Con el presente artículo he querido hacer una comparativa entre dos políticos completamente diferentes, Ayuso y Zapatero. La comparación no es nada difícil, teniendo en cuenta que la primera es un personaje políticamente siniestro y el segundo, un político honesto que ha trabajado siempre priorizando el interés general sobre el particular y el diálogo y la negociación como medio para conseguir los avances sociales, no utilizando el insulto ni la descalificación mezquina contra el adversario en la arena política.
El título de este artículo puede resultar provocador, pero lo que quiero transmitir a los lectores es la diferencia abismal que existe entre algunos personajes públicos dedicados al ejercicio de la política, es decir, a la actividad que consiste en el trabajo por el bien común, como Ayuso, la presidenta de la Comunidad de Madrid y Zapatero, quién fuera presidente del gobierno de España desde 2004 hasta 2011. Todas las comparaciones son odiosas, y más si el parangón se hace con dos personajes políticos cuyos mimbres ideológicos se sitúan en posiciones radicalmente diferentes, mejor dicho, se sitúan geográficamente en las antípodas la una de la otra.
Zapatero fue un presidente de gobierno que siempre se caracterizó por ser un político claramente innovador, un mandatario con una ideología política progresista o de izquierdas, honesto, con talante negociador, ánimo de consenso y con una sensibilidad personal inigualable. Ganó las elecciones en 2004 prometiendo que retiraría las tropas españolas de la guerra de Irak, y lo hizo, porque fue un conflicto bélico inventado por un presidente norteamericano que –no tanto como Trump, pero también enormemente imperialista- sin importarle que hubiese un régimen político autoritario o democrático en Irak, se lanzó a por lo que le interesaba: la producción de petróleo que tenía el país e incrementar su influencia en el mercado internacional y en el poder global del planeta.
Zapatero, además de honestidad política, sentido de Estado e instigador de una “alianza de las civilizaciones”, promovió reformas sociales nunca vistas hasta entonces, como la lucha integral: en los ámbitos civiles, administrativos, sanitarios y penales, contra la violencia de género, diferenciándola claramente de otro tipo de violencia en el ámbito doméstico: la familiar; con unas connotaciones propias, en las que se consideraba a la víctima, lesionada o puesta en peligro, no como a un miembro más de la convivencia doméstica, sino por ser mujer y ser considerada inferior al hombre en las relaciones de poder. También promovió una legislación propia, considerándolo matrimonio a las uniones de pareja del mismo sexo, haciendo una brillante interpretación de la consideración que la Constitución del 78 hace de la relación matrimonial. Por otra parte y también haciendo una interpretación muy brillante de la famosa sentencia del TC , la 53/1985, de 11 de abril, declarando constitucional la ley de despenalización del aborto, por el sistema de indicaciones, del primer gobierno socialista de Felipe González, que posibilitó la reforma de la despenalización del aborto, de 2010, en este caso introduciendo el sistema más avanzado de “plazos”, considerando el aborto consentido un derecho de la mujer, siempre que se respeten los plazos y los términos establecidos en la norma. Y, por supuesto. La constitución de uno de los pilares más importantes del Estado del Bienestar: la aprobación de la Ley de Dependencia, que tan beneficiosa es para un sector de la sociedad económica y socialmente más vulnerable: los pensionistas y las personas con discapacidad. Reformas sociales, políticas, económicas y culturales emprendidas por los gobiernos de Zapatero que pusieron a España a la vanguardia mundial en políticas sociales.
Pero no sólo fue capaz de hacer todo esto los gobiernos de Zapatero, sino que también, uno de ellos, el último, en 2011, fue el que consiguió la paz y la erradicación del terrorismo de ETA, organización criminal que abandonó la lucha armada y por tanto, dejó de matar, siendo ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba.
De Ayuso, la presidenta madrileña, podemos decir que tiene un parecido con Zapatero: ambos son tremendamente conocidos, aunque por distintos motivos. Los de Zapatero ya los he mencionado. Los de Ayuso son bien diferentes. Ayuso llegó al poder de la Comunidad de Madrid sin ganar las elecciones regionales, apoyada por Ciudadanos –una formación política oportunista, con un líder vacío de contenido, pero muy mediático hasta que se conocieron sus verdaderas y oscuras intenciones- y por la ultraderecha de VOX. Ayuso, que forjó su programa político por su exclusiva inquina hacia el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, sólo tuvo desde el principio de su mandato una ambición: conseguir todo el poder en sus manos, con una ambición personal desmedida, imponiendo su criterio sin respetar el Ordenamiento Jurídico, porque, al mejor estilo del poder tiránico y dictatorial, ella manda y los demás obedecen.
Ha hecho una “falsa bandera” de la libertad, incrementando, con ello, los privilegios de los económicamente más poderosos –quienes no ven limitada su ambición, al no existir reglas y dejar todo al libre albedrío del mercado- y limitando más las posibilidades de actuación de los más vulnerables. Hacer bandera de la libertad sin potenciar otros valores superiores del sistema democrático que, por otra parte, sirven de factores correctores de las desigualdades sociales, como son la igualdad y la justicia distributiva, supone implementar la inseguridad jurídica, económica y social y generar la mayor indefensión de los más débiles que, por desgracia, es la franja social donde se sitúa la mayoría de la población.
Potenciar ese libre albedrío salvaje, sin reglas ni límites, es lo que fomenta que los grandes tenedores de viviendas no las alquilen con rentas bajas y asequibles para quién no dispone de ellas y las necesita como bien de primera necesidad para poder vivir con sus parejas y sus seres queridos e independizarse socialmente. Que jóvenes mileuristas no puedan alquilar vivienda por precios inferiores a los mil euros es imputable, exclusivamente, a la voracidad de muchos propietarios que saben que tarde o temprano las arrendaran por esos abusivos precios porque siempre habrá sectores sociales que los puedan pagar o incluso saben que a esos jóvenes si no pueden ellos los ayudarán sus familiares más cercanos, hipotecándose las nuevas generaciones para toda su vida y viviendo en condiciones penosas. Potenciar este ultra neoliberalismo es privatizar los servicios públicos de sanidad, educación y servicios sociales, como se está haciendo en Madrid y que sólo puedan acceder a ellos los más poderosos, los que se los puedan pagar. Las consecuencias de todo ello lo vimos en la pandemia, en la que la Comunidad de Madrid dejó sin atención hospitalaria a miles de ancianos que estaban ingresados en residencias públicas mientras que los que estaban en las privadas sí tuvieron la posibilidad de ingresar en los hospitales y –al menos, aunque muchos no consiguieran sobrevivir- ser atendidos con absoluta dignidad y con medios paliativos para evitar el sufrimiento en los últimos momentos de sus vidas. Sabemos que, al menos, 7291 ancianos murieron de forma indigna por este tipo de medidas amparadas por la señora Ayuso.
Esta libertad salvaje y sin reglas que tanto adora Ayuso, es la misma que, por desgracia, está practicando Trump en la esfera social y política no solo de USA, sino del resto del mundo. Con esa ideología de la libertad salvaje y sin reglas –salvo la de la ley del más fuerte- Trump está ocupando países, como Venezuela y como pretende hacerlo con Groenlandia y está haciendo en política interior contra los inmigrantes, porque la policía norteamericana, ante un conflicto de seguridad ciudadana -como hemos visto- primero dispara con el arma de fuego y después investiga si a quién dispara y mata está cometiendo delitos o no. Al negro, al chicano, al latino, al oriental y al musulmán sospechoso primero se le dispara, por si acaso y luego se le detiene; el problema es que cuando lo van a detener ya lo han matado. Ese es el lema y la filosofía de Trump o de Milei; líderes políticos a los que admira Ayuso y Abascal y a los que copiarían en todas sus políticas si pudieran gobernar en España.
Además, y lo que es más grave aún, Ayuso está consiguiendo que el Poder Judicial también tenga un trato de favor hacia ella y hacia sus familiares directos. Lo hemos visto cómo, sin pruebas, el TS ha condenado al Fiscal General del Estado por intentar cumplir con su deber de promover la acción de la justicia en defensa de la legalidad, de los derechos de los ciudadanos y del interés público tutelado por la ley, como intentó hacer contra el “novio” de Ayuso, al haber cometido éste presuntamente varios delitos contra la hacienda pública y de falsificación. También estamos viendo cómo al Fiscal General le han acelerado el juicio y, en cambio, al “novio” de la presidenta no lo juzgarán hasta 2027 después de celebrarse las elecciones autonómicas, municipales y nacionales. Lo mismo está haciendo la justicia con el “caso Montoro” y otros relacionados con la Gürtel o la “operación Kitchen”, casos en los que presuntamente están implicados altos cargos de los gobiernos de M. Rajoy y de Aznar.
Y estas son las comparaciones entre un político decente y honesto, como es Zapatero, con un personaje político perverso y dantesco como Ayuso. Pero podrían hacerse comparaciones entre Ayuso y otros políticos diferentes a Zapatero, que también se esfuerzan por la consecución del bien común y por el ánimo negociador y el talante de consenso, como son de ello ejemplo muchos más políticos del actual arco parlamentario: Desde Yolanda Díaz, de Sumar, pasando por Gabriel Rufián, de Esquerra Republicana, Joan Baldoví, de Compromís o Aitor Esteban, del PNV, por poner sólo algunos ejemplos. He puesto a Zapatero porque, como sabemos, las plataformas ultra conservadoras como Hazte Oír o Manos Limpias, se han querellado contra Zapatero acusándole de participar en una trama de narcotráfico y blanqueo gracias a sus supuestos vínculos con el gobierno bolivariano de Nicolás Maduro. Precisamente Zapatero lo que ha hecho es mediar con los gobiernos de Maduro para liberar a presos políticos que permanecían encarcelados por el régimen chavista. Muchos de esos presos han sido liberados gracias a las negociaciones realizadas por Zapatero. La inquina y el odio que la derecha y la ultraderecha profesa hacia Zapatero, es tan patológica como la que practican contra el presidente Pedro Sánchez. Por algo será. Ya se sabe, quién no tiene recursos ni argumentos para derribar a políticos de este calibre, utilizan la mentira, la descalificación y el insulto porque se sienten impotentes para ganarles con juego limpio.
Con todos estos antecedentes, ¿realmente creemos que la sensatez de la ciudadanía puede cometer el gravísimo error de otorgar su confianza en los procesos electorales a personajes tan próximos a Trump o Milei como Ayuso, Abascal o Feijóo, en lugar de otorgársela a políticos sensatos, coherentes y honestos, que trabajan por los derechos individuales y sociales y las libertades de todos los ciudadanos, el equilibrio económico y la erradicación de la pobreza?
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