

Recorro, pie en piedra, el sendero

que lleva a otro lado no sabido,

allá en el paraje construido

sin nada que no cargue un madero.

Sereno, interrogo a las estrellas,

si ellas reconocen el destino

que tiene cada humano peregrino.

Lejanas, se sonrojan, siempre bellas,

esconden con la mano unos labios,

que inspiran por la noche a los sabios.

Parte II. «Palabras descubiertas»

En ocasiones, las palabras dicen lo que quieren decir, debajo del polvo acumulado por el uso de las generaciones. Tal vez, la primera palabra con el estímulo para reparar en esa condición fue el verbo descubrir. Por lo común, a vuelo de pájaro, pensamos en el significado relacionado con las y los grandes exploradores del mundo, que al cabo de caminar sobre la lava de los volcanes —lo que no hizo Plinio el Viejo— dan con el paradero, por lo menos, del Elíxir de la Vida. No obstante, si retiramos el pie del acelerador y ponemos el coche en punto muerto —no bajamos la marcha para no frenar—, podemos apreciar desde otra perspectiva la palabra, descubrir. Apeados, fuera del coche, con la mirada tendida a la cascada, o unas aguas termales, vemos el otro significado: retirar el velo que ocultaba algo.

Las palabras, para los escritores en primer término, pensamos, cobran una presencia clara y distinta, no solo en el soporte de papel, sino también en la conversación. Probablemente, algo suceda con los colores, en relación con las y los pintores, con los sonidos, con base en las y los músicos, con la materia, a partir del trabajo artesanal de innumerable clase de artistas. El objeto con que se hace algo —en el caso presente de una columna, las palabras—, cede el paso a una forma de ser nueva, clara y distinta, infundida por el ser humano.

Hoy caminé por una calle habitual de Nanjing, la avenida Zhongshan Lu. Cerca de un establecimiento conocido, 3z Coffee, vi una tienda nueva de antigüedades, con objetos artesanales, hechos a mano. En esa misma avenida, pero muchísimos kilómetros adelante, hay unos establecimientos también de antigüedades. Una amistad, paseando por ahí, me dijo, no obstante, que prestara atención, porque podía darse el caso de falsificaciones de objetos aparentemente inapreciables. Examinamos un par de escaparates, sopesamos la condición de dos o tres piezas. En la nueva tienda de antigüedades, cerca del café, examiné de cerca la piedra y cerámica. Escudriñé posibles daños físicos, que atestiguaran la historia de sus propietarios. Vi los objetos de menor interés, en este caso, prestando atención al precio, para mirar si convenía dejar de tomar una segunda taza de café para invertir las monedas en la adquisición. Los dependientes me miraban por el rabillo del ojo. Se preguntaban, acaso, si extendería la mano al buró que decía no tocar.

Un mes atrás o así, con ocasión de la recta final del semestre laboral, acudí a otro lugar, próximo al Templo de Confucio, para contraer pequeños detalles artesanales destinados a rubricar el esmero del equipo de trabajo. Ese artesano de sellos y yo nos hemos hecho viejos amigos, no tanto en virtud de un trato frecuente, como debido al respeto que confiero a su labor y el aprecio que él ve que deposito en sus obras. Todo lo hace casi a ras de calle, con un extractor improvisado para conservar el orden cuando labra las piedras y asienta los caracteres de chino tradicional. Estando a su lado, fingiendo no mirar con detenimiento su labor mientras preparaba otros sellos, tiempo atrás, aprecié algo que no había visto hasta entonces. Al tocar las diferentes piedras, todas grabadas con el mismo carácter, cada una me decía para quién era. Cada persona tenía su afinidad electiva con una determinada piedra, no otra.

Por un breve instante, quizá influido por la falta de un hábito de las almas sensibles, pensé que las piedras podían comunicar mensajes como las palabras. La escucha, o habla, en todo caso, dependería de las personas, por supuesto. En ese momento, bien envuelto en un abrigo por el frío de Nanjing, me pareció recordar la cita de un libro de Mircea Eliade, Herreros y alquimistas, que un historiador de Veracruz había referido en una conversación de sobremesa. Los objetos hechos a mano no pueden no comportar la magia, encanto, de las manos de la manufactura. El tiempo perdido en la obra, resurge, resucita, bajo otra forma incluso no prevista. Tomaba las piedras con la mano sin guantes y sabía para quién eran.

La semana pasada, en una columna con el hipervínculo a una entrada de mi cuenta pública de WeChat roto, Artesanía de un hombre, puse el título La muerte de la literatura. A ojos vistas, la intención no fue abordar ningún asunto fúnebre relacionado con las letras; con base en el recurso literario de una fallida litote. El interés primero del escrito apuntaba a la exaltación de usos y costumbres del trato cotidiano con los libros. Un recurso con el que podríamos favorecer su apreciación, decíamos, consistía en la elaboración de autómatas, dispuestos en las salas de museos, repitiendo de manera incansable acciones usuales en las personas letraheridas, como anotar los márgenes, buscar un libro, retirar una poesía debajo de la camisa de la encuadernación, escribir con la mirada perdida en la ventana, etc.

Esas prácticas también conllevan el uso de las manos. De manera paradójica, también en fechas recientes hablé sobre las manos en la cuenta pública de WeChat referida, en la entrada En otra parte. Pero en esa ocasión lo hice de un modo diferente. Señalé lo opuesto, el «no tocar», como el acto que sienta las condiciones para el verdadero establecimiento de una relación, del tipo que sea. No tocar con la vista, ni la palabra, ni el tacto. Conservar la cordura del respeto por el espacio ajeno. Otorgar, con el suministro de la lucidez recogida en la vigilia, el don de ser y sentir a sus anchas por parte del prójimo a nuestro lado. Si habláramos en términos de una estampa, no quedaría fuera de lugar compartir la lámina de un niño con la mano abierta y el globo volando a las nubes. El niño, por supuesto, no estaría llorando.

Pagamos los sellos y nos despedimos de nuestra amistad. Pagamos el obsequio pequeño que compramos al lado de 3z Coffee y lamentablemente dejamos de beber la segunda taza de café. El detalle valió la pena, no obstante. Caminando por la misma avenida Zhongshan Lu, dirigimos el paso a la Librería Xinhua, Plaza Phoenix. En la casa de té Tomic había unas mesas largas, bien dispuestas, donde no miramos inconveniente para asistir otro día y tomar asiento, tal vez para redactar otro escrito. Las ventanas generosas en amplitud reportan un sosiego que quizá no recordaba desde mis tiempos de Séneca.

Hemos hablado en un principio del verbo descubrir. Escribiré otro, enseñar. Enseñar se encuentra emparentado con mostrar, no creen: ambos sugieren la acción de tomar lo propio y ofrecerlo a la vista del otro. Enseñar, aplicado a la pedagogía, insinuaría asimismo el acto de mostrar al alumnado lo hecho por la, el, docente. Las palabras, cuando las inspeccionamos de cerca, nos dicen más a nosotros de lo que nosotros —muchas veces en vano— nos esforzamos por comunicar con ellas. Las, los, escritores saben, además, que es siempre la pluma, la escritura misma, la que termina diciendo lo que quiere, sin atenerse a la lectura ordenada por la, el, autor.

Las letras, cuando cobran independencia, nos escriben a nosotros. Nos dicen cómo somos, adónde vamos, dónde moramos. Nos volvemos cómplices de la senda anunciada por ellas. Las escuchamos, con sus sílabas de cristal en la mañana. Nos recuerdan los deberes, nos acercan la voz de alguien suspenso entre los renglones de la página. Las letras se agrupan en palabras. Confabulan. Tienden una red echada a un mar, donde no queda nada que no sea auténtico.

Cabría el añadido de la palabra conseguir, integrada por una preposición (con) y un verboide (seguir). Con seguir —o no levantar el dedo del renglón— se alcanza la meta. A propósito de esto último, escasos segundos antes de subir la publicación a la columna, llegó como una paloma mensajera, de un muy buen augurio, el recuerdo de otra palabra, usada por un escritor de los buenos, peruano, José Agustín Haya de la Torre, académico, poeta. No puedo no escucharlo decir paciencia, paz y ciencia, paciencia. La paciencia infundida por su aliento nunca careció de lecturas de sus obras manuscritas, inéditas, y de los cuantiosos libros que no escatimó en obsequiarme.

Parte III. Comentario a «Inspiración poética»

Por mi parte, a la exposición anterior podría agregar un descubrimiento, con base en la poesía. Al inicio de la columna, leímos el poema «Percibo, sin saberlo, una esquina». Tal como antes decíamos, en relación con las palabras, que ellas ofrecían un mensaje explícito, escondido a simple vista, en espera de nuestra atención, ahora diremos algo más. Las palabras también dicen lo que desconocíamos, en la poesía. El tiempo invertido granjea la comunicación de un mensaje personal.

torres_rechy@hotmail.com

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