Sábado, 17 de enero de 2026
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La muerte de la literatura
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La muerte de la literatura

Actualizado 10/01/2026 09:21

Cuando mencionamos la muerte de la literatura no pretendemos ahondar tanto en la frase en sí misma (dos sustantivos, un par de artículos definidos, una preposición), como en lo que significa (sin Eco).

Primero, lo primero. La, el lector no deberá traer ninguna corona a la columna, tal como sí las llevaron al funeral del cantante José José. Esas coronas nosotros las bebimos anoche. El título con que bautizamos la columna lo concebimos hoy mismo por la mañana, cuando en España no era sábado aún, ni en México tampoco. Los días anteriores, descargados de una responsabilidad laboral, en víspera de vacaciones, escudriñamos una materia que a la postre cobró forma de cuatro publicaciones, en nuestra cuenta pública de WeChat, la red social china: [1] Empate de dos momentos en las letras; [2] Un destello en la palabra; [3] Artesanía de un hombre; y [4] Escrito motorizado. El arco de tiempo de una semana (la primera entrada data del lunes 5 de enero del año corriente), derivó en la muerte de la literatura referida, que de modo sucinto, no extenso, sin el empleo de ningún lenguaje claro, no nos esmeraremos por argumentar y rubricar.

La literatura ha muerto porque ha muerto la cultura lectora. Las y los niños en una región del planeta han perdido la oportunidad de asombrarse con los cuentos tradicionales, han sido despojados de la capacidad de aprender y superarse, en lo que el I Ching señala como la transformación en leopardo del ser humano entendido. El orden global, en teoría entendido como un mecanismo de la civilización sostenido con base en las leyes y el raciocinio, sin previo —o con mucho— aviso ha derivado en otro tipo de interrelación con la otredad: impera (no gobierna) el pueblo aparejado al mayor desarrollo tecnológico y el mayor grosor de la piel. Los periodistas, para ser leídos, graban sus columnas en entradas de video, que suplantan la otrora materialidad del soporte de papel, desconocida hoy en día. La literatura, como la entendían los clásicos, que conversaban con los difuntos y comunicaban por medio de la épica la historia de una civilización, no existe más.

Qué queda ante tal circunstancia. A ojos vistas, nos enfrentamos a una nueva etapa de la humanidad, anunciada décadas atrás, con los teóricos que no citamos por sus nombres, con el entendimiento puesto en la cultura visual que sustituye a la imaginación, la reproducción mecánica de las obras de arte, la incapacidad de discernimiento entre la verdad y la falsedad, la muerte del erotismo, etc.

Cuando hablamos de la muerte de la literatura también hablamos de la muerte de la imaginación, la memoria e incluso la voluntad. Escritos como el presente, rodados de puño y letra todavía, artesanalmente, tienen por destino alimentar el suministro de los sistemas computacionales. La literatura, como un hábito, una práctica cultural, dejará de producir gradualmente piezas artísticas originales y cederá terreno a la colaboración digital. Si recordamos que el medio es el mensaje, el medio digital tendrá mensajes nuevos, menos humanos, por comunicar.

Pero qué queda, repetimos, ante esa circunstancia. Probablemente, en principio, la labor consista en otra arqueología de la palabra escrita, que ponga de manifiesto lo que en su día fue una vida letraherida, para preservar en los servidores informáticos nuestra historia. Algo que existía en la cultura letrada era la creación no solo de un objeto libro, con su contenido semántico y su estantería. Esa creación artística —que podemos denominar, provisionalmente, objeto letrado, en virtud de que no todo objeto letrado llega a ser un libro—, no solo habla de la historia contenida en sus páginas: esa misma historia, por partes iguales, describe la vida del autor, la autora. Queremos creer que por ese motivo Gustave Flaubert dijo que Madame Bovary era él. Asimismo, en otro relato, Borges habla de una persona que al terminar su obra descubre su propio rostro impreso.

Minucias como la marginalia dan cuenta de los usos y costumbres de los dueños de los libros y las bibliotecas. La disposición de los libros en una biblioteca refleja el sistema (ir)racional con que opera una mente. El acto mágico (¿supersticioso?) de las suertes virgilianas opera asimismo de dentro del libro afuera. La marca de agua de la hoja, el ex libris de las primeras páginas, la poesía oculta debajo de la camisa del volumen, hablan más del dueño que del objeto libro, e incluso más que del relato. Bodoni hizo libros para no ser leídos. La perfección humana, en su caso, sirvió para erigirle un busto, que a la postre el pobre autor de la columna tuvo que levantar con sus brazos (no pesaba), para moverlo de un lado a otro, en una biblioteca parecida a una lámina de un libro salmantino.

Esta es la serie de eventos a los que acaso acudan las nuevas generaciones en una efeméride anual. Las ferias de libros, cuando no consigan sostener en hombros su fracaso, destinarán parte de su presupuesto al levantamiento de museos. Aparecerán nuevos autómatas, reproduciendo el infinito movimiento de las personas letraheridas en acto de poner papel higiénico como separador entre las páginas; transcribir un breviario cultural en un cuaderno de tapas duras; restaurar un libro devoto, desgranado entre las cuentas de sus horas; buscar dónde quedó el libro, el billete, que alguien sacó de nuestro desorden; el augurio guardado en el bolsillo de la faltriquera, con un libro en miniatura; el bibliófilo que contrae nuevas deudas para causar envidia con las nuevas adquisiciones; las cartas consolatorias, las lágrimas de Vigo, la fragancia del aura de Manrique, presente todavía cuando nos asomamos a la historia de la literatura hispánica. Un jaguar de Borges, que en China —lo descubrí ayer— simboliza a la mujer y el hombre letrados. Muchos autómatas, no tantos. El autómata de Sor Juana Inés de la Cruz barriendo el suelo. El de los poetas castellanos del seiscientos, colgando en su celda el Cristo de Dalí. Picasso con su celo por los poetas, como pudo ser Henri Michaux, quien ponía en mayor valor un tiraje de plaquettes contadas, con el suministro de libertad anejo al recurso. Los niños podrían comprar con un par de monedas un pan duro, para dejarlo como alimento simbólico para las mascotas de las y los autómatas.

Las mascotas, obviamente, constituyen un renglón aparte en el escrito, pues si bien el libro habla de su autora, autor, a veces de pies a cabeza (no hablo de literatura pornográfica), los autores, con sus obras, hablan de sus mascotas también —llegando incluso a darse el caso de las mascotas que figuran como coautoras de los libros, cual sería el caso de la gata Asya, de Yuri Knórozov. En China, encuentro a las tortugas cercanas a la historia de la escritura. Ah, olvidaba decirlo. La referencia al pan duro viene de una librería frecuentada por familiares en la Ciudad de México. En el museo de la literatura podrían figurar unos cuantos libros emparedados, con sus correspondientes índices de libros prohibidos. Mediante un recurso digital, podría examinarse la cubierta, con su respectiva visualización de huellas digitales y rastros genéticos que permitieran una identificación exacta de su dueña, dueño.

Cuando mencionamos la muerte de la literatura no pretendemos ahondar tanto en la frase en sí misma (dos sustantivos, un par de artículos definidos, una preposición), como en lo que significa (sin Eco). En una palabra, para terminar e invitar al público al conversatorio, qué podríamos decir. La muerte de la literatura significa rendirse* ante la inteligencia artificial y conservar un mundo paralelo —no feliz—, donde la infancia continúe con vida, la edad dorada cervantina torne innecesaria la jurisprudencia, y el erotismo no apague su llama. *Hemos llamado la nota del asterisco porque la idea de la rendición, en otro contexto, la hemos recogido de una conversación con Rómulo Pardo Urías. Ahora sí, traigan las coronas.

torres_rechy@hotmail.com

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