Virginia Jaén Robles, sobrina del malogrado matador de toros salmantino, recuerda la figura de su tío Julio cuando se cumplen 25 años de su fallecimiento.
Este miércoles, 14 de enero, Salamanca y el mundo del toro se detienen para recordar a una de sus figuras más queridas. Se cumplen veinticinco años del fallecimiento de Julio Robles, matador salmantino irrepetible, cuya huella permanece viva no solo en la historia de la tauromaquia, sino también en la memoria cotidiana de quienes compartieron su vida más allá de los ruedos. Entre ellos, su sobrina Virginia Jaén Robles, que pone voz al recuerdo íntimo de un hombre que, para los suyos, nunca fue únicamente un torero.
La efeméride llega con la misma mezcla de emoción y naturalidad con la que la familia ha convivido con su ausencia durante este cuarto de siglo. “Después de 25 años, a nivel familiar le tenemos presente en cada acto, en cada reunión”, explica Virginia. El paso del tiempo no ha borrado la sensación de cercanía; al contrario, refuerza la impresión de que Julio Robles sigue formando parte del día a día.
Esa permanencia en la memoria colectiva es, para la familia, tan impactante como emotiva. “Para nosotros no fue una figura del toreo como puede ser para el resto; para nosotros fue nuestro tío, uno más de la familia”, insiste. Y es precisamente esa dualidad —la del ídolo público y el hombre cercano— la que explica por qué su recuerdo continúa tan vivo.
Julio Robles perteneció a una familia numerosa, cinco hermanos —tres mujeres y dos hombres— unidos por fuertes lazos. Él fue el tercero. Actualmente, de los cinco hermanos Robles, sobreviven las tres hermanas: Candelas, Maribel (madre de Virginia) e Isi. El único hermano varón del torero, Florindo, falleció hace aproximadamente un año y medio. Julio no tuvo hijos y, quizá por eso, volcó su afecto en sus sobrinos, a los que trató como propios. Virginia lo expresa con claridad: “Con nosotras se comportó como el padre que nunca tuvimos”.

Ese papel se reflejaba en la convivencia diaria, marcada por la sencillez y la generosidad. “No alardeaba de su fama”, recuerda su sobrina. Su casa estaba siempre abierta, tanto para los chavales de la escuela taurina que acudían a tentaderos como para amigos y familiares. La finca se convirtió en lugar habitual de encuentros, celebraciones y Navidades compartidas. “Todo lo que tenía, lo compartía”, resume.
Entre los valores que más se repiten en el recuerdo familiar destaca uno que resulta especialmente significativo: la importancia del estudio. Julio Robles, que dejó la escuela siendo niño para perseguir su sueño de ser torero, fue un firme defensor de la formación académica. “Siempre nos inculcó el trabajo diario, la humildad y estudiar, estudiar y estudiar”, relata Virginia.
Él mismo contaba cómo se escapaba del colegio en bicicleta para ir “de tapia a los tentaderos”, decidido a forjar su propio camino. Sin embargo, quiso que sus sobrinos tuvieran una base sólida antes de tomar decisiones sobre su futuro. “Que luego cada uno decidiera, pero con una educación detrás”, subraya Virginia.
El toro nunca desapareció de su vida, ni siquiera después del accidente que le obligó a vivir en una silla de ruedas desde la terrible cogida en Béziers (Francia). Lejos de cualquier resentimiento, mantuvo intacta su afición. “Más que rencor, siempre estuvo muy agradecido al toro, porque su vida siempre fue esa”, afirma su sobrina.
En sus últimos años, disfrutaba del campo durante el día y reservaba las noches para visualizar el toreo. Grababa las corridas que se emitían por televisión y las veía en diferido cuando el insomnio le acompañaba. “Tenía una memoria impresionante”, recuerda Virginia, capaz de reconstruir cada faena con todo detalle.

Era también un hombre exigente consigo mismo. Al verse torear en vídeo, analizaba cada muletazo con espíritu crítico. “Era muy perfeccionista, se exigía mucho”, explica. Esa autoexigencia formaba parte inseparable de su forma de entender la vida.
El legado material se repartió entre el Museo Taurino —que custodia sus trajes, capotes y trofeos— y la familia, que conserva con mimo los objetos más personales. Una agenda telefónica, guardada “como oro en paño”, reúne los nombres de compañeros y amigos de una época irrepetible: Dámaso González, Roberto Domínguez, Ortega Cano, El Viti o El Niño de la Capea. Junto a ella, pequeños objetos cotidianos cargados de simbolismo: un tenedor adaptado, el vídeo con el que veía corridas durante horas, recuerdos que hablan del hombre más allá del torero.
Entre todas las vivencias, hay una anécdota que resume como pocas la pasión irrenunciable de Julio Robles por el toreo. Ocurrió en casa de Enrique Ponce, íntimo amigo suyo, durante una fiesta de despedida de temporada. Ya caída la noche, mientras otros toreaban una becerra, Robles observaba desde el palco. De pronto, lanzó una frase que dejó a todos en silencio: “Señores, que yo quiero torear”.
Improvisaron una muleta recortada, atada a su mano con una corbata. Aquella breve faena fue, para él, un estallido de felicidad. “Cuando volvió a casa nos lo contaba emocionado: ‘Familia, que he toreado’”, recuerda Virginia.
Ese espíritu inconformista le acompañó siempre. Tras el accidente volvió a volar en avión, a esquiar, a conducir… y, finalmente, volvió a ponerse delante de una res, aunque fuera de forma anecdótica.
Cada año, la estatua junto a la plaza de toros de La Glorieta se convierte en punto de encuentro para la afición, la familia y las instituciones. La ofrenda floral organizada por la Federación de Peñas Taurinas y el Ayuntamiento de Salamanca es, para los suyos, motivo de orgullo. “Más que tristeza, sentimos orgullo”, afirma Virginia.
“Es un orgullo que Salamanca le tenga tanto cariño y que siempre esté tan presente cada año”, concluye. Veinticinco años después, Julio Robles sigue viviendo en la memoria de su tierra, en la historia del toreo y en el recuerdo íntimo de quienes nunca dejaron de sentirle como lo que siempre fue: familia.

Fotografías cedidas por la familia de Julio Robles