, 18 de enero de 2026
Volver Salamanca RTV al Día
La última visita
X

relato-ficción de Francisco Blanco Prieto

La última visita

Actualizado 08/01/2026 15:07

El presidente de Honor de la Asociación Amigos de Unamuno en Salamanca ha decidido contar "una verdad quijotesca que acabe con algunos libros de caballerías que están apareciendo". Pide a los lectores que "cada cual invente su falsa historia unamuniana". Para los "historiaderos" interesados en hacerlo, sugiere que "retuerzan algunos episodios de la vida de don Miguel, con polémica, pero sin argumentos probatorios de sus falsas hipótesis".

LA ENAMORADA DESPECHADA

La doctora en Química, profesora de dicha asignatura y escritora bonaerense Delfina Molina, casada y con tres hijos, fue la eterna enamorada de Unamuno, con quien mantuvo una larga correspondencia amorosa durante años, llegando a desplazarse con su hija desde la capital argentina a Fuerteventura para acompañar, animar y consolar a su querido Unamuno en las difíciles horas del destierro. Acabó, finalmente, abandonando la isla al no se atendida por su Miguel como ella esperaba y muy molesta por ser desdeñada y no correspondida a su amor y entrega, merecedores de un trato cariñoso que compensara la donación, generosidad y esfuerzo realizado por Delfina para acompañar al hombre que la enamoraba, en aquellas difíciles jornadas de su amado.

A ojos de la familia y amigos de don Miguel, Delfina demostró con ese viaje un descaro y atrevimiento inadmisibles, presentándose sin autorización de Unamuno ni previo aviso, en la isla de Fuerteventura, estimulada solamente por su enamoramiento con un señor casado y con ocho hijos.

La última visita | Imagen 1

En tales condiciones, el desprecio sufrido por la enamorada hacía suponer todo lo peor, como vino después, cumpliendo el deseo de venganza ante la poca atención que recibió su amor no correspondido.

No obstante, de regreso a Buenos Aires continuó Delfina enviando cartas de amor a Unamuno, y cuando éstas llegaban a casa, su esposa Concha se las entregaba diciéndole: “Ahí tienes otra carta de esa loca”. Correspondencia que se mantuvo tras el fallecimiento de Concha, subiendo el tono de su fervor amoroso por el viudo Unamuno y llegando a presentándose en Salamanca para estar con él y conseguir el deseo de convivirlo.

En la última carta fechada en Buenos Aires en septiembre de 1936, poco antes de emprender en solitario su viaje a Salamanca, renueva ardorosamente Delfina su declaración de amor a Unamuno, con estas palabras:

Alma mía:

Estoy alarmada por ciertas noticias que publican los diarios dándote como fugitivo en Portugal. Te aconsejaría que no te afiliaras ni a unos ni a otros, pero he sabido tu adhesión a los rebeldes. No dudo que triunfen, lo que considero un bien para España. Has hecho bien en optar por ellos.

Sé que tu vida no corre el más mínimo riesgo, pero te recomiendo prudencia. ¡Cuídate, mi alma mía! ¿Qué puede existir más allá… de yo poseerte y de tú poseerme?

Soy tuya, sí mi alma mía. Descanso sobre tu pecho.

Cuídate, alma mía, piensa que estoy sola, lejos de ti, y piensa en lo que tú representas en mi vida. Recuérdame… que con recordarme sentirás que la máxima prudencia es deber tuyo primordial en estas circunstancias. Te visitaré en Salamanca en los próximos meses con el deseo de permanecer contigo. Te abrazo Miguel.

La última visita | Imagen 2

Cumpliendo su promesa, llegó Delfina a Salamanca de incógnito a finales de noviembre de 1936, con el nombre falso de Adelina para eludir el control policial, hospedándose en el hotel Universal situado en la calle Rúa Mayor.

Una vez asentada en la ciudad, realizó insistentes visitas a Unamuno en su domicilio de la calle Bordadores, sin que éste le prestase mínima atención y molesto con su presencia, pero manteniendo la cortesía de recibirla y la generosidad de invitarla a un café cada vez que le visitaba, ante las protestas y disconformidad de sus hijas que mostraban una clara hostilidad hacia ella cada vez que entraba por la puerta de la casona para visitar a su padre.

Finalmente, incómodo con la situación, enojado por la insistencia y agobiado por el acoso de la enamorada, decidió Unamuno terminar con la situación, pidiéndole el 29 de diciembre que le dejara en paz con su soledad, se volviera para Argentina y no volviera a verle, ni a escribirle, ni a molestarle con el enamoramiento que rechazaba.

Con pena inconsolable por el rechazo, Delfina se recluyó en el hotel dolorida ante el desdén sufrido, pasando del amor al odio y tramando una venganza, porque si Unamuno no iba a ser suyo, no sería de nadie. Con esa idea acudió a la droguería Escudero para comprar cianuro sódico, con el pretexto de hacer prácticas de química a sus hipotéticos alumnos, sabedora que una vez ingerida esa sal química en forma de polvo blanco y cristalino, produciría con el ácido clorhídrico del estómago el letal ácido cianhídrico que terminaría inmediatamente y sin pruebas de envenenamiento, con la vida de Unamuno, dando con su muerte cumplida satisfacción a su resentimiento hacia él.

Urdido el plan, sólo había que ejecutarlo haciendo que el último día del año fuera el último día para Unamuno, antes de salir esa tarde en el tren de las 18:45 h. en secreto anonimato hacia Madrid, donde tomaría un avión para Buenos Aires, desconociéndose durante 89 años la causa del fallecimiento de Unamuno, provocada por despecho de su enamorada, para resarcir la humillación del rechazo.

EL ÚLTIMO DÍA

La última visita | Imagen 3

A las ocho de la mañana del día 31 de diciembre de 1936, su hija Felisa le llevó a Unamuno el desayuno a la cama, permaneciendo luego cobijado en ella con sus pensamientos, hasta ser reclamado por su nieto, para entretenerle con lecturas de cuentos en torno a la camilla abrigada con brasero de cisco, único espacio de la casona donde no se congelaba el aliento, en el crudo invierno salmantino.

Dejando al niño dibujando en la galería, Unamuno salió al balcón para retirar los témpanos suspendidos en la barandilla, mientras contemplaba los negrillos nevados de las Úrsulas, inmóviles sobre la alfombra blanca que cubría la empedrada calle, compadeciéndose del pobre soldado-policía que permanecía inmóvil en la esquina, dispuesto a vigilar sus pasos las pocas veces que abandonó la casona, desde que decidió confinarse en ella.

Llegada la hora de comer, María, Felisa, el pequeño Miguelín y Rafael, se acomodaron junto a Unamuno en torno a la mesa sin pronunciar más palabras que las necesarias, para dar cuenta de la frugal comida que la joven doméstica Aurelia llevó a la mesa donde el padre y abuelo moriría poco después.

El silencio envuelto de dolor, apenas era roto por las pisadas de la criada, que iba y venía de la cocina a la pequeña galería iluminada por una ventana que daba al patio interior, hasta donde llegaban los gritos patrióticos, canciones falangistas y disparos sueltos, de quienes pasaban por la calle con aire marcial y provocador, coreando consignas y dando vítores a los líderes de la España nacional sublevada.

Concluido el almuerzo, quedó sólo don Miguel en la camilla sobre el sillón frailero, contemplando la higuera del patio interior a través de los cristales nublados y rotos por gotitas resbalantes, releyendo, Le Rouge et le Noir, de Stendhal para buscar en él acomodo a sus sentimientos, antes de recuperar los últimos versos escritos tres días antes, junto a las palabras de Julián Sorel profetizando que su destino sería morir soñando, mientras esperaba la anunciada visita de Bartolomé Aragón, hospedado en el hotel Novelty.

Así estuvo dos horas de sobremesa, reafirmándose en que si la vida era sueño, esto era lo único que quedaba, señalando la muerte, el sueño y el tiempo su despedida, porque morir soñando equivalía a soñar viviendo y vivir soñando no era más que morir viviendo. El sentido de la vida se reducía así para él en la vida misma, y la muerte no era más que una ventana al vacío donde todo sueño se diluía en humo y se difundía al infinito en manos del eterno invisible.

Mientras Unamuno pensaba en esto madurando nuevos poemas, la hija María pasó a ver a su amiga Paquita, hija de la vecina propietaria de la casa ocupada por la familia Unamuno, que se encontraba aquejada de un fuerte catarro gripal desde hacía varios días. Su otra hija Felisa arregló a su sobrino-hijo Miguelín y partió con él a visitar el belén del Hospital Provincial, saliendo Rafael con ellos para cumplir sus obligaciones de médico militarizado.

Minutos después, el soldado-policía que vigilaba los movimientos de Unamuno, observó que a las cuatro de la tarde, llegó a la puerta de la casa el profesor Bartolomé Aragón acompañado del rector Madruga, cumpliendo la cita acordada con Unamuno por teléfono, portando un ejemplar del periódico falangista La provincia de F.E. refundado en Huelva, junto a un folleto sobre corporativismo fascista, fruto de su estancia becada en Italia, para saber la opinión de Unamuno sobre ello. Pasó Aragón el escalón del umbral de la cancela y comenzó a subir las escaleras hasta el primer piso, mientras el rector Esteban Madruga continuaba su camino para asistir al entierro del magistral doctor Albarrán, retornando después a casa de Unamuno cuando éste ya había fallecido.

Recibió la criada Aurelia al visitante Aragón, acompañándole hasta la galería donde esperaba Unamuno, comenzando a conversar tras el saludo, diciéndole el maestro que se encontraba mejor que nunca y agradeciéndole que no se presentara con camisa azul, como hizo la vez anterior, pero reprochándole que trajera el yugo y las flechas, antes de advertir que iba a decirle cosas muy duras, rogándole que no le interrumpiera y negándose a ojear la revista que portaba, alegando que los fajistas iban contra la inteligencia, a lo que respondió Aragón que la Falange estaba con los trabajadores y que estos la apoyarían. Hablaron luego de Ortega y de su marcha de España, añadiendo Unamuno que la guerra era incivil, pues no trataba de salvar la cristiana civilización occidental, denunciando la situación creada por los militares rebeldes, que tenía aterrorizados a los salmantinos.

La conversación fue creciendo en intensidad verbal al analizar el momento por el que estaba pasando España, expresándole Unamuno su angustia y dolor por la brutal represión y salvaje guerra implantada por los rebeldes, evidenciándose con gritos la discrepancia entre ambos, que se endureció hasta el punto de excitar los ánimos de Unamuno cuando Aragón aludió a que Dios había vuelto la espalda a España disponiendo de sus mejores hijos, negando esto don Miguel enérgicamente dando un golpe enérgico con la mano sobre la camilla, al tiempo que sonaba el llamador de la puerta, obligándoles a callar.

Acudió Aurelia desde la cocina para abrir la puerta, quedando sorprendida viendo a Delfina en el umbral, quien le dijo que solo quería despedirse de Unamuno porque retornaba a Buenos Aires, sin que la criada adivinara la intención de sus palabras, antes de acompañándola hasta la galería donde se encontraban Unamuno y Aragón, que habían detenido extrañados su disputa.

Don Miguel puso mala cara, aceptando con desagrado la inesperada presencia de Delfina, pero respetando las formas ante el profesor falangista, pidiéndole a Aurelia que hiciera café para los tres, y diciéndole a Delfina que se mantuviera en la galería mientras él terminaba en el despacho su conversación con Aragón.

Al llegar Aurelia con los tres cafés a la galería donde esperaba Delfina y depositarlos sobre la mesa en los lugares donde cada uno estaba sentado, respetando espacio reservado de Unamuno en el en el sillón frailero de don Miguel, abandonó el salón dejando sola a Delfina en espera de que regresaran Unamuno y Aragón, tiempo que aprovechó ésta para echar los polvos de cianuro sódico sobre la taza de Unamuno, tomarse su café y abandonar la casa, sin que ellos se apercibieran de su salida entregados al debate que tenían, ni Aurelia oyera nada, pues la cocina estaba al otro lado del patio, con escaleras por medio.

Al regresar a la galería Unamuno y Aragón con calentura por el debate, no se sorprendieron por la ausencia de Delfina pensando que estaría en la cocina hablando con Aurelia, y sin darle importancia tomaron los respectivos cafés antes de despedirse, encontrándose Unamuno súbitamente indispuesto con ahogo en la garganta, al tiempo que su barbilla declinaba lentamente sobre el pecho hasta desplomarse sobre la mesa, dándose un golpe seco en la cabeza, preludio de la más negra noticia.

El silencio se hizo espeso en la sala donde ambos se encontraban, observando Aragón la escena estupefacto y confundido, sin decir palabra, manteniéndose unos segundos a la espera que don Miguel continuara la conversación. Fue entonces cuando percibió su muerte al intentar incorporarlo, saliendo de la estancia hacia la cocina donde estaba Aurelia, gritando por el pasillo: “¡Yo no he sido!”, “¡Yo no lo he matado!”. Al oír los gritos Aurelia acudió a tranquilizarle, dándose cuenta que algo grave le había sucedido al ver a Unamuno volcado inmóvil sobre la mesa, marchando a la casa contigua para avisar a María diciéndole que el señor se había puesto malo, acudiendo la hija en compañía de la vecina y propietaria de la casa, quienes rodearon afligidos y paralizados a don Miguel, momento en el que llegaron Felisa y Miguelín de su paseo, cuando eran las cinco de la tarde, viendo a Unamuno desplomado sobre la camilla.

Con ayuda de todos, lo recostaron en el diván que estaba sobre la pared, apoyando Pilar su cabeza entre las piernas y comprobando que aún estaba caliente, pero sin responder a estímulo alguno, mientras Aragón completamente desquiciado gritaba, considerando que los hijos pensarían en él como autor de la muerte de su padre.

Avisado el doctor Adolfo Núñez, compañero de tertulia de don Miguel, que vivía en un chaflán de la calle Doctor Riesco, frente al teatro Liceo, llegó inmediatamente pidiendo al falangista Aragón que fuera a la farmacia de la Plaza Mayor a comprar un medicamente inútil, porque el sino de don Miguel estaba dictado, no pudiendo hacer el médico otra cosa que certificar su defunción a las cuatro de la tarde, diagnosticando hemorragia bulbar, derivada de arterioesclerosis e hipertensión arterial que padecía, desconociendo la verdadera causa de su muerte.

Pronto acudieron sus hijos Pablo y Rafael, junto a Fernando llegado de Palencia, a los que se unieron cercanos amigos, al tiempo que Franco preparaba en la segunda planta del Palacio episcopal el mensaje de año nuevo con Giménez Caballero.

Mientras esto sucedía, Víctor de la Serna convocaba urgentemente a los mandos de Falange para organizar su participación en el entierro, entendiendo que era un buen momento para rentabilizar su memoria. Cabe suponer, por los resultados, que en esa reunión acordaron solicitar a la familia que les permitiesen trasladar a hombros su cadáver hasta el cementerio y organizar allí un homenaje falangista de despedida.

Todo fue confusión, dolor y desconcierto porque nadie esperaba aquel desenlace, cumpliéndose así el deseo de Unamuno de morir sin agonía ni sufrimiento físico.

Pasadas las once de la noche, una emisora de radio republicana de Madrid difundió la noticia de que Unamuno había sido envenenado, y otra afirmaba que lo habían fusilado. Y a las doce de la noche de su último día, mientras se estaba velando el cadáver de Unamuno, Franco enviaba por radio la salutación de año nuevo a los rebeldes «nacionales».

La paz en el rostro de don Miguel fue captada por el pintor José Herrero, mientras algunos de los que entraban en la habitación donde yacía su cuerpo se postraban de rodillas. Cuerpo ya deshabitado, pues su alma había huido hacia un destino siempre buscado por él, alojándose finalmente en el misterioso hogar del Padre Eterno, donde ochenta y nueve años después permanece sin descanso, disputándose “hunos” y “hotros” la memoria de un personaje singular, que solo estuvo consigo mismo manteniendo lealtad a sus convicciones y la verdad por encima de la paz.

EPÍLOGO

Delfina Molina murió de Parkinson el 22 de enero de 1961, a los 82 años de edad, dejando a sus tres hijos el testimonio de arrepentimiento por acabar con la vida del gran amor que tuvo, con estas palabras en sus memorias:

No quiero callar ya que estas memorias algo tienen de testamento, que tuve en mi vida un sostén invalorable, verdaderamente excepcional. Fue un ser en parte, en mucha parte real, y en parte forjado por mi fantasía y mi necesidad de apoyo. ¿Qué fue aquello? No acertaría a definirlo a quienes no estén capacitados para penetrar en este divino, sobrehumano misterio. ¿Fui correspondida? ¡Qué importa! En punto de amor, más cuenta amar que ser amado.

NOTA DEL AUTOR

Este domingo 11 de enero de 2026, he decidido contar la verdad quijotesca que acabe con los libros de caballerías que están apareciendo. Pido a los lectores que cada cual invente su falsa historia unamuniana. Para los 'historiaderos' interesados en hacerlo, sugiero que retuerzan algunos episodios de la vida de don Miguel, con polémica, pero sin argumentos probatorios de sus falsas hipótesis, como, por ejemplo:

- Los amoríos e infidelidades de Unamuno con doña Nati, o Delfina, transformando el despecho en envenenamiento, o complacencia amorosa de Unamuno, en deslealtad a Concha.

- Los elogios de Unamuno con Martínez Anido, Mola y Miguel Primo de Rivera, que pueden llevar con la imaginación hasta la amistad sincera.

- La incondicional entrega de Unamuno a la Falange en contra del verdadero rechazo que siempre le tuvo, pero que puede ser un buen filón desempolvar donde no hay polvo

- Su afinidad con el fascismo, buen tema para un fascista.

- El intento de asesinato de Unamuno por parte de Gil Robles, Esperabé o Severini.

- No digamos si el asesinato de Unamuno pudo ser urdido por el Padre Cámara. ¡Ánimo!

- También caben las especulaciones malsanas sobre la prematura muerte de Raimundín.

Y cien temas más.

Francisco BLANCO PRIETO

Catedrático de Física y Química

Doctor de Filosofía y CC.EE.

Presidente de Honor de la Asociación Amigos de Unamuno en Salamanca

Autor de 35 libros, cinco de ellos sobre Unamuno:

  • 2006. “Miguel de Unamuno. Diario final”. Globalia Ediciones Anthema. 789 páginas.
  • 2011. “Unamuno. Profesor y rector”. Hergar. Ediciones Antema. 701 páginas
  • 2013. “Unamuno en la política local”. Edifsa. 541 páginas.
  • 2017. “Miguel de Unamuno en las Cortes Republicanas”. Edifsa. 511 páginas
  • 2020. “Miguel de Unamuno. Mitos y leyendas I”. Edifsa. 641 páginas.
  • 2024. “Unamuno en la memoria de Salamanca”. Edifsa. 410 páginas.

Artículos publicados en Cuadernos de la Cátedra Miguel de Unamuno:

  • 2008. “Confidencia de Unamuno a su médico de cabecera”. nº 46, pp. 105-158
  • 2009. “Unamuno y la guerra civil”. nº 47, pp.13-53

Artículos publicados en Academia.edu:

  • “La muerte de Unamuno fue natural, imprevista y repentina”

https://www.academia.edu/44582164/LA_MUERTE_DE_UNAMUNO

  • “La redoble muerte de Unamuno”

https://www.academia.edu/49386921/LA_REDOBLE_MUERTE_DE_UNAMUNO

  • “La muerte de Unamuno. ¿Crimen de Estado o muerte natural?”

https://www.academia.edu/111966343/LA_MUERTE_DE_UNAMUNO_CRIMEN_DE_ESTADO_O_MUERTE_NATURAL

Artículo en Papeles del Novelty: 2008. “Unamuno en el Casino de Salamanca”. nº 18